Lector en crisis: la vida en suspenso

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A Joseph

¿Si alguna vez has tenido la sensación, el malestar, de estar siendo ignorado, pasado por alto, obviado? El empecinado sargento Cliff (en La piedra lunar de Wilkie Collins), ha juntado tres estrechas sillas sobre las que piensa pasar la noche, vigilando, atento a cualquier movimiento o ruido mínimamente perceptible que pudiera provenir de la habitación de la sospechosa. Se trata de saber qué pasó o quién robó un valioso diamante. Lo que el sargento Cliff no sabe es que su accidentada horizontalidad en ese incómodo lecho puede durar más de una noche, o para ser más preciso, esa noche que, resignado, piensa pasar en precario descanso puede prolongarse indefinidamente.

No sería la primera vez que ocurre algo así, el gordo Buck Mulligan no termina de girar sobre sus talones ni de bendecir la torre (incluidos los campos alrededor de la torre) mientras insulta, en latín, a su compañero de vivienda, Stephan Dedalus, que, hasta donde recuerdo, tenía alrededor de diez años, iba a la escuela y lo acababan de castigar porque, me parece, algo había ocurrido con sus lentes de medida. Es muy probable que confunda una historia con otra, o que en una sola historia confunda hechos relevantes o detalles, es probable. Hasta ahora no sé con certeza, por ejemplo, si es Vladimiro quien ayuda a Estragón a quitarse los zapatos o si es Estragón quien ayuda a Vladimiro a quitarse los zapatos mientras esperan que llegue un tal Godot, que nunca llega: continúan en su vana lucha contra el zapato (ahora estoy casi seguro de que se trataba de un solo zapato). La ropa interior de Helen Bober sigue prendida del cordel, las breves pasadas de sol por la ventana del baño han comenzada a descolorar ese íntimo arco iris.

No siempre se trata de una derrota, después de haber visto una y mil veces la misma imagen prefiero no pasar de ella. Intento retomar la historia una o dos páginas antes de donde la dejé y termino abandonándola exactamente en el mismo lugar. Tres o cuatro veces, veinte veces. Phoebe debe estar ya bastante mareada de todas las vueltas que sigue dando en el carrusel. Este es un caso límite. No faltan más de dos o tres páginas para acabar el libro pero prefiero no pasar de esta imagen, Phoebe dando vueltas en el carrusel, Phoebe dando vueltas en el carrusel, Phoebe dando vueltas en el carrusel.

O Hans Castorp doblando frazadas en el balcón del sanatorio, perfeccionando la técnica del envolverse a solas. ¿O fue su primo Joachim quien lo deslumbró con su habilidad para envolverse en un ajustado paquete, dejando libres nada más que los brazos y la cara?

La mayoría de veces sí es una derrota. Por cansancio. Aburrimiento. La presión de otros libros. Porque no entiendo. Porque me perdí. El pobre Quijote, por ejemplo, se ha quedado colgando de un brazo (de la ventana de una posada), convencido de que se trata de un encantamiento. Son las criadas que lo han atado, burlándose del triste caballero andante no, en suspenso. Alrededor del pobre Quijote cae una persistente garúa de diminutas flores amarillas, o es la lluvia de diminutas flores amarillas que sigue cayendo sobre todo. Molloy, al que le resultaba imposible dar un solo paso sin la ayuda de sus muletas, ha caminado, totalmente a oscuras, hasta donde piensa se halla el interruptor de la luz. Ha reparado en el sinsentido, tendría que haberse desplomado al primer paso. Prende la luz. Permanece inmóvil, a la espera de que pase algo.

El Pliegue, así le llama Arno Strine, al instante en que, por algún medio, de algún modo, logras detener el tiempo. El lascivo Arno utiliza este raro don para sacar partido de apetecibles mujeres. Lo he dejado, del mismo modo en que él inmoviliza todo a su alrededor, congelado en la tarea de sacar un anillo de compromiso del dedo de una cajera, reflexionando en la obscenidad que supone todo este ritual de poner el anillo: “—Si te follas con el dedo este anillo delante de mí ahora, cariño, te prometo que te follaré regularmente durante el resto de nuestras vidas”. Temo que oiré esta misma frase unas cuantas veces. Arno detuvo el mundo chasqueando los dedos, yo he detenido a Arno cerrando un archivo, abriendo otro. Es el juego de los encantados.

A Joseph, por supuesto, nada de esto le importa. Se ha tomado un año sabático mientras espera que lo llamen a servir al ejército. Es el hombre en suspenso. A Bellow le criticaron que escribiera una novela sin trama. Joseph lleva un cuaderno, un diario, en el que anota diligentemente la nada de todos los días. Su mujer lo mantiene. Además, le trae libros. Le hago un favor abandonándolo, perpetuando ese paraíso de vida. Aunque no pueda más con el aburrimiento, con el acopio de amargura y rencor. Las paradojas de Zenón funcionarían perfectamente en el terreno de la lectura. Se llegaría al punto ideal en que no valdría la penar leer ni una sola línea.

Acabo de abrir otro libro que estoy seguro abandonaré a las pocas páginas. Depende de mí que esas vidas sigan su curso, ¿de quién dependerá que la mía siga el suyo?

 

 

 

 

Una respuesta a “Lector en crisis: la vida en suspenso”

  1. Esta es la columna Resacas de Daniel Martínez Lira

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