Amigo Pascual

Amor al chancho J. Segura

amigo Pascual

 

Vuelvo de comprar yogur y cereal para la cena, es de noche, es el “invierno más crudo en diez años” dicen. Raquel y yo caminamos por un callejón muy parecido al escenario donde fue asesinado el papa de Bruce Wayne. El viento sopla desde el Chili hacia Cruz verde y yo pienso en cuán huachafo sería usar orejeras; entonces lo peor que podría pasar es que Raquel haya olvidado su cartera en la caja o que la cajera nos haya cobrado unos centavos de más, o que suene mi celular y en la pantalla figure el nombre de alguien a quien le debo algo. Segundos después suena un celular, el de ella: es su mamá R. entonces pienso que se trata de un saludo, un -¿cómo estás hijita, dicen que en Arequipa está haciendo un frío del diablo?…

Pero, a pesar de que la conversación efectivamente inicia con un saludo, en realidad se trata de una noticia, una mala noticia… -hijita, el Pascual se ha muerto-. Yo sigo caminando, he dejado de pensar en las orejeras y ahora pienso en las bondades del Omega 3, cuando en eso Raquel despega el teléfono de su cara y dice –el Pascual…-

Me detengo, las bolsas “chismosas” dejan de sonar y para ser sincero no me duele el pecho, pero en cambio, siento la misma sensación que deja el hallazgo de un hecho insólito -como dormir en una casa sin puertas ni ventanas (Pampas de Polanco, Agosto de 1995)-

La última vez que vi a Pascual fue en la Semana Santa, llevaba su bicicleta Goliat, marrón de puro óxido, su gorra blanca, lentes negros, camisa, short y chancletas. Una sonrisa amarilla que dejaba sólo cuando se tiraba sobre la banca de la plaza a pensar y enseguida dormir.  Antes de eso estuvimos en una fiesta frente al mar. Había dejado la facha común para calzarse mocasines negros y lustrosos y, como dijo Raquel, una vaca le había lamido la cabeza. Si parecía Gardel tostado en una olla de barro pero con el hígado hecho añicos.

Aquella noche, ya sazonado con Pilsen, se jactaba de ser el jefe de la cocina del restaurante más reputado del balneario, su sonrisa amarilla brillaba más que sus zapatos y su semblante. Cada cinco minutos aparecía a la diestra de la dueña del santo con una caja de cerveza –mi cariño- decía, y deslizaba la caja sobre el cerámico como si fuera una pequeñez. Su falsa modestia conquistaba. Luego aparecía con otra caja y otra, todas para la dueña del santo, todas con cariño de hijo, todas levantadas sin permiso y pagadas con anterioridad por los familiares de la festejada.

A Pascual le gustaba el trago y las “mujeres ricas” en carnes y algo entradas en años, aunque no tuvieran un centavo, para eso estaba él. Una vez la “tal” no le quiso abrir la puerta del cuartito y Pascual durmió arrullado por la ronda, otra vez la “cual” le afeitó las cejas y lo quiñó como a trompo. Una “Fulana” le robó plata y la “mengana” le dijo que era su único su amor en el preciso instante que su esposo los buscaba por el bordo de la chacra… Sus anécdotas me las contaba al final del la tarde, mientras comía un plato de lomo y bebía una coca-cola. Para ser sincero, sus ceviches no eran los mejores pero su compañía era indispensable. Sus «experiencias», contadas en bajito mientras picaba el ají limo, hablaban de la selva, el fondo del mar y hasta misiones secretas que le pudieron costar la libertad. Nadie le creía, yo lo escuchaba.

Cuando el verano se apartaba, Pascual no dejaba el mar, pescaba para sobrevivir, la hacía de jardinero, albañil, cuidante, pero siempre muy cuidadoso de sus horarios para no descuidar el oficio de bebedor y amante. Aunque no tuviera casa, aunque no tuviera huellas digitales, aunque midiera lo que mide una pala.

El verano del 2012, mientras preparaba una jalea familiar se desplomó como un rimero de cebollas y convulsionó frente a todo el personal.  Nos enteramos que su corazón no funcionaba bien, que si quería vivir tenía que dejar de tomar. No lo hizo. El sábado, dicen, en un bar se embrocó un vaso lleno de alcohol y al parecer su corazón pateó el tablero. Murió en la posta creyendo que era una descompensación más. El domingo lo velaron y al día siguiente fue enterrado en el cementerio del pueblo, sin gloria pero con mucha pena, sobre todo de sus hijos y aquellas las que lo quisieron de mil formas.

Descansa en paz amigo Pascual.

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