Enseñar y aprender a escribir

Columna de letras Jorge Monteza

presentación de libroA mediados del año pasado, Iván Montes y Orlando Mazeyra convocaron a un grupo de escritores para colaborar en un libro de autoría conjunta. Se planteó que cada quien cuente en primera persona, en un ensayo o testimonio, sus inicios en la escritura y su experiencia de aprendizaje. El resultado es Enseñar y aprender a escribir / Perspectivas autobiográficas con alcance formativo que el Fondo Editorial de la Universidad La Salle tuvo a bien publicar. Entre los autores figuran eminentes nombres como los del Dr. Eusebio Quiroz Paz Soldán, Oswaldo Reynoso, el propio Iván Montes, entre otros notables; tengo el gusto, inmerecido quizá, de ver el mío en esa lista.

El pasado 03 de octubre se realizó la primera presentación oficial en la Biblioteca MVLL del Gobierno Regional. Participamos en ella algunos de los autores. Por mi parte, en mi intervención, referí algunas ideas en torno a la labor de aprender y enseñar a escribir en mi experiencia. Se me ocurrió contar que en el colegio, a pesar de ser yo un estudiante más o menos aplicado, había tres cursos que no me gustaban: Religión, Educación Cívica (ahora Personal Social) y Lenguaje (ahora Comunicación). No tenía claro el porqué; solo con el tiempo noté que el curso de Religión consistía en algo así como aprender un manual de preceptos morales para evitar el pecado (el primer examen se aprobaba recitando de memoria los diez mandamientos). Educación Cívica era casi lo mismo salvo que no se mencionaba el pecado sino lo ilegal. Sí resultaba extraño que alguien que va estudiar Literatura con la secreta pretensión de ser escritor, no le gustara el curso de Lenguaje. La razón, también la supe después. Y es que el curso de Lenguaje, como me lo enseñaban, en el fondo se parecía mucho a los cursos de Religión y Cívica que llevaba entonces.

Es decir, era el lenguaje supeditado a una autoridad suprema: la gramática. Las palabras amenazadas por esta a portarse bien y ser obedientes. Como si la gramática fuera el superyó del lenguaje. Y como ocurre siempre con los modelos autoritarios, estos suelen estar fuera de la realidad o distorsionarla. Ahora, no es que sea yo aficionado al pecado y lo ilícito. Por el contrario, creo que cualquier discurso textual no está exento de ideología ni de lo moral. Pero precisamente por eso, su enseñanza no debe ser dictatorial (el sentido de la expresión “dictar clases” es sugerente). Analizábamos gramaticalmente sendas oraciones con rayitas y símbolos que no entendíamos bien. Oraciones que no decían nada como, por ejemplo, La mesa de María es grande; resultan poco estimulantes para escribir. Pienso que mucho más eficaz podría resultar analizar los titulares de los periódicos del día. Tampoco se trata de satanizar a la gramática; por el contrario, debe dársele su lugar. Pero para los fines de aprender a escribir, su lugar no es el principal.

En mi aprendizaje de la escritura (que no cesa) tuve más bien maestros indirectos, muertos y vivos, que supieron encender mis deseos por escribir. Un poco de ello doy cuenta en mi ensayo. Hace poco, al leer el libro sentí que mi texto, entre los otros once, había adquirido un sentido más amplio y, sin duda, más interesante. Ese sentido fue acertadamente nombrado, la noche de la presentación en palabras de Iván Montes quien dijo que el libro Aprender y enseñar a escribir era un antimanual. Concuerdo plenamente con esa idea porque después de su lectura, antes de encontrar fórmulas, el lector sobre todo quedará con interés y deseos de escribir. Al menos tal fue mi sensación.

 

Enseñar y aprender a escribir / Perspectivas autobiográficas con alcance formativo (2014) Fondo Editorial de la Universidad La Salle, 130 pp.

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