La abogada de los pobres

Disparos al aire

la abogada de los pobres

«Urbanización San Isidro B-8, ¿conoces?», me preguntó Ana dibujando una sonrisa cómplice que me pareció insultante, pues no venía al caso. «Claro —le dije—. Creo que es por Vallecito». «No —retrucó—. Es debajo del Puente de Fierro».

Ella ya conocía la casa, estuvo allí en un par de ocasiones. Creo que la última vez había sido algunas semanas atrás. Y si no recuerdo mal, hizo su primera visita a fines del segundo semestre. «No vayas a pensar que es de esos enfermos que hacen tonteras», me había aclarado, mirándome fijamente, como tomando nota de mi primera reacción. «Yo no he dicho nada de eso, además parece tranquilo».
—Esos son los peores —sentenció con tono burlón—. Pero la verdad, y por suerte, este no es el caso.

Ana era muy habladora y, aparte de su lengua suelta, otros de sus defectos eran la exageración y la novelería: mezclaba la realidad con las películas para adultos que veía en sus noches de insomnio.

La primera vez que se acostó con el profesor Bermejo, Ana se despachó contándoselo a medio mundo. Se pavoneaba, la pobre. Sentí mucha pena, decepción. Por esos días, ella andaba muy mal en Derecho Tributario. Prácticamente se había resignado a desaprobar el curso cuando alguien —a quien yo nunca conocí— le dijo que la mejor manera de aprobar Tributario era «haciéndole un favorcito al doctor Bermejo». Ella no se lo pensó mucho. Lo consultó conmigo y le di mi opinión: un «no» tajante.

Al final, no me hizo caso. El trueque se consumó un viernes por la noche: sexo a cambio de una nota aprobatoria. Meses después, repetiría el plato. Pero, por ese entonces, yo no me lo creía, ¡me costaba creerlo! Eso también pasaba en mi aburrida universidad. Era un asco, una vergüenza total, me negaba a aceptarlo: «¿Cómo pudiste, Ana?», le preguntaba haciendo evidente mi decepción. «Eso pasa acá, en la China y en la Conchinchina, manita: abre los ojos. Además, ¿qué es un polvo? Te pareceré muy puta, pero me llega altamente. Es más, lo disfruté, estuvo rico, el doctor Bermejo lo hace mejor que  mi Daniel…»

—Basta, no sigas. Pobre Daniel… ¿Malogras tu reputación por una nota? Así no vas a llegar a ningún lado, Ana.

—El mundo da vueltas, Inés: no escupas al cielo porque… algún día tú también podrías hacer lo mismo.

—¡Nunca! Primero muerta.

Ese «nunca» todavía resonaba en mi memoria cuando sostenía el papelito con la dirección del doctor Bermejo. Ana en ningún momento me había recordado mi vieja promesa de jamás vender mi cuerpo a cambio de beneficios personales. Tenía todo el derecho de enrostrármelo, pero no lo hizo.  Si lo hubiera hecho, yo habría desistido. No era una buena amiga, ¿acaso los amigos te jalan a la cochinada?

Cuando vas a hacer algo malo, lo prefieres hacer a escondidas. Pero eso no soluciona nada. La primera cuestión que surge es qué harás si te descubren: qué cara pondrás, qué excusa inventarás, a quién recurrirás. Piensas primero en quienes más quieres: tus padres, tus hermanos, tus amigos, la gente que te estima y que confía en ti.

Mientras me dirigía a la casa del doctor Bermejo, miraba a papá en el terminal terrestre de Puno, empapado en lágrimas de despedida. Le había jurado que iba a volver a Puno con mi título de Abogado. Esa promesa la tenía que cumplir… Y, contra viento y marea, la cumplí.

*

Hoy, soy abogada. Trabajo en un importante estudio jurídico, uno de los más reputados de Arequipa. Me acuesto con mi jefe y él es el padre de Ismael, mi último hijo. Mi marido, desde luego, ignora todo. Es tan inocente que, en las reuniones familiares, repite orgulloso que «el Ismaelito» es igualito a él. Honestamente, me siento feliz con la vida que llevo. Mantengo a mi marido y educo a mis tres hijos en el mejor colegio de la ciudad. Veraneamos en las playas de Mejía (donde tenemos una casa) y cuando nos da la gana nos vamos al norte: Huanchaco, Pimentel, Punta Sal, Máncora. A veces hasta papá nos acompaña.

