Orgullo de fe y castidad

Confesiones de invierno

Siempre he desconfiado de los curas, siempre me han caído mal los cardenales, los sacerdotes, hasta los monaguillos me parecen seres detestables. El mundo estaría mejor sin tantos hombres ensotanados alardeando su fe y su castidad.

Hace varios años, cuando aún era escolar y me preparaba para la confirmación, uno de los catequistas que nos daban charlas sobre Dios y el pecado sedujo a la niña que me gustaba; a aquella a la que yo, por tímido, ni siquiera podía hablarle.

El hombre era un creyente fervoroso y aspiraba convertirse, algún día, en sacerdote; parece que ese no fue impedimento para tener un romance con mi compañera de clases.

Él la enamoro con su experiencia de hombre mayor, con su cara, falsa y boba, de mozalbete conflictuado que persigue los designios del Señor. José Luis se llamaba y me enseñó que hay que desconfiar de aquellos que se vanaglorian demasiado de ser “hombres de Dios”.

He considerado siempre (porque así la experiencia me lo ha demostrado) que las personas más bondadosas son aquellas que enfrentan su fe con humildad. Aquellas que entienden su lazo con Dios como algo íntimo, cálido, conmovedor. Quienes rezan en silencio, amando a su Dios y mediante Él, amando al mundo entero sin juzgar, sin odiar a nadie, sin decirle a otros lo que deben hacer; limitándose a ejercer su libertad de creer que, en su caso, es una extensión de su capacidad de amar.

Cuánta diferencia con los pastorcillos enfebrecidos que van por la vida soltando discursos elocuentes y furibundos. Hombres prepotentes que deliran con infiernos de círculos infinitos y condenan a sus llamas a todo aquel que no piense como ellos.

Para ese tipo de personas la fe es una extensión del odio. Fundamentalistas religiosos que complotan con el poder o ejercen presión sobre este, coaccionando nuestra libertad en nombre de un Dios que – si existe – seguramente preferiría lo crucifiquen un millón de veces más antes de que lo sigan relacionando con toda esa tira de bárbaros y mafiosos que viven en el Vaticano.

Personas como Cipriani y su mini-me Javier Del Río Alba, arzobispo de Arequipa, no pueden hacer más que inspirarme desconfianza e indignación cada vez que salen a defender lo indefendible y a atacar, rabieta de por medio, a quienes tratan de hacer respetar sus derechos. Sí, sus derechos, eso que para personas como ellos no son nada más que cojudeces porque entienden que la libertad de las personas está por encima de su dogma y sus prejuicios.

Desconfío de quienes se autoproclaman religiosos o pastores de Dios porque vivo una vida agnóstica y llena de placeres pecaminosos que me hacen feliz. Porque ceñirme al dogma eclesiástico no haría nada más que llenarme de culpas y remordimientos, condenándome a la infelicidad y al odio.

Si confiara en los sacerdotes y creyera todo lo que me dicen terminaría odiando, por ejemplo, a los homosexuales o las mujeres que abortan y pensaría que merecen sufrir eternamente en el infierno.Personas que aman de un modo diferente o tomandecisiones sobre su cuerpo, son capaces de generarle urticaria a la mayoría de los sacerdotes.
Gracias a Dios, Perú – y el mundo en general – está cada día más desencantado de la religión. Cada vez hay más personas que luchan en nombre de la libertad y la tolerancia; buscando únicamente ser felices a su manera,sin tener que brindarle cuentas a nadie; mucho menos al sacerdote de turno o al pastor a cargo. Por mi parte les digo que, fuera del rebaño, se vive mucho mejor.

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Una respuesta a “Orgullo de fe y castidad”

  1. Anónimo dice:

    Interesante columna, uno puede llegar a estar de acuerdo con distintos puntos presentados por el firmante, sin embargo creo que algunos adjetivos bien pudiesen haberse evitado, no es necesario llegar al insulto para exponer una crítica, algo en lo que el columnista tropieza.

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