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Resacas

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A Paloma Josse

Me prestaron un televisor que rompí accidentalmente. El tiempo que demoré en pagarlo fue tiempo pleno de sentido. Por fin una meta clara en la vida. Ahora que he terminado de pagar el bendito trasto (un amigo lo llama “el quinto evangelio”; y Muriel Barbery, la novelista francesa, llama “rosario laico” al control remoto), sufro un terrible bajón, una jodida depresión que lidio a punta de pastillas y horas de sueño sumadas a horas de duermevela sumadas a horas de sueño. Presentir que la vida puede ser más que clinofilia; es decir, pasármela echado en la cama, leyendo o soñando con lo leído; supone un verdadero quiebre en mi pobre (y al parecer limitado) Weltanschauung. He perdido el gusto por las insignificancias.

Hacia el final de Manhattan, echado en su sillón, Woody Allen pasa lista de las cosas que le gustan y por las que vale la pena vivir. Menciona a Groucho Marx, La Educación Sentimental, las manzanas y peras de Cézanne y, por supuesto, el rostro de Tracy. Se vive reconciliado con el absurdo siempre que uno conserve su pequeña lista de cosas valiosas, tu propio libro-almohada. A diferencia de las listas de Sei Shônagon, en la del neoyorquino no hay más naturaleza que el rostro de Tracy. Entre los ítems de mi propia lista se halla, por ejemplo, el tenis, y ahora que me desvelo, en modalidad zombi, para ver cada madrugada el Abierto de Australia, pienso en que a David Foster Wallace no le bastó su fervor por este deporte para seguir viviendo. Quien haya leído su artículo sobre Federer entenderá que decir “fervor” no es exagerado. No importa, sin embargo, cuán consistente sea tu lista siempre hay razones por las que puedes perderle el gusto a todo. Entre las más grandilocuentes habría que mencionar la muerte de Dios y la desintegración del yo; se creía que Dios era el cuento más corto del mundo, yo le ganó por dos letras. Entre las razones personales, la más grave es que se te muera un ser querido; como dice Paloma, es como si un castillo de fuegos artificiales se apagara de golpe y todo quedara negro. Holden, por ejemplo, jamás superó la muerte de Allie, hasta se compró una gorra roja como decía era el cabello de Allie sólo para poder mirar el fantasmagórico reflejo de su hermano en los escaparates. Su anhelo era cuidar de los niños. Cuando yo le amarraba las hileras a J. D. me sentía un poco Holden, cuidaba que no tropezara con sus hileras y cayera rompiéndose la piel en un rasmillón.

Perder el sentido de la vida puede resultar tan trágico como perder el sentido del olfato o del humor. El sentido como “significado trascendente” perdió credibilidad. Antes que, según Camus, la cuestión se tornara relevante entre los siglos XIX y XX, Macbeth había sido irrebatible: La vida —walking shadow— “es un relato contado por un idiota, lleno de ruido y de furia y que nada significa”. Lo utilizó Faulkner como epígrafe, luego Beckett encarnó el postulado en el pobre Lucky de Esperando a Godot. Muerte y espera parece ser todo. O Calamaro: “La vida es una gran sala de espera, la otra es una caja de madera”. Preguntarse por el sentido de la vida es tan absurdo como creer que la vida deba tener algún sentido que la haga digna de ser vivida. A todos nos pega una de esas crisis alguna vez.

Cuando yo se deprime filosóficamente, y para no seguir a Wallace ni a Catón, lo que hago es leer a Montaigne o a Bellow, veo comedias románticas hasta la náusea (trato de pensar irónicamente en las oportunidades de amor perdidas) y bebo gelatina de fresa extremadamente caliente, hasta ahora me ha dado resultado. Si me siento mejor, si he recuperado algo de confianza, intento leer una de esas novelas tipo Delicioso suicidio en grupo o Este libro te salvará la vida (a su protagonista, que anda también en busca de sentido, diversos gurús-masajistas new age le paran metiendo el dedo en el culo, literalmente). O la novela de Douglas Adams, Guía del autoestopista galáctico, en la que una computadora llamada “Deep Thought”, que bien podría haberse llamado “Macbeth XIV”, después de siete y medio millones de años de paciente espera, responde así a la pregunta fundamental, a la pregunta de cuál es el sentido de la vida, del universo y de todo: 42.

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Una respuesta a “42”

  1. Columna “Resacas” de Daniel Martínez Lira

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