Odiosa, exigente y espesa

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ingresante de 14 años al colegio mayor

Hija de recicladores ingresa a Colegio Mayor. Ruth Ccahua Sarate (14) junto a sus padres y su profesora del colegio Ludwing Vann Beethoven.

Esa profesora qué odiosa, exigente y espesa era, tan odiosa que cuando se enteró de que yo era huérfana se empecinó en decirme que debía salir adelante, que todo dependía de mí, que con mayor razón tenía que luchar por lograr ser alguien. Tan odiosa que las veces en que me veía flaquear me reprendía e instaba a ponerme de nuevo en pie, no dejarme caer, seguir luchando, ser justa y honesta así me tenga que morir. Tan espesa que cuando me descubrió cierto talento y dotes literarios me animó a leer y escribir más. Menos mal se fue del colegio cuando yo estaba en tercero de secundaria, aunque me dejó triste, no sé por qué la extrañaba tanto si era bien jodida la vieja esa. Tan jodida era que cuando yo terminé el colegio y no aspiraba a mejor cosa que trabajar de azafata en el deprimente ambiente de un casino del centro de mi ciudad, durante mi descanso entre turnos y en mi segunda semana laboral me encontraba caminando por las calles sin destino, llorando porque me acaban de hacer mi primer descuento con injustas razones y yo odiaba ese trabajo, pero me sentía tan desamparada, sin apoyo emocional ni económico que renunciar era un imposible. Entonces me encontró la odiosa y no pude evadirla, le conté lo que vivía y ella dijo “Pero cómo Elenita, si tú eres tan capaz, sal de ese lugar no permitas que te sigan maltratando así, tú vales mucho, tú deberías estar estudiando” Yo me reí, cómo iba a hacer eso y ¿estudiar? cómo si no tenía dinero. Ella, que yo sabía tenía muchas carencias, que vivía en pueblo joven, con una hija y un sueldo de profesora que seguramente ajustaba, sacó dinero y me dijo “toma, para tus pasajes, sal de ahí (refiriéndose al casino)”. Desde ese momento yo empecé a crecer, la odiosa esa me había dejado tan fortalecida que inmediatamente compré una bolsa chismosa grande donde puse los uniformes ridículos que usaba, fui al casino y al de seguridad se los di, toma, renuncio, le dije. El tipo insistió en que debía hablar con el administrador, éste muy confundido me preguntaba por qué, nunca antes habían renunciado de esa manera; por qué, por qué, yo le repetía, porque ustedes son unos explotadores, injustos que se quedan con el sueldo de sus trabajadores con descuentos absurdos para mantener su imperio a costa de plusvalía. Seguramente me había poseído la odiosa, esas eran sus palabras ¿plusvalía? jajaja. Luego conseguí otro trabajo, pasaron unos tres años y siempre recordaba sus palabras. Por fin tenía dinero, pero nada más que dinero, en el fondo creía que yo podía hacer, ser, más, pensé en la universidad muchas veces y me daba calambre en el estómago, pero las palabras de la odiosa persistían, finalmente postulé, ingresé, terminé una carrera universitaria a tumbos, me bachilleré. Y aquí estoy persistiendo, hoy que me topé con esta noticia, mi corazón me saltó como un gato loco y las lágrimas empezaron a caerme, hice este recuento, reviví tantas cosas, mirar hacia atrás y ver todo lo avanzado, tal vez no mucho para otros, pero sí para mí considerando la medida de lo que fueron mis posibilidades. Aún me queda bastante camino pero ya no estoy huérfana, soy madre, y la odiosa… qué orgullosa me siento de ella, como siempre tan entrometida instando a sus alumnos a apostar por ellos mismos, a luchársela, ayudando a Ruth Ccahua Sarate, niña recicladora de 14 años, a dar todo de sí para lograr ser alguien. “Ser alguien”, yo lo soy, siempre lo fui y ella me ayudó a saberlo y te estoy tan agradecida, por tus palabras, por tus exigencias, por tus entremetimientos, odiosa más memorable y buena del mundo, mi más querida profesora, valerosa Ana María Vilca.

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