Las zapatillas rojas

Resacas

zapatillas rojas

A Hans Christian Andersen

Durante seis meses estuve atado a la cama. Una doble fractura, incluida desgarradura de ligamentos, confabuló a mi favor. No necesité excusa para pasar el día entero tirado en la cama, leyendo o mirando tele (aunque nunca nadie me insta a hacer nada, estos tiempos no perdonan el remolonear a gusto). La escayola fue mi salvoconducto perfecto a la desidia, si alguien se atrevía a reprocharme mi abandono no necesitaba más que mostrarle mi pierna enyesada. Sin ninguna ventana indiscreta a la que asomarme en busca de perversión, leí tanto como pude y fui feliz.

Al séptimo mes asistí a terapias de rehabilitación. Debía sumergir la pierna en una turbina de agua caliente que apestaba a azufre, someterme a una dolorosísima —a veces cosquillosa— masoterapia y calzarme una bota de plástico que irradiaba magneto (nunca llegué a torcer metal alguno con el solo pensamiento, tal vez lo hubiera logrado con una o dos irradiaciones más). Cuando abandoné las muletas y cojeaba ligeramente, el doctor me recomendó utilizar zapatillas caña alta hasta que el tobillo recuperara confianza. Fui al mercadillo y me detuve en un puesto de calzado, donde además de calzado se vendía escobas y otros artilugios de limpieza. La señorita que atendía tenía el cabello tan rojo —probablemente teñido— que no pude elegir otro color. Una decisión totalmente condicionada por el color de su tinte. Un acto reflejo. Me ayudó a atarme las hileras que parecían infinitas. Esa noche —pasa cuando se quiere estrenar calzado— salí a tomar unas cuantas jarras y algo más (un amigo dijo que mis rochosas zapatillas eran pura crisis de la edad madura, “tu sucedáneo del Ferrari”, dijo). Hacía rato que mis pies habían comenzado a moverse bajo la mesa al compás de una música extraña, sino imposible, por lo menos improbable, sentía unas ganas tremendas de ir a bailar… Fuimos a otro sitio y para asombro de mis amigos, me la pasé bailando, solo o acompañado, más solo que acompañado. En todos mis años de salidas esporádicas jamás bailé tanto como aquella noche. Ni siquiera sé cómo llegué a mi casa.

A las horas, casi al atardecer, desperté totalmente resaqueado. Me había puesto el pijama pero no me había quitado las zapatillas. Era una de esas resacas en las que despiertas todavía ebrio y quieres seguir la fiesta. Me metí a la ducha zapatillas y todo. Me puse otra ropa y salí chapoteando a la calle. Caminando, casi corriendo, llegué hasta la casa de una amiga con la que hacía tiempo había pasado algo pero con la que luego todo acabó mal; llevábamos años sin hablarnos. “¿Qué haces aquí?”, me dijo, con un gesto de incredulidad único, como si yo fuese realmente yo y no otro. “La verdad, no sé”, le dije, y me tiró la puerta en la cara. Caminando, casi corriendo, por suerte vivía relativamente cerca, más bien levitando, llegué a la casa de otra amiga con la que nunca había pasado nada pero con la que podía pasar algo. Y casi pasa, nos tomamos una botella de vino entera entre los dos, Casillero del Diablo, Gato Negro o algo por el estilo; pero cuando quisimos meternos bajo el cobertor, no pude quitarme las zapatillas. “Estás mal”, comentó, lacónica. Le subí el volumen a la música y en lugar de divertirnos como adultos que somos, terminamos bailando sobre la cama y hasta por las paredes y un toque en el techo, como en esas comedias musicales antiguas. Estábamos demasiado ebrios como para darnos cuenta de lo inverosímil de todo el asunto. Le pregunté si quería ir a bailar a otro lado, me dijo que no y cayó profundamente dormida. Limpié como pude las huellas en el techo y en una de las paredes y salí como alma que lleva el diablo. Volví a la casa de esa amiga con la que hacía tiempo había pasado algo pero con la que luego todo acabó mal. “¿Qué haces aquí?”, volvió a preguntar. “La verdad, no sé”, le dije, y me volvió a tirar la puerta en la cara. Mientras me iba a bailar a otro lado, recordé un chiste sobre los íncubos, esos demonios sexuales. Una mujer le pregunta al sacerdote cómo saber que la persona con la que se acuesta es su marido y no un íncubo. El sacerdote le aconseja que le palpe la frente a ver si tiene cuernos. La mujer, intensamente ruborizada, se retira sin decir palabra. Ja.

Llevo días bailando —tan ebrio como el primer día— y si alguien no se anima a cortarme los pies de un hachazo, no veo otra forma de quitarme estas zapatillas ajustadas como cepos, temo no poder parar. Si no encuentro la forma de deshacerme de estas endemoniadas zapatillas, tenlo por seguro que en la noche nos vemos.

 

 

 

 

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Una respuesta a “Las zapatillas rojas”

  1. Un texto de Daniel Martínez Lira en su columna “Resacas”

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