Te odio

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Odio a quienes gritan mucho y muy fuerte, por lo general son gente asustada y confundida tratando de asustar a los demás; son gente que me asusta. Odio que me griten y que me asusten.

Odio madrugar, las mañanas son insoportables, todo el mundo está de sueño y, por ende, de mal humor. Odio los pajaritos que cantan y detesto el sol de esta ciudad tan blanca y calcinante; ese sol que lastima mis ojos y me hace transpirar de una forma inverosímil y exagerada.

Odio el matrimonio, aunque nunca me he casado, la idea me suena aterradora y detestable; una cadena perpetua a la que nadie debería estar condenado.

Odio las pasas del panetón y odio la Navidad, aunque me gustan las galletitas y la cena navideña, todo lo demás se me hace demasiado deprimente.

Odio empezar a sonar como un amargado cuando recién estamos comenzando este texto.

Odio, también, al Papa, a los cardenales y a la iglesia en general. Odio a Cipriani en particular.

Odio sentirme solo pero no soporto la compañía de nadie; odio ese tipo de contradicciones que nunca se cómo reparar y que han terminado atrofiándome la vida. Odio no poder repararme, ni perdonarme.

Me odio.

Odio a los ganadores y a los exitosos, básicamente, porque soy de los que nunca ganan. Odio a las chicas guapas que me ignoran en las discotecas. Odio ser tan tímido. Odio no saber bailar.

Odio la cerveza y los vegetales y a las bandas escolares. Odio a los militares: si tu sueño y tu felicidad son pasarte la vida haciendo planchas o recibiendo órdenes dentro de un cuartel tienes asegurado mi desprecio.

Odio cuando trato de abrazar a alguien y este alguien me aleja. Odio cuando me propongo bajar de peso para luego darme cuenta que no tengo la disciplina ni la determinación necesaria para hacerlo. Odio los gimnasios y las dietas. Odio estar tan gordo.

Odio cuando no quieren explicarme algo que no entiendo pero odio, aún más, cuando no entiendo algo que me acaban de explicar. Odio, por ejemplo, no entender porque te fuiste aunque sepa muy bien que, en realidad, fui yo quien te alejó.

Odio tener que pasarme la vida riendo para no llorar y odiando para no extrañarte. Odio tener que escribir estas cosas.

Odio que el fin, siempre y sin excepción, justifique los medios. Odio sentirme excluido y rechazado incluso cuando estoy con mis amigos más cercanos. Odio a Octavia de Cádiz y odio los lunes.

Odio las matemáticas y ellas me odian a mí.

Odio cuando hago cosas estúpidas que en realidad no quiero hacer. Odio tener miedo. Odio tener muchísimo sueño y ganas de leer al mismo tiempo. Odio a las libélulas y a los perros callejeros que nunca paran de ladrarme.

Te odio.

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