Paranoia

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Paranoia_by_cheeseboy

A Slothrop

No hay quien se salve de fantasías o hipótesis paranoicas rondándole la cabeza. Una recurrente —en este caso se trataría de una hipótesis— está relacionada al amor. Por un tiempo intenté disfrazarla de una suerte de intuición de orden antropológico; sin embargo, la frecuencia con la que me ha venido asaltando y las circunstancias especiales que desencadenaban su asalto, acabó por convencerme que se trata más bien de una idea fija, es decir, una hipótesis paranoica. Empezó el día en que conocí a M. Utilizo una inicial falsa porque no quisiera que nadie —es decir M— se sienta aludida. Temo sus represalias. Esto que escribo es un acto de amor. Ese mismo día, más bien noche, M. y yo terminamos besándonos en el taxi. Fue un beso voraz. Hay que tener sumo cuidado con lo que pasa en la sesera de uno. A partir de ese furtivo pensamiento, voraz, se desató la paranoia: El amor es la sublimación del canibalismo. Así como antes veía en cada sonrisa una amenaza, reflejo atávico de lo que siempre ha significado mostrar los dientes; y en cada persona obesa o un tanto subida de peso, la mal disimulada intención de desaparecerme y ocupar mi lugar, traducido para mi solaz como “culpabilidad demográfica”; ahora, cada vez que M. insinúa un beso, mi reacción natural es retroceder. No quiero ser devorado por la pasión. Coincidencias como las de esta frase cursi, devorado por la pasión, no hace sino empeorar mi lamentable paranoia.

 

Herzog, el personaje de la novela de Bellow, era acosado por su mujer y el psiquiatra y su mejor amigo, para que reconozca su paranoia, su fantasía paranoica, respecto a su mujer y su mejor amigo saliendo juntos, teniendo una aventura. Lo divertido es que la mujer y su mejor amigo sí salían juntos, sí tenían una aventura. El problema no es ser paranoico, el problema es saber si se es lo suficientemente paranoico. Dejándose llevar por estos temores tal vez llegue uno a anticipar su ocurrencia. Como en el cuento de Cortázar, Las ménades, creo, en el que los fanáticos —tanáticos— de un afamado músico terminan devorándolo, comiéndoselo; o como ocurre al final de El perfume, me refiero a la película, no he leído el libro, en que, otra vez la muchedumbre, desaparecen en sus intestinos al joven obsesionado con los olores. Si tuviera que elegir una parte del cuerpo humano que simbolizara la muchedumbre, esa es sin lugar a dudas la boca, por la cantidad de dientes que hay en ella. M. se acerca a besarme, retrocedo espantado ante la muchedumbre hambrienta de sus dientes. El amor es la sublimación del canibalismo.

La paranoia, lo escribió Ballard en su oda al amor como perversión (el amor es siempre perverso), es el Caballo de Troya metido en la propia mente. Si los troyanos hubiesen sido solo un poco paranoicos, no les habría ocurrido la desgracia que ya todos conocen. Lo que prueba que la paranoia es más bien moderna. La sufre Slothrop en El arco iris de gravedad. A donde quiera que va Slothrop, en medio de la guerra —Inglaterra está siendo acosada por los alemanes— no tarda en caer uno de esos cohetes que vuelan más rápido que el sonido, si no lo oyes venir es porque estás muerto. Que peor paranoia que esa, amenazado por una enorme bala con aletas cuyo arribo no alcanzarás a oír. A fuerza de una intrincada trama, cada vez que la amenaza de una de esas bombas-cohete se cierne en el aire, Slothrop la presiente en la libido. Su mapa de conquistas sexuales coincide perfectamente con el de los impactos del misil. El amor, para Slothrop, sería una sublimación no solo del canibalismo, sino de toda forma de destrucción.

¿Es cierto que el lector —cualquier lector— está predispuesto a la paranoia? Según Piglia, “un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario”. Cualquiera que se empeñe en no hacer otra cosa que leer —como me parece que a veces hago— no tardará en convertirse en un perfecto paranoico. Buscando siempre esa otra historia oculta en la aparente. M. no solo se cepilla los dientes tres veces al día, se pasa el hilo después de cada comida y visita periódicamente a su dentista. ¿Tendré que esperar a la vejez para probar las delicias de un amor desdentado?

En un relato de Donald Barthelme, Jaws (en alusión a Tiburón, la película; “jaws” significa “fauces” o “mandíbulas”), Natasha siempre le está mordiendo un brazo o una pierna a William, su novio. Para Natasha es una forma de expresarse. “Ella abre la boca, luego la cierra (futilidad) en el brazo de William (súbita elocuencia)”. Su última mordida ha llevado a William al hospital. Pese a ello, según el narrador, hacen una linda pareja. M. pedalea en su bicicleta en bajada, sufre un accidente y pierde un buen número de dientes.

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