Viaje a las (insólitas) estrellas

Varias cosas

columna Chavone

El motivo central de Star Trek es la clásica relación conflictiva del corazón con el cerebro. James Kirk es un sujeto terriblemente subjetivo que tiene que realizar sus actos épicos en complicidad con el señor Spock, que se jacta de haber desterrado los sentimientos en algún abismo de su parte humana. Lo curioso de la serie es que el más inteligente no ha sido designado capitán de la nave, sino el otro, el travieso, el salvaje, el imprevisible. La idea de estos films, compartida con deleite por buena parte de los espectadores, es que el elemento decisivo de lo humano no es la inteligencia, la lógica, ni  la racionalidad, olvidando regocijadamente que lo que supuestamente nos arrancó del reino puramente animal fueron ciertas habilidades desarrolladas por una creciente cantidad de materia gris.

El duradero éxito de la fórmula de Star Trek parece demostrar que si bien los humanos sentimos honda admiración por la inteligencia, nos identificamos más profundamente con las emocionantes convulsiones de nuestros instintos, de nuestra parte más arcaica. Los arrebatos emotivos impulsan al héroe hacia adelante y diseñan su peculiar belleza. La historia no ubica en el panteón de los semidioses a ninguno de los de la estirpe de Mr. Spock.

Sin embargo, a pesar de su autocomplaciente simpatía por la parte dramática de su espíritu, el ser humano siente indudablemente profunda admiración y respeto por la inteligencia. Un respeto que limita ajustadamente con el franco temor. No en vano Francisco de Goya tituló una de sus obras más famosas con una frase muy citada: El sueño de la razón produce monstruos. Muchas dystopias presentan, además, el amenazante paisaje de sociedades donde la racionalidad finalmente  ha impuesto su implacable matemática contra los caprichos de la naturaleza. Uno podría llegar a sospechar que se da por hecho que el imperio de la pura inteligencia es autoritario y con un frio desprecio hacia todo aquello que malogra sus bien caligrafiados proyectos.

Pero una revisión a la historia nos demuestra que la ruta de la civilización ha sido trazada por la pugna de ambas potencias, aunque es claro que en última instancia –quizá desde los eventos de la Ilustración- la racionalidad confiere estructura a esta dinámica con su afán inquisitivo y su abominación al  caos. En la actualidad disfrutamos de una revolución tecnológica gracias a que como asegura George Steiner el 96% de los científicos que han existido en la humanidad son nuestros contemporáneos. Sin embargo, y después de tantas exasperadas movilizaciones masivas,  políticamente hablando nuestra civilización no parece ser particularmente racional. Sin duda los sangrientos resultados de los regímenes ideológicos autoritarios han confirmado los temores contra los que quieren imponer recetas y optamos por el culto a la iniciativa personal, el viejo pragmatismo y todo eso que nos sale del corazón, del tropical sentido común. Culturalmente tampoco se puede afirmar que disfrutemos de un excesivo triunfo de la inteligencia. La reciente Star Trek, en la oscuridad, es bastante significativa. La ciencia ficción clásica planteaba la ambición de crear alegorías que estimularan una reflexión. Se manejaban proyecciones hacia el futuro para revelar preocupaciones del presente. En esa medida resultaba un arma poderosa que en el cine produjo clásicos como 2001 odisea del espacio, de Kubrick. En la literatura son particularmente recordadas las obras de Philip K. Dick, Isaac Asimov,  y, claro H.G. Wells, autores que centraron sus obras en la especulación sobre situaciones posibles y las que el entretenimiento estaba completamente subordinado a estos fines. En cambio, la reciente cinta dirigida por J. J. Abrams ha optado mucho más por la portentosa fiesta del 3D, por la dinámica trepidante y percusiva de las batallas, afincando su obra en los confines del género de acción fantástica, con su inevitable estética de la colisión, y, claro, con su abandono de eso que usualmente se conoce como meditación. Ciertamente los guionistas intentaron seducirnos con algunas alusiones a la actualidad (el ataque con explosivos a un hito civil supuestamente representativo, la ejecución sumaria de sospechosos de terrorismo por medio del programa de los drones), pero todo eso tan importante se diluye rápidamente en la parafernalia del entretenimiento. Al final vemos una muestra más que confirma que el tipo de cine que logra el éxito de taquilla en estos tiempos, es el que apuesta por estimular nuestros sentidos y deja poco espacio para la reflexión.

A partir de esto, claro, uno está tentado a sumarse al eterno coro de los que lamentan la consagración de la cultura de lo intrascendental. Sin embargo resulta un poco apresurado –cuando no francamente superficial- afirmar que las obras que no están enfocadas en la reflexión son obligatoriamente basura embrutecedora. Es necesario recordar entonces que la tan mentada parte sensualista de lo humano desarrolla productos que apuntan a gratificar  nuestros sentidos básicos de una peculiar, idiosincrática manera, y no necesariamente tienen que ser deleznables. La música, la pintura, la danza, son expresiones artísticas que con frecuencia nos recompensan profundamente sin que resulte  imprescindible la experiencia del entendimiento racional. De esta manera cuando alguno de estos productos taquilleros consiguen imponerse a los vacuos clichés y encontrar formas creativas de manejar los patrones formales de cada género se puede esperar obras no desprovistas de interés y -es necesario reconocerlo–, extrañamente enriquecedoras.

 

 

 

 

También puedes ver

No se encontraron resultados

Una respuesta a “Viaje a las (insólitas) estrellas”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

SUSCRÍBETE A NUESTRO NEWSLETTER

SUSCRIBIRSE