Blasfemia o muerte

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Aproximadamente hay 1600 millones de individuos que practican la religión musulmana, 20 millones de los cuales viven en la Unión Europea. Se calcula que unos 5 millones residen en Francia. Alrededor de 1200 son considerados islamistas radicales, y precisamente 3 de ellos sembraron el terror en París durante 3 días. En relación a esto, expertos y aficionados nos agobian con una avalancha de explicaciones: guerra de religiones, choque de civilizaciones, guerra civil en el Islam, los excesos del multiculturalismo, el problema de la inmigración, la islamización de Europa, la inestabilidad política de Oriente Medio, la marginalidad, etc. Cierto es que un cliché no se torna en verdad a fuerza de ser repetido, pero tampoco lo convierte en mentira el estar en boca de todos. Por mi parte, ya me formé una opinión sobre el tema y quisiera compartirla.

De todos los lugares comunes, uno llamó mi atención: “la pobreza y la exclusión son el caldo de cultivo del terrorismo”. Pues bien, de ahí a decir que “los pobres son terroristas en potencia” o que “cualquier medio se justifica si se emplea para terminar con la pobreza” hay sólo un paso. En realidad, así como la verdadera causa del terrorismo en el Perú fue el marxismo —“la ideología de la envidia y del odio” según Russell—, de igual modo el causante de los atentados en Francia es el salafismo yihadista. Esta ideología —nacida de la unión entre una interpretación purista de los textos sagrados (el Corán y la Sunna) y la aprobación de la violencia para predicar o defender la fe— es una respuesta a la progresiva modernización del Islam ocasionada por la expansión de los valores de Occidente.

Aquí vivimos el mismo fenómeno, sólo que en lugar de invocar a Alá nuestros terroristas apelan a Marx. Tanto el yihadismo como el senderismo son dos caras de la misma moneda. El objetivo último de estos románticos idealistas es tomar el poder y transformar los Estados democráticos en dictaduras totalitarias. Para ello necesitan desarticular la sociedad haciendo imposible la convivencia pacífica de sus integrantes. Saben que provocando el miedo generalizado se consigue la radicalización y la polarización, puesto que al desaparecer las posiciones intermedias moderadas inevitablemente se ensanchan los extremos del espectro político. El resultado final son dos irreconciliables polos enfrentados.

Eso en cuanto al terrorismo; pero aún me queda algo por decir acerca de Charlie Hebdo. En las sociedades occidentales el conflicto entre los cuerpos normativos seculares y los sagrados ya había sido superado. Cuando se comprendió el alcance de la célebre frase de Jesús —“Dad a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios”— se logró un consenso respecto a que la Biblia y la Constitución debían discurrir por cuerdas separadas, y que en un Estado de Derecho el pecado no es necesariamente delito. Sin embargo, en los últimos 40 años la masiva inmigración procedente de países musulmanes ha deshomogeneizado a varios países europeos. Como consecuencia de la introducción de este elemento extraño, el debate sobre la laicidad del Estado ha resucitado. Me explico: al inmigrante peruano le toma poco tiempo adaptarse a las costumbres de los parisinos porque, en esencia, pertenecen a la misma civilización y comparten una visión del mundo. Solamente les distancian ciertos hábitos y el idioma. Por el contrario, a un inmigrante sirio le resulta más complicado integrarse a las sociedades europeas, pues procede del Islam (una civilización muy distinta a la occidental). Para algunos musulmanes la mera existencia de un Estado laico es ya una aberración, y no es que deseen un Estado con una religión oficial, sino que para ellos lo normal es que el Estado esté fusionado a la institución religiosa y que los preceptos sagrados tengan carácter vinculante. Es así que a los enemigos tradicionales de la modernidad —el fascismo y el comunismo (los abortos de la Ilustración)— se ha sumado otro más peligroso todavía, ya que niega de plano los valores de Occidente: el racionalismo, la libertad, la laicidad, la igualdad y el sistema democrático. No está de más recordar que tanto los fascistas como los comunistas ofrecen cumplir esos valores, mas no a la manera burguesa. Por desgracia su puesta en práctica de “la verdadera libertad” o “la verdadera democracia” solamente engendra esclavitud y tiranía. Aunque la intención es distinta, en los tres casos el resultado es idéntico: el totalitarismo.

Pero estar en contra de los enemigos de la modernidad no significa avalar un remedo de la modernidad. Wittgenstein decía que el mundo del malo es malo, y Stekel agregaba que un espíritu enfermo produce una literatura que enferma el espíritu. Ambas ideas se complementan. No comparto el ateísmo militante de los redactores de Charlie Hebdo, y no pienso que alguien por el sólo hecho de creer en Dios automáticamente se haga digno de todo tipo de burlas. Ciertamente la libertad de expresión es un valor superior al respeto que merecen las creencias ajenas, y sin duda los yihadistas que cometieron la masacre eran feroces asesinos. No obstante, eso no excluye que los malogrados caricaturistas representaran lo más trasnochado del anticlericalismo volteriano. Y es que la intolerancia religiosa es tan retrógrada como la intolerancia hacia las religiones.

Cuán acertado estuvo Borges al decir en una milonga que “no hay cosa como la muerte para mejorar a la gente”. Según parece Charlie Hebdo, con todas sus ofensas gratuitas y silencios convenidos —entre sus caricaturas, ¿vieron alguna relacionada con los dirigentes comunistas y sus crímenes?—, se ha convertido en el símbolo de la libertad de expresión… No se lo tomen a mal, pero je ne suis pas Charlie Hebdo.

 

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