La soledad es un asunto de digresiones…

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La carne es triste y ya todo lo he leído

Mallarmé

 

 

 

 

La soledad es un asunto muy jodido. Decir “insoportable”, lo admito, suena exagerado, es exagerado. Mientras uno pueda decir “insoportable”, se soporta. Lo “insoportable” no admite la posibilidad de decirlo. Lo leí en algún lado. Todo lo que escribo, lo he leído en algún lado. Porque no existe mejor hábito que el de la lectura para cosechar soledad. Porque he leído más de la cuenta. Porque he pasado muchas horas solo. Uno se acostumbra. Porque el hombre es un animal de costumbres, lo leí en algún lado.

Debía encontrarme con unos amigos porque uno de ellos cumplía años y lo celebraríamos. A algunos de ellos, tres o cuatro, los volvería a ver después de mucho tiempo. Me preguntaba, mientras iba en el taxi, mientras abría la ventanilla y encendía un cigarrillo, si habrían cambiado hasta el punto de no poder reconocerlos. Me refiero a su apariencia física; no podría reconocerlos en ningún otro aspecto. Tal vez avejentados, una calvicie ya no prematura, panza, gafas que, en algo, distorsionaría sus facciones, o mi recuerdo de sus facciones. Aunque en ese momento no pasó por mi cabeza esta idea: tal vez era yo quien más había cambiado. Siempre he tenido poco pelo; una barriga más que incipiente producto de no hacer otra cosa que leer, ninguna otra actividad remotamente física, un numerito más en la estadística de los sedentarios. Tengo arrugas, sobre todo a un costado de los ojos porque el sol, o en su defecto la resolana, te obliga constantemente a entrecerrar los ojos y así se van formando estas arrugas que, después de todo, no son gran cosa. Aunque no puede considerárseme una persona feliz, me he reído con ganas y eso tampoco ayuda. Qué alivio hablar de las apariencias, es una certeza, mínima pero indispensable, para qué, no lo sé. La apariencia de mis amigos, o de la gente que conozco, me desespera. No sé hasta qué punto son ellos esa sonrisa chueca, esa frente amplia, esos lunares, ese color de cabello o de ojos, que son el espejo del alma, o la ventana por la que ésta se asoma, temerosa; lo leí en alguna parte. Me desespera pero también me resulta un verdadero alivio, porque hablar de lo otro, de sus maneras de ser, es un completo misterio, completa oscuridad.

Llegué tarde. Igual la reunión se canceló. Se canceló porque nadie llegaba. Ya era tarde, pasadas las once, y aunque esa hora no era tarde hace unos años, ahora sí resultaba tarde. Pese a que mañana era domingo y nadie trabaja en domingo, existe otro tipo de obligaciones, había que descansar. El llanto de los niños envejece. Las cuentas de luz o agua envejecen. Las reuniones con los suegros, las reuniones de trabajo, las reuniones a secas, de cualquier tipo, envejecen. Y evitar todo esto, como si fuera posible, lo es hasta cierto punto, igualmente envejece. Nadie se libra. Está claro que todas estas reflexiones, no sé cómo llamarlas, las he leído millones de veces en millones de lados. Me gustaría poder escribir algo, cualquier cosa, que no sea una repetición de lo leído, no es posible. La vida, el famoso día a día, es un tedio porque luego descubres que todo está en los libros; si la vida fuera una película, la literatura nos arruinaría el final. Sabemos qué va a pasar y ya no vale la pena verla, en este caso, vivirla. Eso me digo para no decirme que soy un cobarde.

Llegué tarde porque me llamó una amiga para preguntarme si podía visitarme, es decir, venir a mi casa, y yo le dije que sí, aun sabiendo que esta visita me atrasaría, indefectiblemente. Le dije que sí porque, en parte, no quería ser el primero en llegar y sentirme incómodo rodeado de sillas vacías. Una silla vacía la relaciono, automáticamente, con cierta poesía que la usa como imagen recurrente cuando de abandono se trata. Una silla vacía puede resultar deprimente cuando se ha leído tanta poesía que usa esa imagen, la de una silla vacía, cuando de abandono se trata. Si una silla vacía deprime, imagínense muchas sillas vacías. Por eso le dije que sí, que la esperaba aunque, a decir verdad, no la esperé demasiado. Hacía hora, ocupación que he perfeccionado con las horas. No quería ser el primero en llegar pero también quería contarlo, quería contar que estuve con una amiga, como excusa a mi demora. Y la verdad es que no estuve con una amiga, si se entiende, es decir, me dejó plantado, ni pude usarlo como excusa de mi demora porque cuando llegué la reunión se había cancelado porque nadie llegaba y ya era tarde. En cambio, me quedé en el bar, interrumpí la racha de días solo y ese volver otra vez a lo mismo —es decir, otra vez a estar solo— resulta, después de dos o tres horas de hablar con viejos amigos, no aquellos viejos amigos con los que había quedado, sino otros viejos amigos, amigos a los que no les he perdido el rastro, resulta siempre complicado.

El corazón envejece tanto como la cabeza, ni los amores ni los libros nos impresionan ya tanto. Mi versión barata — te escucho decir “prosaica”— de ese maravilloso primer verso de Mallarmé.

Una respuesta a “La soledad es un asunto de digresiones…”

  1. Esta es la columna resacas de Daniel Martínez Lira

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