La democracia de la abuela

Gárgola sin pedestal Alejandro Lira Landa

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La actual democracia que padecemos, tiene tantos años de andadura que podemos calificarla de todo, menos de inmadura; sus actores continuados, si no han pasado la edad límite de la jubilación, hace rato que han superado el mínimo requerido para una jubilación anticipada. O sea que ya estamos en una democracia de la tercera edad, un sistema político de adultos mayores donde lo que se espera es la prudencia como método y la sobriedad como hábito.

Desde que comenzó la cosa esta de la democracia, donde el respetable elige a las autoridades y no el militar de turno aupado en la casa de Pizarro, se nos dijo que el sistema político era tan bueno que, ante las naturales deficiencias que encontrara en su camino, se iría autocorrigiendo casi solito a través del mecanismo electoral; que si el candidato elegido para un cargo no cumplía con las expectativas o con las promesas ofrecidas, en el próximo evento electoral, el elector lo castigaba eligiendo a otro.

Así, el pueblo soberano cada cuatro o cinco años ejercía su soberanía durante unos cinco minutos efectivos, (los que toma en identificarse, recibir la cédula electoral, dirigirse al pupitre y allí, a solas con su conciencia, marcar con un aspa el cuadradito más bonito), para salir luego con la mancha democrática goteando por un dedo, feliz sabedor del deber cumplido y que en asuntos de autoridades cualquier tiempo pasado no era mejor que el presente.

Y probablemente así lo era para la generación de nuestros padres; (digamos, los abuelos de los que ahora frisan los 20 y 30 años). Ellos habían vivido de oídas dos guerras mundiales y tenían muy presente por sus progenitores las secuelas de la guerra con Chile. El Perú era un país feudal y aunque luego las varias vertientes del comunismo se enfrascaron en discusiones bizantinas sobre si sólo era feudal o también agrario y pre-industrial, o agrario y capitalista, lo cierto es que el Perú desde el incanato, durante la colonia, la independencia y hasta nuestros días sigue siendo un país feudal.

Para los que no están familiarizados con la jerga de los diversos modos de producción socio-económicos, lo pondré más simple: el Perú es un país chacra, donde los cargos públicos bien sean producto de un proceso electoral o del escalafón administrativo del Estado, más que manuales de función y procedimientos, lo que tienen es un mapa de linderos; y claro, dentro de ‘sus linderos’ ellos son y se comportan como si estuvieran en su chacra.

El mecanismo electoral les dio a nuestros padres la ilusión de que el país podía cambiar; pero poco puede cambiar un país si la modernización solo corre por fuera. Es así que los grandes partidos políticos solo han sido versiones remozadas del caudillismo de antaño; y aquellos de sólida cobertura nacional no eran otra cosa que confederaciones de tribus regionales y locales. El auge de los movimientos independientes, que asomaron como alternativa a la partidocracia caudillista, solo ha servido para hacer campo a todo tipo de oportunistas con fondos, que lo único que han hecho es garantizar el retorno de un caciquismo renovado con gigantografías, saturación radiofónica y spots televisivos donde se muestran risueños y prometedores los aspirantes a caciques y cacicas locales.

Huelga a estas alturas analizar en esta democracia de la abuela los planes de gobierno, que no están malos en sí porque hayan sido copiados, porque en último término no está en concurso la creatividad intelectual, (además por qué no copiar algo que ha demostrado su eficiencia social en otra jurisdicción) sino porque se copia mal y lo que no se debe; porque en una democracia efectiva los planes de gobierno no los hacen los candidatos sino los propios ciudadanos, participando directamente en su elaboración, cumplimiento y corrección.

La democracia que demandan los tiempos y la tecnología del siglo XXI es una de autogobierno y participación permanente de los ciudadanos. Nada de esto ofrecen los actuales aspirantes. Digamos que estamos ante un proceso electoral carente de política, más propio de un evento eleccionario en el Colegio de Ingenieros o de Arquitectos, donde, —por la naturaleza del oficio—, lo principal es “Hacer Obra”.

Las abuelas de muy antaño aconsejaban/maldecían a las nietas diciéndoles que el peor marido era mejor que ninguno; ahora, parafraseando nos quieren embutir que la democracia electoral es mejor que ninguna. Las abuelas de antaño no tenían razón, menos la tienen ahora. La generación de los luchoscáceres, álanes y juanmanueles, aunque goce de libertad, está ya presa en el basurero de la historia.

Siete de cada diez peruanos son jóvenes menores de 30 años, en sus manos estará la papeleta electoral, pero la urna no es la única cancha donde se juega la democracia.

Una respuesta a “La democracia de la abuela”

  1. Avatar Diego Quispe dice:

    Pueda que me equivoque pero el Perú vive el periodo democrático más largo de su historia y como cualquier modelo democrático existente en cualquier país del mundo es perfectible. Ciertamente las elecciones son un mecanismo de corrección pero no el único en un sistema democrático, en la crítica se pueden aportar ideas o soluciones pero lo que no se puede hacer es limitar la eficacia de la democracia a las elecciones y plantear como solución el “autogobierno y [la] participación permanente de los ciudadanos” afirmando que es la “democracia del siglo XXI”, en mi modesto conocimiento no existe en ninguna parte del mundo (desarrollado) el autogobierno y la participación permanente de los ciudadanos, quizá el articulista quiso decir que es necesario afinar más la forma y modo en que se elige a los representantes (sea a la municipalidad, a los gobiernos regionales, al parlamento o al propio presidente) para mejorar nuestro modelo e incluso se puede afirmar que es necesario perfeccionar o establecer mecanismos de control sobre aquellos que resulten elegidos, pero proponer un modelo asambleísta no creo que sea la democracia del Siglo XXI a menos que se quiera ser populista y demagógico.

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