Me muero

Confesiones de invierno

literatura
Ha llegado el punto de mi vida en que ya nadie me pregunta: ¿Por qué escribes? Antes, cuando empecé a escribir, lo hacían bastante seguido, pero yo nunca sabía que responder.

Ahora que nadie me lo pregunta, que todos mis conocidos han dado por sentado que escribir es una parte de mí, yo sigo haciéndome esa misma pregunta tonta de vez en cuando y sigo sin saber por qué escribo; el presente es inabarcable y uno nunca termina de entenderlo, por lo que presiento que nunca lo sabré.

Sin embargo, la perspectiva, el paso del tiempo me ha ayudado a comprender, por qué o para qué he escrito algunas de las cosas que escribí hace tiempo.

He escrito, por ejemplo, para no aburrirme, para sentirme útil porque no sé cantar ni bailar, porque no soy guapo ni divertido, porque no tengo ningún chiste. He escrito para poder estar solo pero también para poder – a mi manera – estar más cerca de aquellos a quienes quiero. Y he escrito, como dice el buen Gabo, para que me quieran. Siempre, siempre he escrito para que alguien me quiera, pero también para que, por favor, todos me odien, porque, desde luego, yo también los odio a todos.

He escrito para encontrar la verdad, aunque haya escrito siempre un montón de mentiras. He escrito sobre amores frustrados y batallas perdidas, he escrito sobre el odio y sobre el dolor y también, alguna vez, sobre la felicidad.

He escrito -¡que ingenuidad! – para intentar cambiar el mundo y para asegurarme que el mundo no me cambie. He escrito para reparar todas mis contradicciones aunque nunca me haya funcionado.

He escrito para olvidar y también, algunas veces, para recordar; pero sobre todo he escrito para escapar, para naufragar, para perderme y para luego, con algo de suerte, poder reencontrarme más limpio, más curtido y menos gordo que la última vez; porque escribir, aunque ustedes no lo crean, baja de peso.

He escrito para existir y para que existas; para que – aunque sea por una sola vez – existamos juntos en un improbable (¿imposible?) nosotros.

He escrito para trabajar y también para renunciar. He escrito sobre putas y borrachos, sobre cogoteros y montones de fierros retorcidos en nocturnas avenidas. He escrito por que yo alguna vez también he sido tan idiota como para reducir una tragedia a una “gran primicia.” Aunque aquella vez, debo admitirlo, casi dejo de escribir.

He escrito, claro está, porque estoy demasiado aburrido de mí mismo, porque no me soporto, porque nadie me soporta y porque yo no soporto a nadie más. He escrito para hacerme el interesante y para sentirme importante.

He escrito porque siento celos del que triunfa, del guapo del barrio, del galán de la pista de baile, del bacancito de la clase. Aunque los mire con desdén y no me atreva a confesarlo, en el fondo quisiera ser como ellos, poder estar en su lugar y no escribiendo estas cosas que no me sirven para nada porque nada significan.

He escrito para que me perdones, porque te extraño.

He escrito para combatir la página en blanco; por más que me pase la vida tecleándole encima, da igual, siempre es lo mismo, siempre está en blanco, burlándose de mí, siempre en blanco. He escrito para tratar de encontrarle el sentido a mis palabras.

He escrito para poder tener con quién hablar, para hablar, aunque sea conmigo mismo. He escrito porque son demasiados los amigos que he perdido, los amores que se me han escapado, las veces que he fracasado, porque sé de sobra como caer pero nunca aprendí a levantarme.

He escrito porque me siento demasiado viejo pero soy demasiado joven.

He escrito para entretenerlos y para conmoverlos. Para que ustedes también lloren como quinceañeras o rían como niños, de la misma forma en que yo rio y lloro cuando escribo estas cosas. He escrito porque, como dice Vargas Llosa, la realidad siempre está mal hecha. He escrito para recordarme que aún no he terminado de volverme loco.

He escrito, sobre todo, para que voltees a mirarme; para que tú leas estas cosas que público en los periódicos y te acuerdes de mí de vez en cuando. No importa que yo nunca me entere.

He escrito y escribo porque no pierdo la esperanza de que me leas, aunque lo hagas en secreto, aunque nunca lo confieses, aunque me niegues tres veces y más antes de que cante el gallo yo te seguiré escribiendo, a ti, a mí, a todos nosotros. Porque no tengo más opciones, porque escribir es lo que mejor sé hacer, lo único que se hacer bien y lo único que, estoy seguro, nunca dejaré de hacer, porque si no escribo me muero.

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