París y la unidad de los contrarios

Gárgola sin pedestal Alejandro Lira Landa

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En Francia mueren una media de 665 personas por año, víctimas de homicidios intencionales. Dicho de otro modo, casi 700 personas son asesinadas cada año en el país galo; los entretelones de cada crimen, sin duda figuran en los archivos respectivos de la gendarmería francesa. Sin embargo, puestos a ver los muertos, hay unos que van discretamente a la estadística y otros van en multitudinaria romería al camposanto de los titulares mediáticos.

Confirmando eso de que hay unos muertos más sentidos que otros, en París, el domingo 11 de enero de este año, cientos de miles de personas han marchado detrás de los líderes mundiales, a saber: Hollande, (Francia), Merkel, (Alemania). Cameron, (Inglaterra), Netanyahu, (Israel), Abbas, Palestina; había también representantes rusos y ucranianos (teóricamente en guerra), egipcios, jordanos, turcos, bahrainianos, y hasta el africano Boubakar, en cuyo país, Mali, las tropas militares francesas vienen dando un curso acelerado sobre la moral y los buenos usos y costumbres democráticas occidentales.

Bueno, eso de decir que cientos de miles han marchado detrás de los grandes hombres de nuestros días merece una explicación al detalle: Es cierto que por lo menos cuarenta fantoches iban por delante, pero entre ellos y el pueblo de atrás había un grueso contingente de pueblo enternado, con gafas oscuras, sobacos abultados y un extraño tic en el cuello: en vez de participar en una marcha parecían estar espectando un partido de tenis: torcían la cerviz de izquierda a derecha casi rítmicamente, como si en cada giro buscaran algo; detalle curioso, casi todos llevaban un discreto auricular en el oído; como si tales fortachones, además de ciegos potenciales, fueran también sordos o estuvieran escuchando instrucciones específicas. Delante de los fantoches/próceres había una nube de camarógrafos y fotógrafos; mitad camarógrafos y fotógrafos y mitad agentes de seguridad disfrazados de paisanos reporteros. Uno de los prohombres, —el israelí, por ejemplo—, eufórico y fuera de sí estiraba el brazo como si saludara a una muchedumbre que lo ovacionaba.

A las horas, la prensa mundial inundaba sus titulares con estas imágenes, cuyo candor y humanidad harían impensable creer que esta vanguardia de prohombres mundiales tiene un abultado Curriculum Vitae de graves violaciones a los derechos humanos, que van desde decenas de afectados, a miles de víctimas, que algún día —espero que no muy lejano— un Comité Internacional de Juristas y Antropólogos forenses descubrirá en el futuro. Porque en el presente la actual Corte Penal Internacional solo tiene jurisdicción y voluntad para juzgar a modestos genocidas africanos caídos en desgracia, (mientras los presuntos criminales de guerra occidentales viven libres de polvo y paja, dando cátedra, conferencias, y recibiendo condecoraciones).

A las horas también, Reporteros sin Fronteras recordó el lúgubre currículum de la ilustre vanguardia, además, reportes independientes confirmaron que habían ocurrido en sí dos marchas: una multitudinaria: de compungidos ciudadanos franceses, convencidos de que el asesinato de unos periodistas de opinión gráfica significaba para ellos un grave desafío a su propia cultura civil que les permite expresarse libremente sin ninguna cortapisa. Y una segunda marcha, totalmente aislada de la gente: de una élite de avezados políticos mundiales para photoshop; fingiendo estar arropados por la gente y saludando a la calle vacía; sin embargo, todos ellos convencidos que pueden surfear impunemente sobre el mito de la libertad de expresión instalado en la sociedad por los medios de comunicación del sistema.

Marcha-bamba

Bien mirado el suceso, es un gran ejemplo de desconexión entre las élites y las masas, que solo quedan unidas en virtud de la capacidad de falseamiento de los medios.

Sí es cierto que los encumbrados marcharon, pero solo para la foto; técnicamente en plano medio se veía a la vanguardia. Luego vistas aéreas de la multitud, ubicadas adyacentemente a las fotos y noticias de los “líderes” sugerían que la vanguardia realmente estaba pegada a su “masa”. Pero esta no es la única desconexión entre lo que se cree y la realidad.

