Sueño, alegría y tragedia

Columna de humo Jimmy Marroquín

alegría

Escribo impulsado por la proximidad de tres acontecimientos que se han sucedido en estas horas, y que conjugan, acaso azarosamente, la esperanza, la alegría y la tragedia. Empiezo por lo trágico: la muerte de Luzgardo Medina, poeta caudaloso, totalmente súbita y que ocurrió en pleno uso de sus facultades creativas. No me sumo al coro de aquellos que ponderan sus cualidades personales -porque sería insincero- por la sencilla razón de que no fui amigo suyo. Su familia y los que estuvieron cerca de él se ocuparán, desgarrada e intensamente, de ello. Es terrible, sí, que este hecho, inasible y frente al cual no caben las palabras, ocurra así, de manera tan imprevisible y con una persona que no tenía más de 55 años. Y si algún homenaje cabe, por mi parte, será la lectura de sus poemas. Y recordar que la muerte está allí siempre, latente, para delatar, aunque nos atemorice, nuestra condición perentoria.
La esperanza se debe al triunfo de Syriza en las elecciones presidenciales griegas. Aunque parezca una realidad distante y poco homologable con la nuestra, que un partido de izquierda (sin trampas semánticas, sin derivas socialdemócratas o socialistas a la europea: así, redondamente de izquierda) acceda al poder democráticamente, y enarbole un programa de gobierno en el que se alía la dignidad y la esperanza, acaso con más onirismo que pragmatismo atosigante, invita también a soñar con que surja y se consolide una alternativa política que, de manera raigal y auténtica, represente el cambio de este panorama gris y monocorde que es el de la política peruana. Los candidatos no ofrecen, esencialmente, nada que los diferencie al uno del otro. Todos, a su modo, son guardias pretorianos del sistema, uncido sacramentalmente por tecnócratas que hacen gala, muchas veces, de un condigno fanatismo y ortodoxia. Dije panorama gris y monocorde, pero sospecho que he sido leve. En realidad, es de espanto. ¿Ah, y quién dijo que la izquierda estaba muerta, ah?
Y la alegría es por la derogatoria de la llamada Ley Pulpín. Este acto es, sin duda, un triunfo, en toda su magnitud social y política, de los jóvenes, y de todos aquellos que estaban en contra de esa norma tan controvertida. Ver multitudes de jóvenes protestar, con indignación, contra una ley que consideraban atentatoria de sus derechos, más allá de los desbordes y la violencia a veces incontenible, y triunfar por la fuerza e ímpetu moral de sus demandas, invita también a soñar que sí, que después de todo es factible la esperanza, y que este país también puede ser distinto al que se dibujaba con la inercia de la conformidad y el cinismo. Y si, en este caso, algo se debe al gobierno, es haber congregado, gracias a su empecinamiento incomprensible y temerario en mantener la ley, a miles de jóvenes en una causa común, que puede ser el germen de una nueva etapa de cambios en el país. Como en el París del 68, parece que es el tiempo (y si no, al menos que se permita soñarlo) de que la imaginación llegue al poder.

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