Las humanidades en la Escuela de Literatura y Lingüística

Columna de letras

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El pasado martes se llevó a cabo un Conversatorio  sobre “Las Humanidades en la actualidad” en la Escuela de Literatura y Lingüística de la UNSA, al que fui invitado. Se trataba de disertar sobre la marginalidad, cada vez más grave, de las humanidades en estos tiempos. Previamente, me comentaron que la motivación inmediata fue la reducción de las preguntas de Literatura en el examen de admisión –de cinco a dos–; lo que, consecuentemente, significa menos horas de trabajo para decenas de profesores de literatura en las Academias preuniversitarias, menor demanda de los mismos, etc. Esto, digamos, fue la gota que hizo rebalsar la preocupación sobre el campo laboral para un egresado de esta carrera profesional.

Como uno de esos egresados, ciertamente sé lo duro que puede ser la  elección de la literatura como profesión y más aún explorar su campo laboral. En su momento causé decepción y serias preocupaciones a mi familia, respecto de mi futuro, cuando di la noticia que quería estudiar literatura. Entonces, ya tenía claro que uno de los mayores placeres en mi vida era leer (novelas, cuentos y poesía) y guardaba el secreto deseo de ser escritor. “Pero en la vida no todo es placer o lo que te gusta, también hay deberes y responsabilidades” me reconvenían. Para ellos me convertí en un irresponsable, un iluso romántico en el mejor de los casos. No obstante, guardaban la esperanza que recapacitara y se imponga en mí, el sentido de responsabilidad. Curiosamente, sí fui adquiriendo ese sentido de responsabilidad, pero con la carrera que había elegido; es más, creo yo, de alguna manera, ese sentido siempre estuvo ahí, pues estaba siendo responsable con mi deseo –y según Lacan esto es signo de clarividencia–. Siendo un irresponsable no habría podido asumir con entereza cursos como Semiótica, Pragmática, Narratología, Deconstrucción, etc.; cosas que, antes de ingresar, no imaginé que iba a estudiar, pero me interesaban y me abrían caminos a interpretaciones más profundas y a conectar las lecturas con el mundo real de manera sistemática. Entonces, me parecía irónico que mi entorno y la sociedad en general vean al estudiante de literatura como el romántico soñador, cuando yo me la pasaba estudiando disciplinas duras en las que convergían lógica, filosofía, historia, sociología, estética. No, señores; esto era cosa seria y me seguía gustando.

Había, y lamentablemente sigue habiendo, una gran confusión en el entendimiento general de la sociedad acerca de qué es y para qué es la carrera de literatura. Pues se cree que la estudian los que quieren ser poetas, pero cuyo destino será enseñar literatura en el colegio. No es así. La carrera de literatura es una disciplina humanística orientada hacia la investigación y la reflexión crítica que tiene como objeto de estudio el conjunto de discursos que constituyen el sistema de creencias, ideologías de una sociedad que se expresan a través de relatos, literarios o no.

En plena carrera, yo, que había ingresado a Literatura solo porque me gustaba leer y escribir, ya era un convencido de la importancia y la profesionalización de la literatura. Era una pena, me decía, que  mi familia no lo entendiera de este modo, aunque en el fondo eran todos, buena gente.

Ahora, en efecto, lo del campo laboral no era cosa sencilla. Sin embargo, nunca me faltó trabajo, la verdad. Fui corrector de estilo, promotor cultural, pero fundamentalmente profesor. Y estoy convencido de que la reflexión crítica se puede y debe practicar desde la docencia. Aunque mi primera experiencia no fue feliz, precisamente. Empecé a trabajar en las academias preuniversitarias. Un trabajo muy digno por cierto, pero en ellas se reproduce  ese mal o nulo entendimiento de las disciplinas humanísticas, en el caso de la literatura, curso que me tocaba enseñar, esta adquiría un carácter informativo. Pero yo me tomé la licencia de enseñar como profesionalmente creí que se debía enseñar. Opté,  para la narrativa, el sencillo esquema de actantes de Greimas. Explicar que en toda historia hay un eje del deseo, un sujeto que busca un objeto y una tensión entre las fuerzas que ayudan y las que se oponen; me parecía, además, una pertinente metáfora de la vida. Y para la poesía, pragmática de la comunicación literaria; lo más digerible posible. Después del examen de admisión el promotor habló conmigo para decirme que qué estaba haciendo, por qué enseñaba esas cosas, si en el examen les preguntaban cuántos toros ofreció Martina – en el cuento de Albújar– al Campeón de la muerte para que ajusticie a Hilario; dónde había  muerto Abraham Valdelomar a) en las escaleras, b) en su cama, c) en una acequia, d) en un silo, e) en Italia. O les ponían un seudónimo y cinco autores en las alternativas, o al revés; y en poesía, dos versos y cinco autores. Y para mí eso era casi como jugar a la tinka. En el mejor de los casos este tipo de preguntas solo podía exigir la capacidad memorística de información accesoria e irrelevante, pero nada de análisis e interpretación. Aquel señor promotor, me dijo que no le importaba si yo recurría a la cabalística con tal de que los alumnos acertaran en las respuestas del examen, por lo que debía cambiar de “estrategias”, –las llamó–. No me resigné a contar toros en un cuento ni precisar dónde había muerto Valdelomar sin entender para qué. Pronto desistí de enseñar en las academias porque llegué al convencimiento de que era imposible, bajo ese sistema, cualquier tipo de educación o formación humanística. Aquello era más bien un entrenamiento para rendir un examen de admisión. Y siendo así las cosas, yo no me pelearía porque pongan más preguntas de literatura, es más, no pondría ninguna. Perderíamos ese campo laboral, entonces. No. Antes, tendríamos que cuestionar y criticar el modelo de evaluación de los exámenes de admisión, al menos en lo que respecta a nuestra área. Y ese, es otro campo que también nos compete.

 

 

 

 

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2 respuestas a “Las humanidades en la Escuela de Literatura y Lingüística”

  1. La Columna de Letras, escrita por Jorge Monteza, sobre la que ocurre en este campo, en la UNSA

  2. Estefany Alemán Cuellar dice:

    Concuerdo en que en los exámenes de ingreso a la UNSA, se debería poner más énfasis en la parte analítica y reflexiva, al dejar estos aspectos importantes de lado, causa que de una u otra forma el alumno atrofie su capacidad y solo se limite a ser memorista y tener conocimientos teóricos respecto a la literatura.

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