Conversación en la universidad

Memorias del escribidor

Cuando sonó su celular por tercera vez respiré aliviado, recordando que al mío se lo robaron dos semanas antes de esta entrevista y me resistía a comprarme otro porque, recientemente, sólo recibía llamadas con malas noticias o indeseables augurios. Disculpa, me están llamando para organizar un evento universitario y además de ser panelista, tengo que coordinar con los expositores. ¿En dónde nos quedamos?, preguntó sonriente. Me decías, la puse al tanto con un tuteo que me permití breves minutos después de la conversación para ser recíproco con su trato cercano, que la educación privada le hacía una desleal competencia a la estatal. ¡Ah claro!, me respondió, con sospechoso entusiasmo. Mira, me dijo, la educación estatal en las escuelas es mucho mejor que la privada. Hay estudios que indican que en los colegios del Estado hay mejores resultados en matemáticas y su gestión es más eficiente que en los colegios privados, en donde la finalidad principal es incrementar su patrimonio atrayendo más estudiantes pero con una publicidad que sólo apunta a desprestigiar a la educación estatal. ¿Y por eso un buen porcentaje de estudiantes de colegios estatales ha migrado a colegios privados?, inquirí de inmediato. Por eso. Pero sobre todo, por sonsos. Los padres de familia se han dejado embaucar por los colegios privados creyéndolos mejores que los del Estado. Me pregunté ¿quién subestima a quién?, ¿la educación privada a la estatal, o la estatal al discernimiento de los padres?

Mientras la escuchaba apoyando sus ideas en una fe incorruptible por la educación estatal me preguntaba qué habría sido del país si ese entusiasmo hubiera ido acompañado de mejores resultados que, por lo visto, no nos ubicaban en posiciones envidiables entre los demás países en los exámenes internacionales. ¡Y no tienes que hacerle caso a esos famosos rankings que, de vez en cuando, publican!, me advirtió con contundencia. Cada país es una realidad distinta, agregó. Además, son tantos los factores para medir el desempeño educativo que no los puedes resumir en unos cuantos. Pero precisamente, refuté, como son criterios diversos, estas mediciones se concentran en los más determinantes, como la empleabilidad o las publicaciones científicas, dije moviendo las manos. La empleabilidad en una ciudad como esta no se da en relación directa con el nivel de estudios universitarios, sino por la red de contactos que uno haya desarrollado, adujo; es decir, basta con saber con quienes uno se relaciona para identificar posibles fuentes de empleo. Al final, todos van a tener trabajo, eso no va faltará, expresó sin reparos. Y, en cuanto a lo de las publicaciones, es cierto, se publica poco, pero es ahí en donde el Estado tiene que dirigir sus esfuerzos para fortalecer las editoriales universitarias y alentar los proyectos científicos, añadió.

Un país que lee poco es uno en donde también se publica poco, pensé al recordar que, en promedio, y como contraste a esta agobiante realidad, cada finlandés lee entre cuarenta y cincuenta libros al año, o que en España, en medio de una economía en crisis, se editan 76.000 títulos al año. No es vital compararnos con el resto, interviene, es un ejercicio poco útil si es que queremos mejorar la calidad sin considerar nuestra realidad, sostuvo antes de toser. Pero hay experiencias afuera que podrían ayudarnos a ser más competitivos a nivel mundial, le dije algo desconcertado a la vez que le entregaba un estudio en donde se comprobó, a través de investigaciones de campo hechas en zonas deprimidas de Ghana, Kenia, India y Nigeria, que la educación privada es beneficiosa para los pobres y en muchos casos gratuita. Allí están las evidencias, espeté.

¿Por qué no intentamos hacer las cosas distintas?, le pregunté con énfasis. ¿Hacer qué, por ejemplo?, me devolvió la pregunta. No es moral, le dije, que alguien de escasos recursos con capacidad para desarrollar talentos no sólo científicos sino también sociales, tenga que ver postergada su educación en una universidad pública porque el examen de ingreso, que sólo mide conocimientos pero no talento u otras virtudes, no se lo ha permitido, y que alguien que sí puede costear sus estudios lo haga gratuitamente, apostillé. ¿Y cómo resolveríamos eso?, me dijo con recelo. Con un sistema de voucher o bono educativo que vaya directamente al estudiante y ya no a la universidad, así se reduciría la corrupción en las universidades públicas y se haría un gasto más eficiente; además, con la posibilidad de que el estudiante elija dónde estudiar, las universidades podrían hacer las cosas mejor para atraer, en virtud de sus logros académicos o prestigio, más mercado. Imposible, negó de golpe. En esos casos, hecha la ley hecha la trampa, porque las universidades sólo se preocuparían de atraer a los que tendrían cualidades para permanecer en carrera, asegurando sus ingresos, y no a los pocos dotados de capacidades, puesto que su bajo rendimiento haría que cambiaran de institución perdiendo una fuente de ingresos, y eso no sería equitativo o inclusivo, al contrario, sería discriminatorio, explicó un poco exaltada. Pero eso se evaluaría en el proceso de formación, no antes de ingresar, rebatí. No tendría sentido aplicar este sistema aquí, sentenció. Mira lo que ocurrió en Chile; una ola de protestas por mejorar la calidad educativa sin embargar a los estudiantes. Ahora las cosas serán diferentes con sus reformas, pronosticó. Lo que va a ocurrir en Chile, pensé, es lo que ocurre en sociedades cuando atrapadas por su praxis confiscatoria, en donde todos exigen recursos gratuitos del Estado sin dar absolutamente nada a cambio, sin libertad para el intercambio, detonan por su parasitismo e igualitarismo.

