Libertad de expresión, ¿pero no tanta? (I Parte)

Memorias del escribidor Avatar

libertad-de-expresión

Réplica a Charlie Caballero

 “Si la libertad de expresión en Occidente es tan importante es porque no representa, en absoluto, una amenaza para el poder. Si en esa democracia todos pueden decir lo que quieran, es porque lo que dicen no representa nada trascendente”[1] dice Charlie Caballero en su artículo sobre la discusión generada alrededor de la libertad de expresión en razón a lo ocurrido en París con el asesinato de doce personas, dos de ellas policías, en el ataque terrorista a la sede de la revista satírica Charlie Hebdo, perpetrado a inicios de este año. Es una frase poco seria, porque lo dicho no corresponde al valor que dicha libertad le ha otorgado a las democracias para defenderse de los autoritarismos de que son capaces los gobiernos cuando los límites de su poder se desbordan, dando señales inequívocas de represión.

En su opinión, si la libertad de expresión no es interpelada, es porque quizá es funcional al poder. Es decir, y desde una lógica inversa, cuando la libertad de expresión es puesta contra las cuerdas por sus “excesos” gracias a la acción oportuna de los burócratas, significa entonces que ésta no respondería a intereses subalternos ni actuaría en complicidad con el poder, porque, precisamente, su beligerancia no tendría por qué serle útil. Caballero, con esta premisa, sólo es capaz de concebir y hacer patente la libertad de expresión cuando está bajo el dominio de alguna dictadura que pusiera a prueba su razón de ser. No la imagina igual de crítica, incómoda o puntillosa en un marco de Estado de derecho, tolerancia y pluralidad, porque de serlo, según su criterio, podría ser sospechosa de contubernio con el gobierno de turno.

Nada más falaz que aquello. En efecto, la libertad de expresión es un puntal insoslayable en la defensa de los valores democráticos que, en regímenes autoritarios –siendo fuertemente amenazada–, también luce con mayor nitidez, por contraste, las armas para desenmascarar su naturaleza arbitraria en una confrontación desigual, en donde el Estado para arremeter contra la libre expresión puede valerse, además de artilugios legales, del uso de la fuerza pública sobre la que conserva el monopolio; frente a la investigación, probidad, opinión y sátira que son las únicas pero vigorosas herramientas con que cuentan los medios de comunicación para ofrecer resistencia a la censura y al vilipendio estatal. Sin embargo, gobiernos de seña democrática también se han visto seriamente interpelados por el ojo minucioso de la prensa el que, a través de pesquisas, ha descubierto negocios ilícitos, prácticas de espionaje, colusiones y demás casos de corrupción de los que no está exento ningún gobierno, pero que sí pueden denunciarse y sancionarse allí mismo, donde la institucionalidad se ve favorecida por los límites que se impongan al poder. No sólo un orden constitucional sirve para tal propósito, también se vuelven imprescindibles el celo profesional de los medios y la constante alerta ciudadana.

El acontecimiento más emblemático es el escándalo Watergate, el que llevó al Presidente Nixon a dimitir al cargo una vez que todas las pruebas lo inculparon y las instancias políticas y legales resolvieron que había razones suficientes para responsabilizar al Jefe de Estado del espionaje llevado a cabo desde la Casa Blanca contra sus opositores, y de obstrucción a la justicia para entrampar la investigación. Carl Bernstein y Bob Woodward, dos periodistas del Washington Post, jugaron un papel relevante en el desvelamiento de los sucesos, porque sus indagaciones condujeron a identificar a los artífices del espionaje telefónico y al respaldo que el propio Nixon puso sobre estas malas prácticas.

Otro suceso muy sonado recientemente es el que vincula al partido de Gobierno brasileño y a sus aliados con Petrobras, donde fuentes periodísticas dieron cuenta de la red de corrupción política por la que millones de dólares de la empresa sirvieron para alimentar las ambiciones personales de varios miembros del PT y de la dirección de la compañía; inmoralidad y hecho gravísimo que de no haber sido denunciado por la prensa hubiera, quizá, permanecido más tiempo en las sombras y pasado por la displicente mirada de las autoridades judiciales que, debido a lo escandaloso del asunto, ahora vienen investigando.

Carece de pertinencia, como hizo Charlie Caballero, trasladarse en la historia para observar lo ocurrido durante el régimen nazi y comprobar lo que la propaganda de los medios, al servicio del Führer, hizo en favor del antisemitismo; y colegir, a partir de esto, que la prensa y su libertad de expresión “absoluta“ es capaz de alentar tropelías y masacres; asumiendo que, en la actualidad, la irrefrenable vena satírica de Charlie Hebdo es comparable a lo incurrido por la maquinaria propagandística que contribuyó a llevar a millones de judíos a los campos de tortura y exterminio. Aunque el afán de encontrar similitudes en estos casos persiga el asombro y el fácil asentimiento, lo cierto es que la comparación es caprichosa porque se sustenta en una irreflexiva deducción.

No podemos hablar de libertad de expresión, ni de refilón, en un contexto cuyas condiciones no permiten ejercerla y sí, por el contrario, la suprimen totalmente. El régimen nazi acabó con todas las libertades que pudieran entrañar un cuestionamiento o la negación a su vocación: el afán expansionista y la búsqueda de supremacía desde políticas segregacionistas y nacionalistas. Aquella persona u organización que osara colisionar con sus ambiciones terminaba emparentada a las millones de víctimas del holocausto. Por lo tanto, colocar en una misma línea de hechos a la prensa nazi con Charlie Hebdo, esta última nacida en el seno de una sociedad plural como la francesa y regida por gobiernos democráticos es, por decir lo menos, afiebrado.

Twitter: @jorgeluisod

*Imagen tomada de http://www.larepublica.pe/27-06-2012/muestra-libertad-para-los-lapices-en-semana-internacional-de-caricaturas-y-libertad-de-expresion

[1] Artículo publicado en el diario digital El Búho, con el nombre de Ser (o no ser) Charlie, el 02 de febrero de 2015. Ver en http://elbuho.pe/2015/02/02/ser-o-no-ser-charlie/

2 respuestas a “Libertad de expresión, ¿pero no tanta? (I Parte)”

  1. Avatar Renato dice:

    Si la libertad de expresion es tan importante para una sociedad, porque entonces debe MONOPOLIZARLA solamente gente que supuestamente ha estuduado ‘periodismo’? Quien garantiza que lo que escribe un periodista no responde a una agenda o interes propio, cierta idelologia o simplemente algo digitado por segundos interesados para tratar de manipular a la poblacion? Pues ya sabemos bien que ocurre cuando el pueblo se manifesta con la tan mencionada ‘libertad de expresion’ tanto aqui , Europa o los ‘estados unidos’….REPRESION VIOLENTA , criminilazacion, carcel por parte del mismo organismo que esta supuesto a defender este derecho. Los periodistas se llenan la boca escribiendo del tema solo cuando les afecta. No leo su defensa a la sociedad cuando esta se pone en pie y demanda derechos o justicia. Realmente existe la libertad de expression , fuera de los locales de prensa?

  2. Avatar Renato dice:

    Por favor, no seamos ingenuos. Watergate fue un crimen menor de la administracion Nixon. Nada comparado al bombardeo de Cambodia, el asesinato de Allende o Cointelpro. A Nixon se lo bajaron pq simplemente afecto a gente muy importante cuando decidio ‘despegar’ al dolar del sistema Oro. La prensa no puede vanagloriarse de un hecho tan mundano, en el que Nixon ni siquiera tuvo mucha implicancia.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

SUSCRÍBETE A NUESTRO NEWSLETTER

SUSCRIBIRSE