Una mayor es aquella que permite a la masa francesa creer que en Francia el ciudadano puede expresarse libremente sin cortapisa alguna. Claro que puede, siempre y cuando no se le ocurra decir, publicar y hasta sugerir que piensa que la magnitud del holocausto judío no fue tal como lo pinta la versión oficial. Hacerlo le puede costar la cárcel y el ostracismo. Lo mismo vale para la libertad de expresión en el vestir; en Francia, —según que sitios—, las mujeres puede andar hasta desnudas. Lo que no pueden hacer es, —por ejemplo—, usar una coqueta y sensual burka musulmana. O sea, eso de que París, ciudad luz, o la Francia que inspiró a Alejo Carpentier a escribir el Siglo de las luces, en la segunda década del siglo XXI está más cerca del siglo XVII español cuando se expulsaron a los moros.

Y en lo que respecta a las luces y Francia, cabe referir que en París también se han encendido miles de velitas compasivas por las víctimas del asesinato de 17 personas: no sabemos si las velas que ardían, igualmente ardían por los tres criminales, que a su vez, murieron también asesinados, aumentando el número de occisos a 20. Los reportes noticiosos de la prensa escrita y televisiva mundial me permiten obviar los detalles del crimen colectivo; baste saber que aparte de los millones de marchantes en París, otro número importante de personas, a nivel mundial, (probablemente cientos de miles) ha declarado sentirse una víctima más del citado asesinato, levantando como bandera el nombre de la casa de las víctimas: una casa de prensa llamada Charlie.

A uno, —esto de morirse por solidaridad—, le causa una gran perplejidad; uno no sabe si es una moda de estas llamadas trend topic que a poco de ocurrir pasan al olvido; o si en efecto es una tendencia suicida con brote epidémico; de tal suerte que el acto criminal de tres individuos, más allá de sus víctimas materiales, ha tenido un efecto exponencial en el número de víctimas; con lo cual los homicidas han terminado siendo genocidas sin habérselo propuesto.

En todo caso, esto de “Yo soy el muerto/casa de prensa” entra más en los dominios de la tanatología que de la épica; y un servidor se queda con el magistral “Yo soy Espartaco”, quizá la escena épica más trascendental de la cinematografía mundial, bajo la dirección de Stanley Kubric: Espartaco era un libertario, estaba vivo y a punto de ser apresado; y todos sus compañeros se ofrecieron a correr su misma suerte.

Dudo mucho que los miles o millones de Charlies de estos días tengan la entereza de ofrendar realmente sus vidas a cambio de un incierto nicho de gloria en el panteón mediático que ofrecen los cementerios de papel y plasma de los medios de comunicación occidentales. Y peor aún si, con información más abundante, descubrieran que la libertad de expresión en ningún caso ampara la libertad de hacer bullying a un individuo, a una comunidad, a una raza, a una confesión religiosa, a una opción sexual o a una simpatía política, como, en efecto, era la línea editorial del semanario supuestamente humorístico, que se había “prendido” de una minoría vulnerable, la musulmana, y que se mofaba de los inmigrantes y de los ciudadanos africanos, retratándolos como monos.

Afortunadamente, no todo el monte es orégano, y donde hay uno, también hay otro: me refiero a la portada de la revista auténticamente humorista británica Private Eye¸ cuya portada me libera de mayores comentarios: “Yo soy Charlatán”.

private-eye

En todo caso y midiendo los resultados, el sistema global está de plácemes: lucra y pulula donde cunde la muerte y el miedo. Para ello con una mano empuja a los provocadores y con la otra aprieta el gatillo de los provocados. Unos terminan muertos víctimas del mito de la “libre expresión” y los otros, muertos por el mito de su confesión religiosa.

Mientras haya guerra, muerte, mentira y miedo, hay esperanza de que el negocio del sistema funcione. Y en la guerra, a la par de las balas, corren las palabras. Ya lo dijo Hillary Clinton, en el 2011 cuando pedía incrementar el presupuesto para financiar la propaganda norteamericana a través de los medios de comunicación internacional: “Después de la guerra fría, en la que hicimos un gran trabajo de propaganda, nos hemos reblandecido y olvidado que estamos ante una guerra de información… y la estamos perdiendo”.

Nadie duda que después del Yo soy Charlie han ganado una suculenta batalla internacional en esa guerra. En Argentina han cambiado el Charlie francés por el fiscal Nisman y en la Unión Europea, al ver que el golpe antidemocrático en Ucrania se les cae, ya entonan el Yo soy Ucrania.

Menos mal, que uno será de todo, menos charlatán.

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