Los dislates de Lynch

Memorias del escribidor

 

Las verdades reveladas, aquellas que no se inmutan ante los acontecimientos que la realidad parece refutar, son esparcidas con cierto éxito en sociedades donde la práctica de la crítica parece haberse fosilizado a pesar de todas las transformaciones sociales. Y esas sociedades, hasta ahora, padecen de esa insuficiencia, llamada Edad Moderna, que las hace vulnerables a los pensamientos extremos y a políticas demagógicas. Octavio Paz trató en varios de sus ensayos de esta condición, más que de época, como producto del librepensamiento y de la voluntad de cambio de los que en algún momento de la historia fueron súbditos y anhelaban convertirse en ciudadanos. El racionalismo moderno, decía Paz, ha sido sobre todo un método, no una geometría fuera del tiempo, es decir, ha sido una crítica y una autocrítica. Por eso, al compás de las reformulaciones que la realidad exige hacer con las aristas de algún pensamiento o insignia ideológica resulta vergonzoso observar cómo es posible, todavía, caer en justificaciones tan alejadas de lo estrictamente razonable de contextos que requieren mejores explicaciones, sólo con el fin de reafirmar una ideología por encima de cualquier ponderación a favor de una cultura democrática y con un sentido de progreso de mayor viabilidad.

Recientemente, Nicolás Lynch, ex Ministro de Educación del Perú, escribió un artículo[1] criticando la validez de los datos estadísticos que el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) publicó sobre la situación de la pobreza vigente en el país, cifras que demuestran una reducción importante de la misma, y que se viene dando ya de manera progresiva durante los últimos tres periodos gubernamentales, aunque sin alcanzar de manera gravitante otras dimensiones como la de los servicios básicos o infraestructura que podrían complementar la exigua, claro que sí, mejora monetaria. Pero los avances son evidentes gracias a un entorno macroeconómico saludable y a una dirección económica de inversiones y apertura comercial, no exentos de impericias en la conducción de las conflictos sociales y el notorio desaprovechamiento de los acuerdos internacionales.

Que un pobre en el Perú deja de serlo por superar un ingreso de casi trescientos nuevos soles al mes es tan relativo como advertir que un estudiante de educación pública primaria deja de estar mal nutrido con los desayunos diarios de algún programa social o que un empresario alcance el éxito por reducirle el número de días de trámites burocráticos para abrir su negocio. En el primer caso, la línea de la pobreza estimada en el límite de ese monto[2] advierte que todas las acciones públicas como privadas han confluido para que en el caso del más desfavorecido por la ausencia de oportunidades básicas en la generación de riqueza, sus ingresos, claramente escasos en estos tiempos, se hayan visto incrementados. No estamos hablando de un pobre que trabaja para el Estado –y así evitamos la tentación de incurrir nuevamente en la mal concebida exigencia de incrementar frecuentemente el salario mínimo vital–, sino de un pobre promedio que, en su compleja situación de supervivencia, percibe desde esa suma. Ese pobre no dejará de serlo aunque perciba tal ingreso, porque las otras dimensiones de su desarrollo aún no han sido cubiertas, como las del acceso a los servicios públicos básicos. Y en eso concuerdo con Lynch, porque ningún gobierno podría hacer apología de dichas cifras si sus políticas no permitieran que los ciudadanos realizaran sus proyectos de vida, aunque en el intento se topasen con el fracaso.

Sin embargo, cuando Lynch ajusta la realidad a la teoría arcaica de su ideología, aquella que responsabiliza a la falta de Estado de cada malhadado destino de los seres humanos, entonces caemos en la trivialización de las experiencias y terminamos atrapados en las redes del dogmatismo. Entre sus conclusiones señala que el bienestar de un segmento de la población, apoyado por las premisas irrebatibles de las ciencias sociales, como él mismo asevera, radica no sólo por lo que posee sino también por lo que tienen los otros, puesto que su bienestar está en relación directa al mejoramiento relativo de su posición en el sistema social. No lo hace explícito, pero el mensaje para un lector perspicaz y entrenado en el tipo de (ir)reflexiones que hace Lynch es obvio: Los pobres son pobres por culpa de los ricos. A esto añade otra conclusión que es empujada por una lógica que parece sustentada en la gravedad de su diagnóstico pero poco sostenible en la argumentación: El 70% de la población económicamente activa en el país es informal, y esto es evidencia de la desigualdad imperante en la sociedad, sin contar la falta de trabajo decente en el mercado laboral.