Sonó su celular por cuarta vez. No contestó. ¿Cuál es tu aversión concreta contra la inversión privada en la educación?, le pregunté sin rodeos. No tengo ninguna, pero el mercado en este sector es imperfecto. Observa lo que ocurre con la educación escolar privada. Un padre o una madre de familia además de aportar un pago mensual por la educación de sus hijos, paga por otros servicios que terminan beneficiando sólo a los promotores o a los dueños de las escuelas, aclaró. Dime tú, dijo mientras se acomodaba en el asiento, que has estudiado en La Salle, ¿quién ha pagado la construcción de ese enorme coliseo?, ¿no fueron los padres de familia?, preguntó. En efecto, le respondí. Allí está, exclamó con un retintín quejoso en su voz. Ese coliseo, así como las computadoras y otras cosas más se quedaron con los dueños del colegio, afirmó convencida. ¿Y si yo decidiera que mi hija estudiase en ese colegio, todo lo que se invirtió anteriormente, no redundaría a favor de ella?, dije poniendo cara de incomprensión, ¿y aún de no ser así?, ¿acaso no redundaría a favor de quien eligiese ese colegio?, pregunté y no pude evitar inferir de todo su discurso un rechazo irrazonado hacia la educación privada, no por sus errores o aprovechamientos indebidos de varios de sus promotores, que existen, sino por lo que representa como modelo o alternativa frente al estatista.

En otro momento: Si es un largo camino mejorar la calidad educativa y la competencia, ¿abrir las puertas a las universidades del extranjero, principalmente las mejor consideradas por la comunidad académica, y propiciar un entorno para que inviertan aquí con infraestructura y docencia, no impulsaría y aceleraría este proceso?, sugerí. ¿Estás hablando de sedes internacionales?, puntualizó mi inquietud. Sí, en eso estaba pensando, le respondí. Que sea posible, por ejemplo, estudiar en una sede de la Universidad de Chile aquí, en la ciudad, añadí muy animado. Pero si quieres estudiar en la Universidad de Chile, dijo, viaja a Chile, me reconvino con una risa sarcástica. Considera que para que una universidad de su vuelo venga a instalarse aquí, es porque ya lo intentó en otros lugares más apreciados, y de llegar aquí, ¿qué significaría?, que sin duda alguna, no viene con lo mejor de su repertorio, aseguró.

¿Y cuándo fue que el Estado en el Perú, hizo las cosas bien en educación?, indagué deduciendo que si actualmente la educación privada, desde su perspectiva, era un intento fallido o un modelo decadente de desarrollo, en algún momento de nuestra historia, la educación estatal funcionó mejor. Con Velasco Alvarado se hicieron las cosas mejor, recordó mientras pestañeaba muy seguido. Por un lado se descentralizó la gestión educativa, y por otro, se incrementó la inversión, expresó mirando el reloj de su celular. Dictadura y educación; tremenda combinación, le dije fingiendo escalofríos, no sólo porque intentar monopolizar o dirigir la educación desde el Estado genera, como se ha visto, mafias de sindicatos o camarillas que luchan por apoderarse de la mayor parte del dinero que deja la burocracia para conservar cuotas de poder, por más minúsculos que sean; sino, porque una reforma educativa no puede, nunca, tener como compañeras a políticas de censura y represión, pensé.

Al despedirme de la ex ministra, salí de la universidad y caminé sin rumbo bajo el sol ardiente del mediodía, abrumado por la suprema mentalidad estatista de mi interlocutora.

Suscríbete a La Portada, el boletín diario de noticias de El Búho. ¡Es gratis!

* campos requeridos

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

SUSCRÍBETE A NUESTRO NEWSLETTER

SUSCRIBIRSE