18 de octubre

Amor al chancho J. Segura

amor al chancho

Se viene el cumpleaños del zambo y no sé qué diantres voy a regalarle. El año pasado fue una llamada breve pero de mucho cariño que escuchó por compromiso y entendió que la había recibido también por compromiso. No recuerdo qué hicimos un año antes y reconozco que he olvidado todos sus anteriores cumpleaños, excepto el de 1995. Cuando llama -que es nunca- es breve y suena grave, como si estuviera a punto de hacer algo que nunca hizo, matar una gallina por ejemplo.

Es un hola y chau… oh, claro, y el consabido “cómo estás”, la respuesta es igual de consabida: “bien”, “ahí” o “¿y tú?”, yo prefiero el “ahí” e imaginar que me preguntó “dónde estás”, aunque, podría encontrarme en cualquier parte, tanto como podría estar en cualquier estado de ánimo o condición. Todo queda en convenciones afectuosas finalmente. Lo cierto es que nuestras conversaciones sólo se extienden cuando se toca el aciago tema del divorcio. – Ella no quiere pues-, -cómo que no-,  -es su postura-, -pero hijo…-

porque técnicamente se fue de nuestras vidas hace más de quince años y por la puerta de atrás, la que no chilla, y no sin antes decir, bajito: “vuelvo” como quien se apea del carro para orinar o fumar un cigarro. Una persona a la que le debes tanto, incluso, una pierna rota (18 de octubre del 95). Y justo cuando yo quería ser futbolista. Sí, yo quería jugar en el Nacional como un seleccionado, si hubiese sido posible, llevar la 8, claro que ahora hubiese estado en bajada.

No estoy hueveando a mi endémico grupo de lectores con los que apenas llego a los cinco “me gusta”… De niño, ser futbolista era lo único con lo que soñaba… y con Grace, la chibola de enfrente, de cabellos color caña y ojos pardos y hoyitos en los cachetes, que llegaba al barrio todos los veranos, pero que lamentablemente se hospedaba en casa de sus tíos tombos que en ese entonces pertenecían a la P.I.P. y que dicho sea de paso eran una mierda. Volviendo al fútbol, un dato, ¿alguien recuerda las revista Estadio?… Yo las tenía todas.

Volviendo a Grace… nada; nunca la apreté para darle un beso, ni la pude mojar en febrero. Así sucede, pero como dice Borges, “nuestras son las mujeres que nos dejaron”, mi memoria se duele y se consuela… Cabellos color caña, ojos pardos y hoyitos.

La pierna rota no fue obra del Zambo sino de un arquero de mala entraña, pero el Zambo tuvo mucho que ver porque aquella tarde en que se celebraba su cumpleaños me obligó a jugar; por la noche, en vez de soplar velas se la pasó secándome las lágrimas, arrepentido por llevarme de la mano a un lugar que yo había decidido no pisar.

Toda la semana estuve pensando en qué podría regalarle al Zambo y descubrí que soy de esas personas que prefieren caer a la fiesta con una botella de vino para evitar el trabajo de interiorizar las expectativas ajenas respecto de una fecha importante y evadir el esfuerzo de imaginar. Y descubrí también que, en este caso, esa fiesta no será, lo cual me hará recurrir a la consabida llamada puesto que hacerle una visita será entre insólito y fugaz , cuando menos, una incómoda sesión de silencios y preguntas recurrentes con respuestas comunes, anodinas y monosilábicas. Quizá lleguemos al tema del divorcio una vez más. Aunque preferiría el tema de la pierna rota, como si nada más hubiera pasado todo este tiempo. Como si todo se hubiese congelado y se calentara nuevamente con una llamada, cada cierto tiempo, cuando muere un gato y nadie se entera.

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