La generación de empleo no es tarea del Estado, entre sus funciones no se encuentra la creación de riqueza. El agente capacitado por excelencia para crear empleo y a través de ello riqueza es el ciudadano con su espontaneidad en un marco de libertad económica, libertad que sí debiera garantizar el Estado, incentivando con políticas públicas básicas la interacción de quienes tienen algo que ofrecer en el mercado y los que requieren satisfacer sus necesidades. Las aptitudes para desarrollarse bajo esas condiciones de libertad determinarán el éxito o fracaso de las transacciones, y en medio de ellas las riquezas variarán de uno a otro emprendedor y de uno a otro consumidor. Son las desigualdades creadas por el Estado las que debieran impugnarse a partir de la experiencia de los que han acumulado riqueza con el uso eficiente de sus recursos, no las desigualdades propias de una competencia necesaria entre los agentes económicos. No hay pobres por la existencia de los ricos, hay menos pobres por la creciente existencia de ricos, quienes para convertirse en tales requieren de personas calificadas para los puestos que la industria demanda y retribuye, según el dinamismo del sector. Los fundadores y principales CEO de empresas como Microsoft, Facebook, Apple y Google, sin duda se encuentran entre los mejores remunerados del mundo; sus ideas innovadoras y sus habilidades en la gestión de sus organizaciones los han colocado en esa cúspide de ingresos que han conseguido en virtud de la preferencia de sus seguidores y consumidores. En ese afán es que miles de personas, jóvenes la mayor parte de ellos, expresan sus cualidades, y ponen su inteligencia al servicio de estas organizaciones que les permiten alcanzar gran parte de sus proyectos de vida. Su empleo es el medio de autorrealización. Aún así, estos nuevos paradigmas de la creación de riqueza no ocuparon este sitial siempre. Hace más de veinticinco años, según la revista Forbes, la fortuna de las diez personas más ricas del mundo estaba en manos de otras y hoy no conservan su ventaja. Es decir, los ricos de hoy no eran los de ese entonces[3].

En el Perú el panorama no es distinto. Con total seguridad, la lista de los peruanos o peruanas de mayor riqueza de hace treinta o cuarenta años no es la misma que presenta estas dos últimas décadas. Durante la época de las dictaduras y gobiernos populistas, no pocos vieron cómo su riqueza mermaba o simplemente se esfumaba, sin embargo, a diferencia de otras realidades en donde el Estado no formaba parte del aparato productivo, aquí esas pérdidas no sólo tuvieron que ver con la débil gestión empresarial –que la hubo, seguramente– sino, principalmente, por la intervención grosera de un Estado que disponía de la propiedad privada como si fuera suya, que planificaba ampliamente la economía y que no respetaba los contratos suscritos. De otro lado, la enorme porción de informalidad en la que se desenvuelve el mercado tiene en el mismo Estado un aliado que además de no haber incentivado a tiempo la productividad de los emprendimientos reduciéndole los sobrecostos, y simplificando sus regímenes tributarios y laborales alimentaron en las unidades de negocio una cultura de informalidad que no contribuye ni contribuirá a asentar la institucionalidad. ¿Es el mercado el enemigo de los emprendedores? Si Lynch, al hablar de la necesidad de contar con trabajos decentes (con derechos) está refiriéndose a la ineludible intervención estatal dada a través de leyes que protejan más y más al trabajador, tendría que atender también otros reportes del Banco Mundial[4], organización de la que abomina en su artículo, en los que se recomienda que los programas liderados por los gobiernos en países de elevada tasa de informalidad, deben tener como centro de su atención a las empresas jóvenes, en lugar de las pequeñas, debido a la incapacidad de éstas últimas en generar mayor empleo y aletargadas en su proceso de subsistencia. El trabajo decente no es un asunto exclusivamente de derechos, de exigencias y reclamos salariales o beneficios, sino de libertades empresariales con fuerte impulso a la innovación y prácticas empresariales modernas.

