Es algo peculiar…

Confesiones de invierno

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La muerte de un ser querido – tal y como lo describe Violet Baudelaire en “una serie de eventos desafortunados” – es algo peculiar… Es como subir las escaleras a oscuras – continúa Violet – y creer que hay un peldaño más de los que hay, tu pie cae al vacío, en el aire y hay un desagradable momento de impactante sorpresa.

Aquella es, sin lugar a dudas una de las descripciones más exactas de lo que sentí el día que murió mi padre. Ese día, curiosamente, no lloré; por lo menos eso es lo que me cuenta mi abuela. Ella fue quien tuvo que darme la noticia, no imagino lo difícil que debió ser decirme esas palabras. Yo tenía 12 años en aquél entonces y desde aquí les digo que de aquella tragedia nadie quiere enterarse. Fue la peor sorpresa que me han dado jamás.

Recuerdo que había tenido un buen día en el colegio: La chica que me gustaba me había saludado por primera vez en la vida luego de haberme pasado la primaria entera intentando llamar su atención. No importó que en medio de mi timidez, la única respuesta que pudiera darle fuera un montón de incoherencias mal tartamudeadas; ella me había hablado y con eso era más que suficiente para ser feliz por un tiempo. Sé que suena a poco, pero a esa edad tan corta la vida es una cosa muy exagerada, y tanto las penas como las alegrías suelen multiplicarse hasta el infinito.

Casi terminando el recreo, un profesor me avisó que mi abuela me había ido a recoger más temprano del colegio. Yo daba brincos de alegría y enamoramiento, por esa niña y porque saldría temprano de clases, cuando mi abuela, con la voz más dulce que haya escuchado en mi vida, me dio la peor noticia que me hayan dado jamás.

Camino a Puno… una curva… muerte… Terror puro y punzante repleto de palabras que no quería entender, no quería que lo que me estaban diciendo sea verdad, no era, no puede, no es verdad.

Lo que pasó después de eso, por mucho tiempo, no pude recordarlo con claridad. Hasta hace realmente poco mis recuerdos de aquel día eran una cosa borrosa, escurridiza, como un sueño del que cuesta trabajo acordarse o las memorias rotas por una violenta borrachera.

Fue justamente en eso en lo que mi vida se convirtió después de aquel día: en una violenta borrachera difícil de recordar, en una huida que nunca acaba, en un descalabro constante. Quería aturdirme, vivir, vivir muchas cosas y muy rápido hasta que, a punta de vértigo, me transformara en otra persona, una que lo haya olvidado todo. Y sí lo conseguí, me transforme en otro, pero mi padre seguía haciéndome la misma falta que antes.

En esa época hice muchas cosas que él habría reprobado, aunque no me arrepiento de ninguna. Antes me sentía culpable, pero vivir tratando de complacer a tu padre muerto es una forma muy atormentante de vivir. Ahora que ya no me preocupo por esas cosas, me es más fácil quererlo y es más fácil, también, dejarme querer por él.

No sé por qué siempre que se acerca la Navidad empiezo a recordar cosas como esta.

Con el tiempo, los fragmentos de memoria del día de su muerte se han acomodado hasta formar una imagen (más o menos) clara de lo que, según yo, pasó aquella mañana luego de que mi abuela me diera esa mala noticia. Digo según yo porque mi abuela me cuenta que en realidad ocurrió lo opuesto a lo que yo recuerdo.

En mi memoria, ni bien me comunicaron la desgracia me dejé caer en un llanto, compulsivo y apremiante, que duró varios años y que incluso el día de hoy regresa, de vez en cuando, intacto, igual de doloroso y desesperante, para asfixiarme como en aquel entonces. Pero tal y como dije al inicio de este texto, lo que me han contado es que no llore, en realidad, la noticia ni siquiera pareció inmutarme o por lo menos eso es lo que dicen.

Yo no sé si lloré tal y como lo recuerdo o me mantuve impasible, inalterable, tal y como mi abuela lo narra; tampoco me importa demasiado, la verdad. “La vida no es lo que uno vivió, sino lo que uno recuerda, y cómo lo recuerda para contarlo” dice el citadisímo Gabriel García Márquez. Y yo, ahora, recuerdo esto para contárselo a ustedes con la esperanza de que, en el proceso, esa vida o esos recuerdos logren cambiar su textura, desdibujándose hasta convertirse en algo distinto, en algo que no me haga llorar como un niño perdido que busca a su papá.

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