El culto del harem

Fiesta de la Significancia

 

Confieso que hasta hace unos meses no sabía quiénes eran John Banville o Karl Ove Knausgård. Siempre he creído estar informado acerca de lo que vale la pena saberse, y cada año nombres célebres que desconocía me caen como baldazos de agua fría (¡ay de ti, vanidad!).

Pero esto no sólo me pasa a mí. Hace algunos años recorrí las pocas librerías serias de la ciudad en busca de algún libro de William Gass. Nadie tenía la menor idea de quién era. Recuerdo especialmente al encargado de uno de esos establecimientos. Al inicio me miró extrañado, luego, con tono paternal, el librero me dijo: “Tal vez te refieres a Günter Grass”, y en seguida lanzó un monólogo acerca del argumento y la importancia de El tambor de hojalata. Intenté interrumpirlo para explicarle que William Gass era un novelista norteamericano, pero el hombre no paraba de hablar. Esperé a que terminara, le agradecí la información y me marché.

Mario Vargas Llosa no hubiera cometido ese error. Él es un gran conocedor en esta materia. Lástima que no podamos gozar de este aspecto de su sapiencia, pues tengo entendido que los miles de libros que donó a la Biblioteca que lleva su nombre sólo serán accesibles a los “investigadores debidamente acreditados”. ¿Cómo es eso? Si quien tomó esa decisión supone que los arequipeños somos unos destroyers o rateros incorregibles, bueno pues, que se coloquen mas cámaras de vigilancia, que se contraten más guachimanes o, en última instancia, que se fotocopien o escaneen los libros. Al Gobierno regional no le será difícil adoptar estas medidas ya que dispone de los recursos necesarios para ello y para otras muchas, y no tan santas, cosas más.

Y no digo esto para mi beneficio. No suelo ir a bibliotecas públicas. Felizmente heredé la biblioteca de mi abuelo, y yo mismo colecciono libros desde hace mucho. Como todos los coleccionistas también padecí aquello que el psicoanalista Wilhelm Stekel llamó “el culto del harem del fetichista”. En cristiano: todo hombre sueña con ser un Sultán y poseer un harem. La mayoría no puede realizar ese sueño y, en compensación, algunos juntan fetiches. Pinturas, estampillas, monedas, discos, libros, etc. Para el coleccionista todos estos objetos simbolizan mujeres, y su reunión corresponde a un simbólico harem. Y al igual que el Sultán, el auténtico coleccionista no permite que nadie aparte de él contemple y se deleite con su colección… Siempre estoy en guardia ante las interpretaciones psicoanalíticas, pues en la disciplina (o seudociencia) fundada por Freud la charlatanería se mezcla con intuiciones valiosas, y es difícil separarlas. Pero la descripción que Stekel hace de la psicología del coleccionista me parece razonable, aunque acepto que a otros les pueda parecer inadmisible. Lo cierto es que antes de tomar consciencia de lo irracional que era mi apego a los libros, me era doloso alejarme de ellos. Ya superé eso (pese a todo, todavía me invade cierta ansiedad al prestarlos).

Dicho sea de paso, las obras de Stekel son altamente recomendables, no sólo por sus perspicaces observaciones psicológicas, sino porque la abundante casuística que presenta puede digerirse de varias maneras: aparte del cuestionable valor científico, posee también un indiscutible valor literario, porque los casos se leen como apasionantes y escabrosos cuentos policiales. Stekel —tal como hace un detective que sigue las pistas dejadas en la escena del crimen hasta llegar al asesino— analiza los perturbadores síntomas de su paciente hasta descubrir el trauma que los ocasiona. Leerlo es muy interesante, pero por desgracia eso no significa que diga verdades.

Junto a Jung y Adler, Stekel fue uno de los principales disidentes del freudismo. En una larga entrevista Wilhelm Reich —otro discípulo de Freud, que además fue el primero que intentó fusionar el psicoanálisis con el marxismo— se ocupa de él: lo llama “charlatán” porque “siempre tiene una respuesta para todo”. Realmente es curioso que el descubridor de la energía orgónica llame charlatán a alguien… Según Reich, Freud consideraba a Stekel un malagradecido y un desubicado. “¡Él me perdona todo lo que me ha hecho a mí!”, así se quejaba el fundador del psicoanálisis.

He leído varios libros de Stekel. Efectivamente, a ratos dice cosas bastante absurdas (como que puede curar la epilepsia mediante la psicoterapia), pero en esto está a la par con todos sus colegas psicoanalistas —y no hablo sólo de los ilustres fallecidos, sino también de los menos ilustres que están vivitos y coleando; esos que a cada rato salen en televisión—: a veces dicen tonterías, a veces cosas razonables. El asunto, creo, es leer sus libros con las mismas expectativas con las que se lee una novela. A fin de cuentas no hacen una psicología científica, y en ese sentido sus afirmaciones no deben juzgarse en relación a la verdad, pues están más allá de este valor. Al igual que las reflexiones de Kafka o Henry Miller, las de Stekel (y las de todo psicoanalista) no necesitan ser contrastadas con la realidad pues, al margen de sus pretensiones, son pura literatura, y como tal se las debe valorar.

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