Aborto fallido

Disparos al aire

Hoy me di una vuelta por un par de librerías limeñas y no encontré mis libros. Supongo que no valen la pena o que mi editor es un hijo de puta. Prefiero pensar lo segundo. Me conviene hacerlo.
«Tienes que venir a Lima, porque a ti Arequipa te ha quedado muy chica o, ¿acaso me equivoco?», me dijo, como para convencerme, el director de una revista que no lee ni su familia… aunque él, por supuesto, cree otra cosa. Al fin y al cabo, todos tenemos derecho a cultivar nuestras propias ficciones.
«¡Tiene usted razón!», mentí y agregué: «Siempre he querido vivir en Lima».
Ya he vivido hace diez años en Lima y lo que menos quiero es volver a hacerlo. Es una ciudad espantosa. Un aborto fallido… con demasiados limeños. En fin, con demasiados peruanos. De alguna arbitraria forma, uno no es un peruano cabal si no vive en la capital. Lima te educa al caballazo, a la peruana —y te desahueva de un sopapo, te obliga a escoger: ¿quieres ser cojudo o pendejo?, acá, aparte del cielo, no hay grises—, de una manera irresistible. Adictiva.
Mamá me llama y me dice que soy un torpe, que siempre actúo sin pensar en las consecuencias, que yéndome no gano nada. «¡Vas a perderlo todo!», me anuncia y ella casi nunca falla: «Micaela te quiso ayudar a entrar a la mina y tú no quisiste, entonces, ¿cómo no quieres que te deje, hijo?». Era verdad: sus padres le habían pedido mis papeles para hacerme entrar, como fuera, a Cerro Verde. Dicen que, si quiero algo serio con su hija, tengo que tener mis papeles listos para entrar a una mina y ser «un profesional digno».
Los únicos papeles que tendrán a la mano serán los que traigan impresa mi vida. O mi obituario.
El primer cuento que publiqué —«Dulce encierro»—, apareció en una plaqueta que sacó un amigo, poeta y coquero, que había desertado de la Escuela de Literatura de la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa:
«Allí te apagan la llama que llevas dentro, te embotan con teoría y te convencen de que si no haces teoría entonces no eres nada…», me había dicho, decepcionado. Los padres de Micaela, no sé cómo, leyeron la historia y se asustaron. Creyeron que el personaje de la narración era yo: un bipolar que estuvo internado en una casa campestre de reposo para gentes con problemas psiquiátricos.
Lo peor es que es verdad, pues todo lo que escribo está urdido con retazos de mi vida. Y, hablando de vida… tengo que conseguir un cuarto cerca de la avenida Gregorio Escobedo, pues allí queda la revista. Mientras tanto, me hospedo en un hotelucho —que, ironías limeñas, queda detrás del Ministerio de Trabajo— y deambulo por la avenida Salaverry. Los cigarrillos ofician de silentes compañeros de ruta.
Mañana volveré a pasar por esas librerías y volveré a preguntar por mis libros. Aunque sería mejor que, primero, me consiga una gabardina de segunda mano o una bufanda colorinche (quizá una boina de corduroy). La ropa es, hoy en día, mejor arma que la palabra: el atajo que utilizan muchos para decir: «Soy un poseta, pero no me apuren… mi destino es ser poeta».
Yo sólo les digo que soy como Lima, limeñísimo: un aborto fallido.
Mamá me vuelve a llamar por teléfono:
«¿Estás tomando tus pastillas?», me pregunta.
«No —repongo—. Pero estoy haciendo algo mejor: escribo».

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Una respuesta a “Aborto fallido”

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