La vida es extraña, inesperada. Cuando, a los diecisiete, me fui de Puno, me hice la promesa de convertirme en la abogada de los pobres, de los abandonados, los tullidos. Siempre soñé con llegar al Congreso y hacerme famosa defendiendo las causas de los desposeídos y de las personas con alguna discapacidad. Lástima (para ellos): soy todo lo contrario, pues defiendo a transnacionales, bancos, mineras o a empresas privadas para quienes la pobreza no es más que una mala palabra.

Todos los días, antes de ir a dormir, me detengo frente al espejo y trato de auscultarme. Intento ver lo más profundo, lo que no se ve (lo que nadie ve, pero yo sí veo). Y lo primero que noto es una mala palabra, el espejo me dice que me he convertido en una mala palabra, algo peor que la pobreza. Seguramente hago mal recordando estos pasajes de mi vida. Alguna vez fui un poco cucufata, una puneñita bastante inocente, pero ya no. Ahora soy directa, desinhibida. Sin duda, los que creen conocerme jurarían que estoy contando un cuento. Nadie sabe quién soy ni en qué me convertí. Acá hay más una persona, varios tonos, muchas caras. Doble moral, le dicen.

Para no dejar ningún cabo sin atar (un buen abogado nunca deja un cabo sin atar), aclaro que esa tarde que pisé la urbanización San Isidro, todavía era inocente. No tenía nada, ni una pizca de experiencia. Era, literalmente, un manojo de nervios. No me habían desflorado, permanecía virgen (siempre había soñado con llegar virgen al matrimonio, otra promesa rota).

El profesor Bermejo tampoco fue el primero. Cuando me quiso tocar los senos le asesté un puñetazo que lo tumbó al sofá. Papá me enseño a pelear, «los hombres son pura cochinada», me decía, «no confíes en ningún hombre, a excepción de tu padre». Le pegué sin dudarlo, no me dejé ultrajar. Fue un día inolvidable, tal vez el mejor de mi vida. Quise llamar a papá para contarle lo sucedido, para decirle que sus enseñanzas habían servido: la hija del zapatero Cutiri permanecía inmaculada. No lo llamé. Tampoco aprobé. El profesor Bermejo me jaló: «Usted no ha aprobado, señorita», me dijo el muy hipócrita, cubriéndose con unos enormes lentes negros el moretón que le dejé. «¡Váyase a la mierda, profesor!», respondí con toda el alma y salí del salón tirando la puerta con rabia. Llamé a papá, le dije que me habían desaprobado por anteponer mis principios, ¡sus principios! Él no entendía, nunca entendió. A veces era muy obtuso, así deben de ser todos los zapateros. Me dijo que se sentía decepcionado, que todo su sacrificio era en vano, que ya no valía la pena seguir, que si volvía a desaprobar otro curso me regresaría a Puno a aprender el oficio: componer calzado (o, en todo caso, a venderlo como mamá). «No, papá —le dije—. ¡Nunca más!». Colgué y decidí cambiar.

El éxito tiene sus costos, hay que ceder, otorgar hasta lo más sagrado. Las recompensas son grandes. La primera vez da miedo, pero una se acostumbra; la experiencia es la mejor compañera en estos menesteres. El espejo es mi único enemigo, el incansable acusador nocturno. Me dice: «PUTA, TE HAS VUELTO UNA PUTA».

Yo me acuesto, tranquila; bostezo y me burlo de mi conciencia: ¿acaso las putas viven en la mejor zona de Cayma, tienen una familia sólida  y trabajan en el mejor bufete de la ciudad? Las putas deambulan por las calles del Cercado y se regalan por unos cuantos billetes como la pobre de Ana, quien nunca llegó a terminar la universidad. Dicen que está devastada… por una enfermedad venérea o algo peor… la verdad, eso poco me importa.

 

Una respuesta a “La abogada de los pobres”

  1. Ysaías dice:

    Es el cáncer real, que debemos extirpar.

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