Charcos sobre el pavimento

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Está empezando a anochecer, en mis manos media botella de vino y un vaso de plástico. A pocos metros de nosotros, en el centro del parque, dos cachorros juegan, se olfatean entre sí, se nos acercan y gruñen un poco. Me pongo nervioso, les tengo miedo a sus dientes; mis amigos se burlan de mi temor pero tú me dices que me tranquilice y me pides, sonriente, que te invite un cigarrillo.

Estoy feliz de que el grupo se haya reunido después de tanto, reunión de promo y es como estar en el colegio de nuevo, como cuando nos perdíamos, siempre, en algún parque para tomar un trago después de clases.

Recién ahora puedo entender las cosas que los mayores me decían sobre la nostalgia y los recuerdos. Por lo visto recién ahora estoy en edad para tener recuerdos. Supongo que así es como uno empieza a hacerse viejo; cuando la vida se llena de recuerdos, cuando los recuerdos a atender son más importantes que la vida.

Estas sentada junto a mí, te escucho hablar, apoyas tu cabeza sobre mi hombro, me abrazas, me abrazas un poco y yo ya no puedo decir palabra, tampoco me atrevo a mirarte, temo que mis ojos delaten lo nervioso que estoy, lo enamorado que sigo de ti… Maldita sea. Realmente es como si siguiéramos en secundaria.

Tú tendrías que haber sido mi primer beso, mi primera chica, tú tendrías que haber sido tantas cosas para mí… Al final te convertiste, únicamente, en aquello que no fue, en aquello que no va a suceder.

Si tan solo me hubieras querido de otra forma, si hubieras escogido un amor diferente para mí. Pero tú eras la muchachita traviesa, la de la risa fácil y las piernas divertidas, la de los ojos grandes y bonitos, la de mala reputación.

Admitámoslo, contigo nunca tuve una posibilidad.

Yo no era más que el amigo regordete con quien podías llorar en paz, aquel chico simpaticón que te arrancaba sonrisas cuando más las necesitabas, el amigo buena onda que siempre estaba dispuesto a hacerte algún favor. Nunca pude ser nada más que eso para ti.

Es quizá por ello que ahora sacas tu cabeza de mi hombro para acomodarte en los brazos de otro de nuestros antiguos compañeros de clase, uno que alguna vez fue algo así como tu enamorado. Paradójicamente él es, hoy, uno de mis mejores amigos. Al verlos juntos no puedo evitar odiarlos un poco, tampoco puedo evitar sentirme culpable por ello.

La noche empieza a convirtiese en madrugada cuando llega el serenazgo a pedirnos que por favor nos retiremos, jovencitos, que estamos haciendo mucha bulla y los vecinos se han quejado de nuestras risas, de nuestro alboroto.

Caminamos en busca de otro parque y un poco más de trago. Las luces de la ciudad se distorsionan a nuestro alrededor y las casas empiezan a perder su forma. Mis pies se niegan a seguir andando en línea recta sin que yo oponga resistencia a las diagonales. Me dejo llevar por la borrachera y la irracionalidad, por esta dulce inconciencia adolescente que creía perdida.

Al cruzar la calle, cargándome de la risa, decido echarme sobre el pavimento solo para ver si esa camioneta que está a media cuadra me esquiva o me pasa por encima pero tú, tan sonriente como preocupada, me levantas de un jalón, me dices que estoy loco y me regañas por lo que acabo de hacer. Te respondo con la letra de una canción de Calamaro y sigo cantando hasta que llegamos a otro parque y alguien saca un porro para compartir. El humo nos relaja y entre todos conversamos divagantes, inconexos, riéndonos como idiotas, sin ningún motivo en específico.

Sigues abrazada a él y te ves tan feliz que debería alegrarme por ti pero empieza a garuar y no puedo.

La lluvia marca el fin del rencuentro, todos se marchan y yo me quedo parado en una esquina fumando un cigarrillo, mirando el taxi color plata en el que te alejas junto con él, sin desprenderte de sus brazos. En el asiento trasero, sus siluetas se unen en un beso mientras la llovizna empieza formar charcos sobre el pavimento.

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