Vendrá la muerte y tendrá tu ojo

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A Lina

“Me gustan tus ojos”, me dijo la chica que ahora es mi novia. “Me gustaría arrancártelos. Hacerme un ramito de ojos azules”. “¿Eso no es de un cuento de Octavio Paz?” “No”, me dijo, haciéndose la inocente. “Pero mis ojos no son azules”. Se me acercó como quien se dispone, delicadamente, a cortarte la cabeza. Entre su pulgar y su índice mi párpado no tuvo más remedio que abrirse. “Tienes razón. Son verdes. Te los arrancaré para hacerme un racimo de uvas”. Busqué en vano en mi memoria la referencia literaria, debía haber una. Tal vez lo que más aterrorice a un lector cualquiera, peor si eres un lector realmente fanático, es que algo pueda pasarle a tus ojos. En la novela de Elías Canetti, Auto de fe, Peter Kien teme que su biblio-cabeza pierda los ojos, y con ellos, la facultad de ver, o más específicamente, la facultad de leer: “Al lavarse cerraba Kien siempre los ojos. Era una antigua costumbre suya. Apretaba los párpados mucho más de lo necesario para impedir la entrada del agua. Ninguna precaución le parecía suficiente para sus ojos”. “¿Puedo lamerte un ojo?”, me preguntó. “Bueno”, acepté, me gustaba mucho la chica que ahora es mi novia.

Mientras la que sería mi novia me lamía un ojo, con el otro busqué la descripción de un ojo realmente hermoso. Se trata del ojo de la mosca neuróptera, según la descripción de Diane Ackerman: “…sobre un fondo negro, una perfecta estrella de seis puntas de color azul, verde más hacia dentro, después amarillo, y rojo en el centro”. A propósito de ojos realmente hermosos, en un viaje a Trujillo contemplé el par de ojos más bellos sobre la tierra, eran negros como un pozo sin fondo, daban vértigo. El hombrecito reflejado en la pupila todavía sigue cayendo. En el pozo de Mímir, Odín —el dios nórdico— por saciar su sed perdió un ojo. Por saciar mi sed en el pozo profundo de tus ojos, me he perdido. “Ya basta de lamerme el ojo”, le dije. Cogió uno de los palillos chinos con los que solía sujetarse el pelo y me amenazó con incrustármelo en un ojo, mientras rechinaban sus dientes. Le dije que me quitaría ambos ojos y se los regalaría envueltos en una cajita. “¿Eso no es de un cuento de Clemente Palma?” “Prefiero quedarme ciego a ver cómo te alejas”. “Una canción de Etta James”. “Exactamente lo contrario de lo que pasa en un cuento de Pirandello. Que cuando él o ella, gracias a una operación, recupera la vista, el otro se va porque teme ser rechazado”. Felizmente nuestras conversaciones no son así, así son las conversaciones que mantengo conmigo mismo. Sólo amenazó con incrustarme el palillo chino en el ojo.

Esa misma noche tuve una pesadilla. Soñé que un sujeto, mucho más grande y fuerte que yo, me sacaba los ojos con una cuchara de sopa. Aunque mis ojos, seguidos de una pegajosa baba, cayeron al suelo y rodaron, mis ojos rodantes siguieron viendo desde el suelo. Un gato blanco atigrado saltó de la alacena hasta donde yo estaba, es decir, hasta donde estaban mis ojos, que se empeñaban en permanecer más o menos juntos, así se eran más útiles el uno al otro, y empezó a juguetear conmigo como si yo fuera un par de canicas, un par de pelotas de goma, madeja de lana que empezaba a sentirse muy pero muy mareada, sus pequeñas zarpas fueron estropeándome, rasgándome, abriendo brechas en mis retinas, hasta que yo mismo, es decir, mis pesadas botas, me pisaron en su tambaleante y ciega huida en busca de auxilio. Fui chicle pegado a las suelas de mis botas. Cuando desperté, reconocí algún pasaje de El pájaro pintado de Kosinski en mi pesadilla y, aliviado de no haber perdido los ojos ni la referencia, volví a dormir.

Al día siguiente, la chica que luego sería mi novia, me preguntó si no quería acompañarla al cine. En mitad de la película recosté mi aburrida sien en su hombro huesudo, giró la cabeza para decirme algo y uno de sus palillos chinos, con los que solía sujetarse el pelo, se me clavó en un ojo. Picadura de un gigantesco aguijón. Un ardor insoportable seguido de cierta humedad desconcertante. Felizmente la que es ahora mi novia —un ojo es mejor que ninguno— usa ahora ligas para el pelo o pequeños ganchitos inofensivos.

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