Carta para A.

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Han pasado más de siete días de la efervescencia bautismal y no te he dicho qué significa ese rito de crisma cuajado y frígido riego bendecido. Ese juego de monedas en el aire y aplauso en la plaza mayor. No lo entenderás, sin embargo, es necesario que lo sepas, querido A.

A, hay quienes aseguran que al río Jordán se llega encajado de discernimiento. Tú aún no concibes lo que pueda ser tal cuestión. Perdón por eso. Te hemos llevado sin preguntarte al Jordán, sin chance a saber si querías fraguarte en la iglesia de esos hombres. Te quedaste sin opción a elegir en entrar o no en el Jordán.

Contra lo que pueda representar tu disconformidad en los próximos años, A entérate que propiciaste un inédito capítulo que ya novelamos nosotros. Lo que queda de aquél día, además de los regalos, son los recuerdos de un recuerdo trastocado de una tarde entre santos. Unos acotan que dibujaste muecas al momento del crisma, otros que te encogiste como un conejo en el lapso del chorro: brusco y algo diablillo. Lo primero es falso, lo segundo no. Te estabas tocando la cabeza para indagar, con seriedad resulta, por qué el riego estuvo tan frío. Entendías que no era la tibia agua de la hora del baño, y  te quedaste callado con esa enternecedora diplomacia que te envuelve. Un acto de todo entronizado que se aprecia.

A, el ritual dictaminado por la iglesia de los hombres asegura que soy tu padre espiritual. Y creo A, que, en este momento, me siento algo indigestado, como oso polar hibernado, con el tema. Ni siquiera lo he digerido. M, con su perfil de Proserpina maravillosa, blusa de seda a rayas blancas y negras, y tersos labios delineados con rojo ‘cherry’, me advertía acerca encargo: una alianza irrenunciable. “La fe en el segundo padre es algo que nunca se pierde”, me decía. Eso se refuerza en los cimientos sacramentales. Querido A, lo eclesiástico está inundado de alianzas. La que acabamos de formar está cuajada para toda la vida, está sellada como pacto irrenunciable. A, no estoy demitiendo en público, solo te aseguro que no quisiera perder mi aroma en esta inesperada concepción frente al altar. No enfrentar al papelón. Como te lo mencioné en la fiesta post-riego, anhelo andar a la altura de las circunstancias en lo que me quede de sendero. Pero probablemente no me entendiste. Prefiero esta paternidad de encargo divino a la de jadeo y caricia, deseo tu paternidad de fe, esa que exige resultados y no placeres, esa que es sin baches como los campos verde donde vives. No deseo que mi dedicación hacia ti se convierta en aspecto de nuevaolero en estos tiempos: saber que pueda aparentar como Jimmy Santi “Chin Chin” y acabar con el tiempo como las ruinas de Chan Chan.

A, por supuesto vendrán navidades y cumpleaños con múltiples regalos: la primera bicicleta, esa que te sacará los dientes de un porrazo antes que el ciclo natural de tu propio crecimiento lo ordene. El ajedrez para las trampas dominicales. El cuento firmado por el escritor favorito. El viaje para tirar piedritas en el río. A, los regalos no vienen como obligación de parte ante las fechas conmemorativas. Solo será calistenia para que sepas, a tientas, que existe alguien con consejo y dulces en la misma mano. Además, porque, como escribe Romeo Abigeo, “lo del propinón lo sé porque la madrina de mi hermano siempre le colmaba las manitos de regalos mientras que yo, en mi santo, esperaba la caridad de alguna vecina querendona que cayera a la casa con media docena de calzoncillos y calcetines sin figuritas”. A, tu si tendrás propinón: una forma subliminal de sacudirme la presión.

A, hay que pedir disculpas al público, porque esta columna divulga temas más zodiacales y banales, y hemos hecho de tu primer sacramento un acto de masiva importancia. Ahora duerme, A.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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