Por Dios y por la plata

Fiesta de la Significancia

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Observo con curiosidad la airada reacción de la sociedad española respecto a una seguidilla de casos de corrupción. Entre los involucrados hay expresidentes de comunidades autónomas, alcaldes, importantes funcionarios del Estado y miembros de la familia real. El desprestigio del partido de gobierno (el derechista Partido Popular) y del principal partido de oposición (el Partido Socialista Español) es tan grande que un nuevo partido de extrema izquierda vinculado al chavismo, PODEMOS, se perfila como un serio competidor en las próximas elecciones. Es el fin del semi-bipartidismo que rige en España desde hace tres décadas.

PODEMOS (¿hacerlo peor?) representa una alternativa para los que han adoptado una actitud catastrofista respecto al futuro de España. Se ve que los casos de corrupción han rebalsado el vaso. Muchas personas ya tiraron la toalla y están dispuestas a tomar cualquier riesgo con tal de cambiar el sistema; ello pese a que la madre de todos los males, la crisis económica del 2008, ya da sus últimos estertores.

En situaciones desesperadas no es de extrañar que la gente opte por el populismo y la demagogia. Lo raro es que la situación de España está muy lejos de ser desesperada. Sin embargo, es comprensible que los años de vacas flacas hayan hipersensibilizado a un pueblo acostumbrado al estándar de vida del primer mundo, en donde el Estado de bienestar convierte a todos en rentistas. También es cierto que este exceso de paternalismo fue uno de los detonantes de la crisis, pues los recursos financieros del Estado no fueron suficientes para tan elevado gasto social —lo debatible es si tales subsidios son un derecho fundamental de todo ser humano, o si sólo sirven para fomentar el parasitismo social y el clientelismo político.

Situación desesperada era la del Perú a finales de los ochenta. Y ya que hablamos del Perú, lo que nos diferencia de España es que allí los casos de corrupción son descubiertos por los organismos estatales que tienen esa función. En el Perú, en cambio, generalmente tales casos los destapa el periodismo —indicativo de que el Estado peruano no controla ni investiga, o sea que no funciona— y, peor todavía, a veces desde el propio Estado se intenta entorpecer las indagaciones, ralentizar el juzgamiento o encubrir abiertamente a los corruptos. Y qué decir cuando la contraloría o la fiscalía se utilizan sobre todo para hostigar a los enemigos del partido de gobierno…

Seamos sinceros: aunque hay excepciones, en el Perú las personas que intentan acceder a un cargo público no quieren servir al país, sino que desean enriquecerse. Saben que o no hay control, o los fiscalizadores son corruptibles. No tienen pierde. Y si la justicia llega, usualmente lo hace tan tarde y tan lentamente que ya no los alcanza. Pues bien, si los españoles vivieran en un país como el nuestro, hace rato habría estallado una revolución. Felizmente no somos españoles. Y digo “felizmente” porque ya sabemos cuál sería el recambio: el fascischavismo o el comunismo ecologista. Esos remedios me suenan peor que la enfermedad.

De otra parte, estas últimas elecciones hubo personas que promovían el voto viciado pues, según ellas, ningún candidato nos representaba y debía renovarse de raíz la corrupta clase política. Por si no se han dado cuenta, con cada elección la “clase política” se renueva (por ejemplo, sólo se reelige a un 15% de los congresistas), y aun así cada hornada es peor que la anterior. Sucede que los políticos peruanos son corruptibles por naturaleza…, como todo ser humano. Lo que los diferencia de los políticos suecos es simplemente que estos saben que son vigilados y le temen a una justicia eficaz. Sin control y con la fundada esperanza de impunidad es difícil que alguien no ceda a la tentación de aprovecharse de su cargo. Únicamente personas con sólidas convicciones morales o éticas podrían contenerse ante un panorama tan propicio para el abuso de poder, y por desgracia ese tipo de gente no abunda. En ese sentido, todos somos vladimiros montesinos en potencia; de ahí la necesidad de implementar controles rigurosos para los que desempeñan algún cargo público y de impedir que alguien llegue a ejercer un poder de facto al margen de toda fiscalización —esta misma desconfianza sistemática es el origen del sano principio de separación y autonomía de los poderes del Estado, que es la base del sistema democrático—. Sólo así pueden mitigarse (pues eliminarlos es imposible) los actos de corrupción; en especial los protagonizados por implacables moralizadores que luego terminan fundando Ecoteva o negociando con Martín Belaunde Lossio… ¡qué tal cinismo!

No faltará alguno que diga: “Claro, es que el lobo cree que todos son de su condición.” Je je je… Bueno… Lo más probable es que esa réplica salga de la boca del comerciante que no entrega factura, del burócrata que coimea para realizar un trámite superfluo, del policía que pide para su gaseosa o del cobrador de combi que hace pasar un sol falso. Quien no puede lo menos, tampoco podrá lo más; y si ya es deshonesto en esas nimiedades, ¡imaginen lo que hará en situaciones más ventajosas! En rigor, sólo el que rechazó un soborno de miles de dólares, con buenas posibilidades de pasar piola, tendría el derecho a señalar a otros con el dedo acusador.

 

Una respuesta a “Por Dios y por la plata”

  1. Roger dice:

    Bien escrito, Miguel.

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