Orlando el manso

Confesión de parte Luis Maldonado Valz

lucho

Conocí a Orlando a fines del ‘77 en Salvador de Bahía. Era un gráfico de primera, se encargaba de diagramar y rotular las láminas para los grandes proyectos del taller de Katsuki, arquitecto japonés y líder de una oficina de 17 arquitectos. Recalé por allí después de animarles a participar en el concurso internacional de la Biblioteca Nacional de Teherán; fueron 3 meses de intenso trabajo y donde nos gastamos la friolera de $ 30, 000 dólares, sin obtener siquiera una mención honrosa; pero no importó, pues la mayor honra era estar juntos en esa aventura y ser honrado con la amistad de un excelente equipo. Orlando se encargó de dar el acabado final en la maqueta, las láminas y las fotos. Fue entonces que me enteré y conocí directamente su azarosa vida, y por supuesto nos hicimos grandes amigos.

Orlando parecía un personaje salido de una película de Pasolini, o mejor todavía, el protagonista de una novela de Jorge Amado, una mezcla de Tietá do Agreste y Doña Flor en versión masculina. Era uno más en la multitud de jóvenes desamparados que bregaban por sobrevivir, autodidacta de afanes artísticos, desarrolló un gran talento plástico, a costa de hambre y desabrigo. Trabajó como aprendiz en el taller de Genaro de Carvalho, un famoso muralista y creador de tapices, pero las jornadas eran tan duras y la paga tan poca, que el amor al arte no bastó para evitar ser presa de la tuberculosis. Sin tener un techo, ni medios para curarse, pudo sobrevivir gracias a la asistencia que le brindó una puta samaritana de uno de los burdeles de Ladeira da Montanha, popular zona roja en la época, frente al puerto de pescadores y junto a la Iglesia de Nossa Senhora Conceicao da Praia, patrona de Bahía. La TBC le atacó el pulmón y después los huesos, debido a ello, Orlando era muy flaco, con un rostro huesudo acentuado por una barba, tez muy blanca, ojos grandes y profundos; agregando su mansedumbre, era la perfecta imagen rediviva de San Francisco de Asís; exhalaba bondad. Ni que decir que su personalidad despertaba grandes sentimientos de ternura en las mujeres, desde las putitas hasta las damas burguesas, desde las ninfas hasta las maduritas, blancas, rubias, negritas, mulatas, todas querían acogerlo y seducirlo. Pero a Orlando no lo seducía el poder, ni la riqueza, el engreimiento, o el maquillaje consumista; no era un frívolo; a Orlando le gustaba la gente simple y natural. Por eso, después de tantos lechos y biodiversidad femenina (como diría un sociólogo huachafo), se amancebó con una morena guapa y que con gran vocación de madre criaba varios hijos de él. Por supuesto que Orlando se hizo cargo de toda la familia de su compañera, incluida la cuñada que terminó seduciéndolo y dándole un nuevo vástago y otro hogar; igual que Carlos Marx con Jenny von Westphalen. A propósito, Orlando también era socialista. Con dos hogares que mantener, Orlando se alternaba entre las dos hermanas, apoyando económica y sentimentalmente a ambas, sin conflictos; lo cual le obligó a trabajar más intensamente y depurar su arte para ser más competitivo. Pero como el cuerpo no le daba más para el gineceo entre dos tálamos, optó por una solución salomónica, dejó a las hermanas y se fue con una colega mía, una arquitecta, con quien montó un taller, y más tarde una empresa de planeamiento visual; por supuesto sin dejar de dar soporte económico y asistencia a sus hijos.

Con su oficio, a base de creatividad y chamba, Orlando se hizo conocido y ganó prestigio como diseñador gráfico, primero en Salvador, luego en otras metrópolis brasileñas. Hacía desde logos, hasta señalética. Su talento lo llevó a la comunicación visual en hospitales, centros comerciales; más tarde, estaciones de metro; espacios públicos en Manaus, Fortaleza, Sao Paulo, Recife y otras capitales. Supongo que ahora debe estar con muchos encargos de trabajo para el Mundial de Futbol del 2014; tal vez después para las Olimpiadas de Río de Janeiro el 2016. En fin, me alegra que un amigo tan querido haya ganado el sitial que tiene gracias al trabajo, su arte y un gusto depurado, pero sobre todo, a su don de gentes.

Orlando se ganó un lugar, porque en Brasil hay un decoro estético, hay un respeto por el paisaje urbano; como en la mayoría de ciudades de América Latina, exceptuando el Perú. Y la historia de Orlando viene a colación por la parafernalia publicitaria que tienen nuestras ciudades. Realmente hay una contaminación visual donde prima lo huachafo, es una competencia de mal gusto, una agresión a los sentidos que deteriora la imagen urbana. No me imagino a Buenos Aires, Río, Brasilia, Santiago, Bogotá, México DF, o Medellín, con los carteles y la publicidad que exhiben Lima, Arequipa, Chiclayo, Huancayo y otras ciudades. No se salvan siquiera las ciudades patrimoniales. Se revisten edificios de 8 o 10 pisos con publicidad, como si fuesen cajas de zapatos; los avisos luminosos compiten con banderolas, con bambalinas, con cartelitos de todo tamaño y con imágenes esperpénticas, en calles, avenidas, plazas, aeropuertos y carreteras. No hay espacio público que se salve de este sancochado. Lo mejor del ventarrón de junio es que se tiró abajo varios enormes paneles. Y lo peor para nuestras maltratadas urbes, es que hasta los propios alcaldes contribuyen con esta basura visual, con su permanente publicidad política; en esta fecha, han llenado de rosetones, banderitas y cartelitos las fachadas y postes, sólo faltan sus fotos; tal vez no las ponen porque pueden ser blancos de tomatazos. Nuevamente hay que recordar a Raúl Porras Barrenechea, cuando escribía: “De los terremotos y los Alcaldes, líbranos Señor”. Y el Ministerio de Cultura, y el de Educación, bien gracias. Y los con

 

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