La Mina sí da

Gárgola sin pedestal

La-mina si-da

 

El operador del cargador frontal resiste el calor de la cabina; el sudor que le cae desde la frente se vaporiza en las lunas de sus gafas oscuras y le nubla la visión; deja el timón un instante, se saca las gafas y se limpia el rostro con un pañuelo y vuelve a los mandos; engancha la palanca y los brazos del caterpilar hunden el cucharón dentro de la tierra, luego se elevan y el polvo de la tierra arcillosa crea una nube marrón rojiza; los brazos mecánicos giran hacia un lado, el cucharón se voltea y la tierra que cae va formando un montículo continuo; ya es medio día y aún no ha terminado de zanjar su “avenida”. Ya lleva años haciendo el mismo trabajo y por eso sabe que el cementerio crece a mayor velocidad que la ciudad.

La escena no corresponde a mi imaginación; ocurre diariamente en Sudáfrica. La “Avenida” es una larga zanja que el caterpilar ha horadado en la tierra, dejando el desmonte al pie de la zanja; apenas concluida ésta, la empiezan a sembrar de muertos, en su mayoría víctimas del Sida; los ataúdes golpean la fosa y luego, la romería de deudos se despide del difunto devolviendo la tierra a la zanja. No hay tiempo para elegías, pues la cola de difuntos es tan larga como la zanja; el desapego sirve a los deudos para ir templando el alma, pues todos saben que aunque los caídos llevan la delantera, todos, más temprano que tarde, llegarán al mismo destino.

En pleno siglo XXI, (cuando con los antivirales ya casi nadie muere de Sida), el continente africano es diezmado por el Sida. La pobreza sola no explica el impacto catastrófico de la epidemia. El discurso oficial y los prejuicios religiosos sí: “El Sida no existe”; “El único fin de los condones es evitar el crecimiento de nuestra población”; “El sexo es un regalo de Dios, el Sida es un castigo para los que se apartan del Señor”; “Los condones nos quitan el derecho a la paternidad y las mujeres podrían acostarse con cuantos hombres les plazcan y esto quebraría la unidad familiar”.

Podría parecer una figura muy forzada hacer paralelos entre los gobernantes africanos y los mandamases que pueblan estas tierras/huertos del hortelano local. Aquellos niegan la existencia del Sida; éstos niegan la contaminación de la industria extractiva. Unos atacan la política profiláctica del condón y los otros a los defensores de la ecología acusándolos de boicotear el “crecimiento” de la economía. Los africanos ensalzan el sexo al amparo del señor, condenando a los “libertinos”; los locales se arrodillan ante la minería corporativa, echando todas las pestes a los “libertinos” de la minería informal.

En lo que no es necesario establecer paralelos, —porque hay plena coincidencia—, es en el gusto por los carros: unos y otros aman los vehículos motorizados; según el modelo y el costo, se intuye el rango del mandamás. En esto se parecen a todos, desde los cleptócratas petroleros rusos que galvanizan en oro la carrocería de sus titís, pasando por los hijos del extinto Gadaffi que confundían los Campos Elíseos de París con los circuitos de Le Mans, corriendo como locos en su colección de Porshes; o el nieto del africano Mandela con sus coches bañados en plata; o los afortunados locales con sus cinco por ocho, (que a mí me han dicho que son mejores que las 4×4).

La prensa local, con cierto orgullo confirma que las principales concesionarias de vehículos cerrarán el presente año con un gran incremento en sus ventas; especialmente en vehículos de producción futura. O sea, tener un carro del año ya no es síntoma de cuan alto uno ha trepado, la cosa es tener carro del año que viene.

La prensa local no informa sobre la venta de libros, o cuan asequible para los ciudadanos es el servicio salud o de Internet. Si cada distrito tiene suficiente número de postas y bibliotecas; y si los concejos locales facilitan el acceso a la cultura y el conocimiento de sus vecinos. Parece que a sus alcaldes les basta salir en la foto junto a los encargados de la corporación y recibir la suya.

Cómo y cuándo contarles la historia de Cerro Rico de Potosí, en Bolivia; o historias parecidas, tales como el esplendor de las minas de Guanajuato o Zacatecas, en México; y sus actuales oquedades, porque ya se sabe que las minas sí dan, siempre y harto, pero a cambio de dejar todo hueco, incluso, la mollera.

 

 

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Una respuesta a “La Mina sí da”

  1. Un artículo de Alejandro Lira Landa, sobre una realidad lamentable

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