Dios no está muerto, está en el cine y aburriéndonos

Memorias del escribidor

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La sospecha más punzante que uno tiene acerca de cuán buena o mediocre será la película que se verá en el cine, sin revisar la cartelera antes de embarcarse hacia alguna sala, y dejarlo todo a la elección del momento, invadido sólo por las ganas repentinas de una película en pantalla gigante, un día laborable a las nueve de la noche, con las únicas referencias de las breves sinopsis cercanas a las boleterías; pues esa sospecha quedará totalmente despejada al ingresar a la sala y constatar que ésta, prácticamente, se encuentra atiborrada de espectadores, dejando sólo algunos pocos asientos en primerísima fila, y unos cuantos más en los extremos del auditorio. Si una sala de cine en el Perú está por desbordar su capacidad, y el presagio es certero, olvidémonos de apreciar en la película una buena propuesta en la historia (puede ser atractiva pero sin estilo u originalidad), si eso es lo que se busca: por lo general y por atender sólo fines comerciales, esto es señal de que está por ver otra película destinada a engrosar la videoteca de la cojudogenia ambiente, como diría Marco Aurelio Denegri.

Tal vez la sinopsis de la película ya me estaba previniendo de lo que podría descubrir tras su llamativo título: Dios no está muerto[1]. Pero si su breve descripción mencionaba que la trama era sobre un joven estudiante universitario que ve desafiada su fe cristiana en sus clases de Filosofía por los argumentos que lanzaba su profesor, entonces, era una oportunidad interesante observar cómo las controversias surgidas entre la fe y la Filosofía convivían en un espacio académico, y todo expresado desde el lenguaje del cine moderno. Por cierto, no confiaba que en la balanza, los argumentos filosóficos pesasen más que las defensas de la fe; sólo esperaba una propuesta cinematográfica diferente, nutrida con una buena idea y con diálogos inteligentes sin abandonar su cotidianidad, quizá apelando a la ironía y al cuestionamiento constante.

Pero la sala, como dije, desbordaba, y ya sabemos que cuando en el Perú una de éstas se ve repleta es por las siguientes razones: Se estrena alguna película de robots transformándose en custers Orión, metropolitanos y narcoavionetas transfronterizas; se reencuentran en una fiesta por el día de la canción criolla Los Vengadores, con jarana en callejón de un solo caño; alguna sucesora de Angie Cepeda osa dejar ver más que la visitadora colombiana para brindar sus apetecibles servicios a la patria; o hay otra reunión de promoción A los setenta, con Carlos Alcántara en silla de ruedas o recién salido de un centro de desintoxicación. Confieso que mientras asumía que todos los presentes en la sala estaban muy entusiasmados por lo que esperaban ver, yo me sentí el ser más desentendido del mundo, el más desubicado en una sala de ubicados, el más perdido en una sala de encontrados, paracaidista en una fiesta de invitados. Pero ya estaba adentro, y quedé curioso por ese insólito fenómeno de concurrencia, mientras las luces empezaban a apagarse y la gente no paraba de llegar.

El joven cristiano ingresa a la Universidad y decide matricularse en la clase de Filosofía, en donde enseña un profesor con fama de ser implacable en sus postulados. Es todo un desafío para el muchacho puesto que empujado por la intriga y el interés del curso, decide llevarlo a pesar de algunas advertencias previas. Antes de empezar la clase –prorrumpía el profesor ante el bisoño auditorio– deben escribir en un trozo de papel que dios está muerto, para que desde esa premisa el curso se desarrolle sin desavenencias y eviten alguna calificación reprobatoria, decía el profesor más o menos así. El resto de la película, como se entenderá, es una sucesión de confrontaciones entre el profesor y el indignado alumno, colocando de antemano al fervoroso joven como “víctima” de la Filosofía absoluta, disculpando el oxímoron.

Resultaba patético observar cómo se tergiversada la función de un docente filósofo, mostrada muy convenientemente como oscura, incoherente y hasta fanática; provocando en la sala aplausos mecánicos y sonoros luego de cada conquista dialéctica del protagonista frente al profesor maligno, representación del lado perverso de lo académico, el antagonista perfecto de la bondad sin reflexiones y del único camino de salvación. De hecho, la película cumple su propósito que no es necesariamente, primero, entretener al auditorio y luego adoctrinarlo; sino, adoctrinarlo mientras se le entretiene con lógicas absurdas, compaginando muy bien las escenas que convierten a la Filosofía en enemiga de la devoción e írrita para la comprensión de la fe.

No es nada difícil imaginar entre los asistentes enardecidos a esta función a una Martha Chávez deleitándose con cada asalto del alumno gladiador, biblia en mano, contra el profesor ofuscado, lleno de resentimiento, diabólico e inerme ante la revelación divina. O a un Cipriani unido al júbilo de los espectadores, convencido de la masificación de su pensamiento único, favorecido por el atolondramiento motivado por este tipo de propuesta fílmica. Y así podemos seguir imaginándonos infaltables asistentes, custodios de la verdad, a esta función deleznable y atávica que, en lo particular, se llevó el registro de convertirse en la segunda película de la cual salí despavorido antes que finalizara. De la primera salí salpicado de sangre y tejido dérmico, mientras volvían estropajo al Jesús de Mel Gibson, hace algunos años.

