Mi embarazo anembrionario

Columnista invitado

 

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La historia es esta. Cuando supe que estaba embarazada después de haberme practicado una prueba casera de embarazo y posteriormente un examen de sangre, quisimos mi pareja y yo realizarnos el primer control a las seis semanas de gestación. No teníamos seguro aún, por lo que fuimos a un policlínico privado, del cual no haré mención por temas legales. Ahí me practicaron la primera ecografía. Pasaron unos días hasta la cita con el doctor y fue cuando, luego de observar el resultado y leer las conclusiones del ecografista, nos dijo que aparentemente teníamos un embarazo anembrionario. Significa que estás embarazada sin estarlo, que tu saco gestacional está vacío, que por alguna razón el embrión dejó de desarrollarse. El ginecólogo nos explicaba a detalle lo que probablemente había sucedido, también nos explicaba lo que debíamos hacer: iba a recetarme un medicamento para acelerar el proceso abortivo, para luego pasar a que me realizaran un legrado o raspado uterino, que es una intervención quirúrgica simple para retirar todo el material de esa mala gestación. Debo haber puesto tal cara y mis ojos hechos agua que el médico se apresuró en decir que también podríamos buscar una segunda opinión y hasta recomendó un buen centro de ecografías. Yo casi salí corriendo de ahí. Afuera mi pareja me abrazó y trataba de confortarme con la idea de planificar mejor otro embarazo. Yo me obstiné en pedir otra ecografía. De inmediato fuimos a buscarla, el centro recomendado no estaba muy lejos, nos fuimos caminando. Mientras tanto no podía evitar pensar en cómo sería aquel legrado, tratar de aceptarlo, imaginar mi panza grande, imaginarme sin ella, bueno ya está, me decía, volveré a mi vida, tal vez no era el mejor momento, pero me había hecho ilusiones.
No sé cuánto tiempo esperamos nuestro turno, el lugar estaba lleno de gente. Mi angustia hacía que la espera fuera interminable, él también estaba tenso. Me llamaron, pasé por un vestuario, quitarse la ropa, ponerse una bata, muchas mujeres pasan por eso, los casos de embarazo anembrionario son más comunes de lo que suponía. A veces un óvulo o espermatozoide de baja calidad generan un error de información en las células que conforman el huevo primitivo y plum se origina un huevo vacío. Me eché sobre la camilla, una enfermera vino a acomodarme, frente a mí había una televisor led como de 40 pulgadas. Entró el ecografista, inició el procedimiento y apareció en toda la pantalla lo que era mi saco gestacional y, en medio de ella, la silueta del embrión como la de un pollito panza arriba. Aquí se está formando su espina dorsal, señaló el médico. Enseguida encendió el audio y sus latidos cardíacos llenaron toda la sala. Seis semanas y media y el corazón le sonaba como un bombo. Mi pareja estaba tan impresionado como yo. Qué increíble, no sabía que tan pequeño ya tuviera corazón, dijo. En realidad hacia la tercera semana el embrión ya tiene formado su corazón y tiene un sistema de circulación rudimentario, tercera semana.
Salí de ahí con sentimientos encontrados. Por un lado felicidad y por otro rabia, ganas de ir a gritarle al ginecólogo del policlínico que estuvo a punto de mandarme a abortar y que su ecografista era un bueno para nada por hacer tomas ecográficas simples, rápidas, sin audio y sin la atención que se merece.
Desde entonces siempre pienso en las mujeres que no pueden embarazarse y lo desean, en las mujeres que son obligadas por sus padres, parejas o terceros a abortar; en aquellas que por alguna negligencia perdieron a sus hijos y en las miles de mujeres que en mi país, durante el gobierno de Fujimori, fueron obligadas a esterilizarse o fueron esterilizadas sin su consentimiento. Espero un día tengan justicia.
Mi hija acaba de cumplir un año. Cada vez que recuerdo que por una mala observación pude haberla perdido, mi corazón se estruja. Hoy no podría imaginarme una vida sin ella. Sus ojos, su vocecita, su sonrisa lo son todo y estuvieron para mí desde siempre y para siempre.

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Una respuesta a “Mi embarazo anembrionario”

  1. Artículo de Elena de Yta, columnista invitada

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