La combi, último paradero del Hip Hop

La Revista J. Segura

hip hop en arequipa

La combi, último paradero del Hip Hop

Si usted es un habitual pasajero de combi, cansado de los vendedores de agujas, los extraviados y los recién salidos del penal, estos cuatro artistas no sólo le parecerán una novedosa alternativa sino la mejor compañía para su viaje por la dura calle que, podría ablandarse, si se acomoda en el asiento y pone atención a la letra.

J. Segura

Llegaron de una Lima gris cuando la garúa caía tupida sobre sus gorras a una Arequipa excesivamente soleada, donde sus habitantes todavía tuercen la cara cuando escuchan el Beatboxing, esa alucinante percusión vocal que produce sonidos como beats de batería con la boca, labios, lengua y gaznate. Suena a reto de Tv Show, pero es la única música que literalmente puede paladearse como un bocadillo. Cuatro limeños veinteañeros, treinta combis por día y de por medio el Hip Hop, como único insumo para la subsistencia, pero a la vez, como ineludible antídoto para el resentimiento que provoca esta “maldita sociedad”. Hasta ahí todo parece el tráiler de esta crónica pero lo que sigue es más real que una mordida de perro o un portazo en los dedos.

Ruge la rima

Sonchi, Taz, Doubleunder y Weedman, andan por las calles “sin fechas ni fichas”, su facha es la de un rapero misio, no hay Nike ni Adidas, pero se respetan las medidas: gorra, polón, pantalón ancho y actitud. Parece que estuvieran asados pero no, es sólo la radiación ultravioleta que cae sobre la tierra de Melgar, catorce puntos, como para arder, pero “hiphopeando”; por eso esta mañana de noviembre, a una semana del “día sin sombra”, los cuatro y, quien esto escribe, premunidos apenas por un pequeño parlante rojo, Akita, con entrada USB, abordamos la primera combi de la jornada, es decir, ejecutamos el infinito arte de “carrear”.

“La firme” el destino no importa. “Taz” (Fredy Sáenz) prepara a los viajeros con un preámbulo. Dice que la canción a continuación es una composición de “Sonchi” (Miguel Alvarado) quien canta con convicción porque la escribió para su chibolo de ocho años, Jeremy. La rima es elemental pero de su calidad depende el jornal, por eso, Sonchi agarra el pasamanos y se manda sin que le importe el vaivén del vehículo y el altisonante llamado del cobrador… “Bolívar, Sucre, Bolívaaar”. La gente descubre que el tema no es cebo de culebra sino un rugido que estremece el techo de la combi. Éxito, la rima de los cuatro hace batir la cabeza de los pasajeros como un muñeco malogrado. Taz se quita la gorra y aunque no llevan “blin-blin”, el “clin, clin” de las monedas cayendo en el fondo son suficientes para saber que nada es en vano.

“Este amargo amor”

Pero ahí no acaba la cosa. El público no es selecto: perro, pericote y gato viajan al mismo ritmo, Sonchi lo sabe, por eso ha seleccionado un cover de un ángel chavetero y cervecero como Lorenzo Palacios, “Chacalón”… Y dice así: “este amargo amor, este amargo amor que siento es mi tormento…”. La gente se pone triste, ¿quién no ha tenido un amor que sepa a hoja de alcachofa?  Algunos pasajeros voltean la mirada hacia la ventana y ven el horizonte, barriéndose como una nube en agosto, otros ven a Sonchi que canta con pena cuando de pronto “una jerma” saca el celular de la cartera y graba en dos megapíxeles su nostalgia de rapero. Horas después, Doubleunder (Eddy Casas Rubio) dirá consternado: “había una jerma grabándonos” y el comentario hará sentir a los cuatro unas estrellas del firmamento combista, por el momento combista, quizá luego brillen de noche, mientras tanto, el sol de Arequipa los hace ver como unos raperos sin suerte.

El día continúa pero hay que seguir “carreando” por dos motivos ineludibles: el primero, subsistir; el segundo, de la única forma que ellos conciben la subsistencia, cantando Hip Hop en la combi. A eso le llaman “carrear”. A eso se llama hacer “lo que nos gusta”, aunque cueste sudor y lágrimas porque, sangre, ya vieron correr en sus respectivos barrios limeños.

“maldita sociedad”

Doubleunder es pequeño y menudo, pero cuando habla de su trabajo “la firme” parece que está candidateando al sillón presidencial. Pero nada con política, lo único que le quita el sueño es la “maldita sociedad”. Salió de Boca Negra, Callao, de una familia de recicladores y afirma que sólo asomó la nariz al pandillaje porque cuando tuvo DNI, su amigo “Nosferatu”, le alcanzó Hip Hop y desde entonces no ha dejado de componer temas y practicar el Beatboxing. “Para llegar a mi nivel” se jodió la garganta de tanto intentar beats, porque la chamba no se trata de reproducir “chiquipún, chiquipán”, sino de practicar por horas, hasta escupir la luz, con la garganta hecha trapo… “Es que firme, anhelaba aprender Beat Box” y le fue mejor.

De los cuatro el único intercontinental es Sonchi, pero no porque haya llevado su voz más allá del Atlántico, sino sus manos. Miguel Alvarado Bailón, nacido en Huaraz pero afincado en el Rímac, vivió cuatro años entre Italia y España, trabajando en construcción, electricidad, mensajería y baños saunas. “Mi letra es poesía”, dice. En Madrid huía de la policía por no tener papeles y en el Rímac pasó del consumo de drogas y la ausencia en casa, a escribir letras de canciones y rapearlas en conciertos y carros, ya sacudido del vicio.

Los cuatro se conocieron en “Ktimporta Records” un estudio de grabación del Cono Norte. Para entonces, Taz, ya había visto morir a más de un amigo por un tiro certero producto de una venganza. Cuenta que “San Diego”, su barrio en San Martín de Porres, tiene un ritmo acelerado. “También estuve en drogas”, dice y agrega que prefirió reconstruir su camino a fuerza de Hip Hop. Por eso compone, hace Beat Box y normalmente trabaja sólo, como Weedman (José Alberto Rodríguez), otro compositor y cantante del grupo pero único encargado de trasladar el mensaje final a los pasajeros: “bueno gente vivan sus sueños y no vivan soñando”

Aquí quedaos

Sonchi cuenta que en 2012 fueron invitados a participar en un concierto. Entonces hubo hotel y comida y pisaron las calles empedradas de Arequipa por unos días; eran las estrellas capitalinas. Esta vez volvieron a traer su Hip Hop, pero no hay hotel pagado y cada quien corrió bajo un techo. Ya van carreando por más de tres meses. Suben, cantan, bajan y vuelven a subir y a cantar durante horas, pero siempre respetando la hora del almuerzo. Los cuatro se sientan a una mesa de cemento en el comedor popular de la calle Víctor Lira. “Tres leks” el menú completo, “dos china” sólo el segundo y una Fanta de compañía. Taz coloca su parlante sobre el mesón, parece un amuleto chino de última generación y saca las monedas. Yo hago lo mismo. Hoy dan lentejas con torrejas y encebollado, como ayer, hace un hambre… como de perro de chacra. Cuando los platos se sirven, lógicamente, la conversación termina, pero Eddy se da un tiempo para mostrar su tatuaje en la cara interior del brazo izquierdo: no es el nombre de su madre ni el de su “jerma”, sólo se lee HIP HOP en altas, suficiente para entender por qué se encuentra, como sus compañeros, comiendo barato y cantando para vivir.

 

 

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