Los diálogos sobre la religión natural es la obra inversamente proporcional a este esperpento cinematográfico (con actuaciones soporíferas y circunstancias tan sosas), por supuesto, salvando las distancias; es decir, se encarga de esa verdadera tarea filosófica de diseccionar la religión como fenómeno social, nacido en la conciencia de las personas. Eso es lo que crea Hume, un texto desde donde se examina, a través de diálogos muy fructíferos, la religión como posibilidad y pauta para concebir la vida, como fenómeno engendrado en el seno de la sociedad, sin intervencionismos sobrenaturales; y se propone la alternativa de concebirnos singulares y a la vez grandiosos, desmontando, ¡cómo no!, esas argumentaciones como las del alumno de la película, convertido en el ave fénix de la religiosidad, que hacen de dios un ser o ente ubicuo e indispensable para el progreso de la humanidad. Desde luego, los relinchos del malhadado profesor son sólo ruidos de desesperación que el director del filme nos ofrece como imagen del razonamiento crucificado por la imbatibilidad de la creencia.

Por eso es difícil, entre otras razones, erradicar de la sociedad visiones excluyentes y destempladas, por lo mismo que resulta fácil acomodarse o caer en las trampas del dogma porque sólo su fuerza gravitacional es suficiente para desentenderse de la complejidad del ser humano, diverso y contradictorio. Lo opuesto, algo exigente de esfuerzo, es tentar la opción del razonamiento por el que maduramos como seres con discernimiento y contenidos de libertad; por el que comprendemos, por ejemplo, que nuestros derechos se sustentan en la semejanza esencial que como humanos compartimos, nuestra condición de seres libres y creativos, y por lo que nadie debería ser marginado de ese mínimo de respeto y dignidad protegidos por los derechos humanos. ¿Cuántos de los que llenaron jubilosamente esa noche la sala de cine, me pregunto, abominan en sus fueron internos o públicamente del aborto o del matrimonio homosexual sólo por consideraciones religiosas? Ya lo explicaba Fernando Savater, sin contemplaciones: los derechos humanos no son sino requisitos básicos para la implantación universal del individualismo democrático. (…) sin que ese protagonismo pueda ser delegado en entidades colectivas, ni diluido en ellas, ni regateado o suprimido por ellas[2].

Y la Filosofía está allí para decirnos que todo saber es pensable, y el fenómeno social de la religión también lo es. De otro lado, y en cuanto a la película de marras, esta no es más que una ficción prescindible, como toda ficción con fines doctrinarios, pero, no lo dudo, ha sido eficaz en la exacerbación de unos ánimos que, en franco contraste a una buena salud mental, se robustecen con profecías tribales que pueden arremeter con supercherías para embargarnos el sentido de humanidad que nos reconcilia y dignifica.

Twitter: @jorgeluisod

 

 

[1] God’s Not Dead, en su título original, EE.UU., 2014.

[2] Savater, Fernando; Sin contemplaciones, Ed. Ariel, 1994, Bs. As., p.75.

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5 respuestas a “Dios no está muerto, está en el cine y aburriéndonos”

  1. Luis Gómez dice:

    Completamente de acuerdo,caí en la visión de ese filme por un lamentable error y tuve que soportar sus diálogos tendenciosos y su parcialidad desbocada,flaco favor le hace a la imagen de la iglesia un filme de tan pocos recursos intelectuales.

  2. Peter Cardenas dice:

    Ami me gustó y varias personas con las que fuimos también, por algo la sala estaba casi llena ya que es fácil de recomendar y puede ser visto por toda la familia.
    Creo que a pie de página deberías poner escrito por un ateo y listo todos te comprenderiamos

  3. Ricardo dice:

    Bueno tus comentarios son tan largos y aburridos como la película. Podrías ser mas breve, parece que quieres impresionar antes de dar tu opinion

  4. Moisés Roy dice:

    Concuerdo con el comentario de arriba, debería de decir, “escrito por un ateo”, en todo caso o es critica hacia la película o sólo para dañar la imagen de los creyentes?. A mi punto de vista fue muy buena, y de verdad te abre los ojos y no a qué seas o más o menos cristiano u otra cosa , simplemente te dice; Dios está aquí, siempre ha estado y nunca morirá, saludos desde Nuevo Laredo, Tamaulipas; México.

  5. Ruth Ch. dice:

    ¿Dañar la imagen de los creyentes?,en ningún momento me he sentido aludida, creo que el amigo que ha mencionado esto, se está equivocando de película. Lamentablemente los paradigmas con los que hemos crecido, nos sigue limitando y no nos permite ser mas objetivos en nuestras opiniones. Preferimos escondernos detrás de aquellos argumentos facilistas (me refiero a aquellos que no involucran esfuerzo alguno para pensar) y religiosos que sólo nos permiten ver las cosas como papito y mamita nos enseñó, porque sino lo hacemos así es “malo” y diosito nos castigará. En fin, pienso que ¿El porqué de nuestra fé? puede ser mejor sustentada sin necesidad de recurrir a fanatismos religiosos y por último pienso que el difundir la existencia de un ser superior puede hacerse con mejores argumentos, libres de poder ser refutados y enfrentados a diversos cuestionamientos.
    …Escrito por una católica a la fuerza, que se avergüenza de lo que es hoy en día su iglesia pero que cree y ama a este Dios que nunca lo ha visto y que a pesar de ello lo siente y necesita.

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