ReCUENTO de la producción narrativa local 2013

Columna de letras Jorge Monteza

libro de Carlos Cornejo Roselló

 

El 2013 ha sido un año fructífero  para la narrativa local. Y la voz cantante la han tenido los jóvenes. Aquí un ágil pero meditado recuento.

El primer libro de narrativa en aparecer el 2013 fue Nena (Ed. La travesía) de Alex Rivera de los Ríos. También el primer libro de Alex, pero sin duda fue un debut sobrio y sorprendente por la calidad de su prosa. Su libro ha merecido comentarios favorables de alcance nacional. Algunos escritores suelen decir en la madurez que el primer libro se ve con cierta vergüenza. Estoy seguro que Alex Rivera estará libre de ese sentimiento, a lo mucho querrá corregir una que otra línea. Aquí, me limitaré a reproducir una frase de un artículo sobre sobre él en esta misma columna: Alex Rivera se perfila como un cirujano de la palabra.

Si de debut se trata, uno con mucho arrojo fue el de Juan Carlos Nalvarte el 2011 con El hombre de a cero. El 2013, con un poco más de oficio y menos arrojo, ha publicado Síndrome de Nothing Hill (Ed. Laboratorio Mérida) Llamado así –dice la introducción– por la cinta Un lugar llamado Nothing Hill. La palabra Nothing, entiendo, ha sido alterada de su original Notthing; un juego inteligente con el significado nada. Esta segunda publicación de Juan Carlos trata de historias juveniles que se configuran en torno a personajes cuyo modelo de  relación amorosa es aquella maniquea del príncipe azul y la princesa encantada, producidas en los cuentos de hadas, recicladas masivamente por las comedias románticas gringas y vividas, o mejor, “performatizadas” por la juventud actual. Tema por demás interesante y acertado. Si el título  El hombre de a cero anunciaba el tema el hombre y su relación con el fracaso, pero el lector atento habrá notado que era un título engañoso, que las historias no trataban de eso; el salto cualitativo de Juan Carlos en esta segunda entrega consiste básicamente en que Síndrome de Nothing Hill sí trata sobre lo que anuncia el título y la introducción. Y busca dar una mirada burlesca y crítica sobre dicho “síndrome”. No obstante, el tratamiento del tema hace que dicha mirada sea más burlesca que crítica. Los personajes son exagerados, sus diálogos ampulosos y las acciones pecan de histrionismo. Diría, sin embargo, que es un libro raro, porque a pesar de sus deméritos es un libro de interés.

En La casa Amarilla (Ed. Género aburrido) Giovanni Barletti ha logrado un avance más interesante aún, porque ese avance se dio en el lenguaje. En los relatos de la Casa amarilla hay una notable presencia de descripciones e imágenes logradas. Importan mucho el color, la luz; en general la creación de atmósfera. Las acciones no importan tanto como el lenguaje mismo, consecuentemente los relatos carecen de tensión y estructura definida. Hay una influencia que se deja sentir, pero que no debería: La casa de cartón. Los escritores franceses del nouvean  roman, usando la técnica de la descripción fotográfica lograban un efecto epifánico; no es el caso de Barlleti, sin embargo el lenguaje que ha logrado en esta su última publicación es casi irreconocible en comparación con el lenguaje de su primer libro, El que  no corre vuela (2009), claro está la diferencia es favorable a La casa amarilla.

Un narrador con más oficio es Orlando Mazeyra, quien este año publicó Mi familia y otras miserias (Ed. Tribal). Pocas portadas sintonizan tan  bien con el contenido del libro, como este es el caso. En dicha portada aparece una versión libre de San Sebastián mártir, quien murió asaetado por sus congéneres. Es un icono del sufrimiento. Los personajes –o quizá deba decir el personaje– de Mi familia y otras miserias son atormentados, marcados por heridas en el ámbito más íntimo, personal y a la vez primigenio: la familia. El nido de nuestros más perennes traumas y gozos. Mazeyra ha sabido hacer un arte con lo primero y su trabajo es una prueba de que para escribir literatura no hace falta solo dominar el lenguaje, es preciso tener un mundo qué contar. Un mundo que casi siempre nace de una herida remota. Su libro contiene varios cuentos que indiscutiblemente ganan por knockout, por ejemplo Mi primera máquina de escribir, Cartas cerradas, De cómo mi padre se fue al infierno, entre otros. Pero todos los excelentes cuentos no son los 32 del libro. Muchas historias son redundantes y excesivas en datos. Una selección de 15 o 20 cuentos no hubiera dejado un libro, además de contundente, impecable. Salvando esa situación, hay que decirlo, Mi familia y otras miserias, es el mejor libro de narrativa del 2013 en la producción local.

Hay autores que pueden nacer con cierta madurez, eso depende, en la mayoría de los casos, no todos, en no apurarse por publicar hasta tener un lenguaje logrado. Es el caso de Dennis Arias Chávez. Ciudad lineal (Ed. La travesía) es un libro de relatos cuyas principales virtudes son historia bien elucubradas e interesantes con una permanente atención a que su lenguaje la exprese con claridad pero también con complejidad. Una veces sorprende la contundencia de la historia; otras, lo poético del lenguaje. La escasez de descripciones priva de una merecida atmósfera a dichas historias. Para mayores referencias, invito a leer un artículo sobre este libro en esta misma columna, después de la lectura del libro, claro.

Said Galló publicó Laberinto blanco (Ed. Magreb), su segunda novela. Baste decir que el título de este libro metaforiza los intrincados recorridos (otra metáfora) de las sábanas del lecho amatorio. Esa fineza metafórica aparece de cuando en cuando en las descripciones de Said. Al margen del entusiasmo o desánimo que pueden generar este tipo de novelas de corte erótico-testimonial y la poca pericia de la autora en técnicas narrativas; dos novelas publicadas  antes de los 25 años, parecen evidenciar un compromiso con la escritura; razón suficiente para mantenernos expectantes a su próximo libro.

El año cerró muy interesante con la publicación de Donde la luz duerme (Ed. La travesía), un libro casi tan poético como su título. El panorama general de la narrativa arequipeña no muestra nada parecido a una tendencia, sino, por el contrario una sana y rica diversidad. Pero aún en esa heterogeneidad, Carlos Cornejo-Rosello, se presenta como un escritor insular con este su primer libro. Su tradición e influencias no parecen provenir de determinados escritores, sino del arte en general. La música, la pintura y el cine, convergen en su poética. Unas veces, el narrador hace,  no descripciones literarias, sino lo que haría una cámara cinematográfica: el encuadre, ampliación del encuadre, paneo, etc. Ciertamente esto es un artificio y sobre el papel es descripción literaria, pero logra lo que el artificio debe lograr: sorprender. En los tres relatos largos, la música da la pauta, la historia parece moldearse según el ritmo de un determinado tema. En cierta escena se expresa que la luz duerme en la casa. Lo poético del entorno es el fuerte de este libro. No ocurre así con los personajes. Parafraseando el título, diría que los personajes son opacos, sin brillo a pesar de sus conflictos. Pero los ambientes son inolvidables porque el lector logra tener la sensación de estar ahí, oyendo una hermosa melodía, mientras todo pasa.

Son siete los del 2013. Número cabalístico y muy auspicioso para la producción local. Número suficiente para dejar de sospechar que hay una nueva narrativa arequipeña, eso ya fue hace rato. Ahora queda leerlos atentamente y empezar a depurar. Mucho se dice que el mejor depurador es el tiempo; en estos casos, el tiempo no es nada sin lectores. Feliz año y venturosas lecturas.

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