Pero su mayor dislate es cuando casi seguro de la contundencia de sus “argumentos” anteriores dice que el resultado más claro de la falta de integración social que proveería el trabajo con derechos es la actual ola de violencia criminal en la costa norte del Perú. Es decir, desde la perspectiva de Lynch, la falta de trabajo con derechos es el principal detonante de los altos índices de criminalidad en el norte del Perú, porque el “capitalismo salvaje” al no brindar estabilidad en el empleo dejaría como indeseable pero como última opción los delitos sangrientos. Le recuerdo al ex ministro de Educación que salvaje no es el capitalismo que, entre todas las demás concepciones de vida, ha sabido distribuir la riqueza de acuerdo a los esfuerzos individuales sin recurrir a la coacción o al igualitarismo que defiende esa izquierda retrógrada que tiene la desfachatez de calificar a Nicolás Maduro de negociador antes que de déspota[5]. La desigualdad en el Perú no tiene su origen en el empleo sin derechos, los mismos que legislación tras legislación han sido progresivamente amparados por el Estado, y que por el contrario, desatiende la necesidad de los empresarios de mayor flexibilidad en el marco regulatorio; sino, tiene su raíz en la corrupción, en el poder político mezclado con muchos intereses privados. Moisés Naím lo resume con mucho acierto: La desigualdad florece en sociedades donde no hay sistemas de incentivos, reglas e instituciones que hacen que la corrupción no dependa solamente de tener gente honesta en el Gobierno, sino que también cuentan con maneras de hacer que el robo del dinero público o la venta de decisiones del Gobierno al mejor postor sean conductas que se detectan y castigan[6]. Y es precisamente la corrupción lo que alienta un clima de criminalidad en el Perú. Lo salvaje no es el capitalismo, lo salvaje es tener entre veinticinco presidentes regionales diecinueve investigados por casos de corrupción, siendo sus principales acusaciones los relacionados a delitos de peculado, malversación de fondos y concusión[7].

Un mínimo de razonamiento sería suficiente para concluir que la escandalosa incompetencia del Estado en seguridad ciudadana es la principal traba combatir el crimen, lo que reiteran especialistas en este sector[8] cuando afirman que lo que se evidencia en el norte y en otras regiones del Perú es la débil coordinación entre sus agentes involucrados, la Policía Nacional y los gobiernos locales, el déficit de fiscales a nivel regional y la impunidad con que el Poder Judicial actúa contra acusados de extorsiones y homicidios muy bien relacionados con el poder político.

Todo cuanto pueda hacer el Estado por el bienestar de los ciudadanos es no interferir en la fluidez de sus relaciones en el mercado con más intervención de la indispensable o necesaria para permitir sus mayores posibilidades de elección. El crecimiento no augura el desarrollo, pero prepara el camino para superar otras vallas como la pobreza que sólo un Estado moderno está en la capacidad de comprobarlo.

 

[1] Lynch, Nicolás, La miseria de los pobretólogos, El Búho, 18 de mayo de 2014. http://elbuho.pe/2014/05/18/la-miseria-de-los-pobretologos/

[2] Según INEI, la cifra exacta es de doscientos noventa y dos nuevos soles al mes.

[3] Kaiser, Axel, Los errores del nuevo Marx, Elcato.org, 21 de mayo de 2014. http://www.elcato.org/los-errores-del-nuevo-marx

[4] Escalante Rojas, Julio, El 65% de todas las empresas en el Perú son informales, El Comercio, viernes 04 de abril de 2014. http://elcomercio.pe/economia/peru/65-todas-empresas-peru-son-informales-noticia-1720484

 

[5] Lynch, Nicolás: “Maduro tiene características de negociador“, 24 de Febrero del 2014. Frecuencia Latina. http://www.frecuencialatina.com/90/noticias/nicolas-lynch-nicolas-maduro-tiene-caracteristicas-de-negociador

[6] Naím, Moisés, ¿Causa desigualdad la corrupción?, 24 de mayo de 2014. El País. Internacional. http://internacional.elpais.com/internacional/2014/05/24/actualidad/1400945141_775556.html

[7] ¿Cuántos casos por corrupción acumulan los 19 presidentes regionales?, Radio Programas del Perú, miércoles, 28 de Mayo de 2014, http://www.rpp.com.pe/2014-05-28–cuantos-casos-por-corrupcion-acumulan-los-19-presidentes-regionales-noticia_695743.html

[8] Zubieta, René, Delincuencia en Trujillo: ¿Por qué se ha incrementado? , El Comercio, jueves 23 de enero del 2014 http://elcomercio.pe/peru/la-libertad/delincuencia-trujillo-que-se-ha-incrementado-noticia-1704573

Una respuesta a “Los dislates de Lynch”

  1. Esta es la columna “Memorias del Escribidor” de Jorge Luis Ortiz Delgado, en respuesta a un artículo de Nicolás Lynch, publicado en esta misma página web días atrás.

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