Viento mudo

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“Siempre es levemente siniestro volver a los lugares que han sido testigos de un instante de perfección

Ernesto Sábato

 

Cada domingo salgo del pequeño y moderno departamento donde vivo, ubicado en el distrito de José Luis Bustamante y Rivero, para ir a visitar a mi abuela hasta su casa en Vallecito: Barrio señorial de casitas de colores y calles poco transitadas, perfectas para pasear. Barrio de parques de grandes y viejos árboles. Barrio cercano al río; vecino al majestuoso puente de fierro que deja sentir su presencia aún desde los lugares donde no se lo puede ver.

Allí almuerzo cada domingo con mi abuela y algunos de mis muchos primos y tíos, que nos reunimos para aburrirnos todos juntos: porque así como los lunes son tediosos por naturaleza, los domingos son, por ley, siempre deliciosamente aburridos.

Después de almorzar, acostumbramos quedarnos en la casa de la abuela, leyendo periódicos, conversando de cosas sin importancia, durmiendo magnificas siestas, viendo películas o jugando cartas. Nos quedamos hasta la noche para lonchar y seguir hablando, a veces de política, a veces chismeando; al final ambas cosas son lo mismo. Reímos a carcajadas, tomamos café y comemos sándwiches y queques. Es realmente un día de descanso. Una pausa en la que, poco a poco, vamos escapando de la modernidad y regresamos a un pasado, cercano, pero casi perdido.

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Ciento que, en esa casa y en aquel lugar, el tiempo no ha pasado a la misma velocidad que en el resto de Arequipa y la modernidad, con todo su vértigo y barullo, se ha mantenido alejada de esas calles, de mis calles. Pero terminado el lonche, las risas y los chismes, al salir de la casa de mi abuela, me doy cuenta de que poco a poco la ciudad y el avance le van ganando espacio al mágico anacronismo que antes envolvía aquel barrio y me doy cuenta que es solo cuestión de tiempo para que el progreso – aquel dudoso progreso consistente en reemplazar lo nuevo por lo viejo – termine por adueñarse del lugar.

Las calles se desfiguran lentamente, donde antes todo eran casitas bonitas de color pastel y chimenea aparecen, día a día, feos y fríos edificios de 4 o 5 pisos. Me doy cuenta, con gran tristeza, que mi lugar favorito en el mundo está condenado a desaparecer y – como a todos los que pierden algo que tuvieron y apreciaron – me invade la nostalgia.

Recuerdos. Recuerdos de mis primeros años de adolescencia y los últimos de mi infancia, años en los que empezaba a descubrir el mundo, años donde padecía mis primeros amoríos juveniles, formaba mis primeras ideas propias y definía mis creencias religiosas. Recuerdos de los domingos de antes: cuando lavaba el carro con mi papá o jugaba a las escondidas con mis primos, domingos en los que disfrutaba paseando distraído por las calles intransitadas del lugar, algunas veces acompañado por mi prima Paola; muchas otras, solo, con mis ideas y el sol adormilado de la tarde cayendo a mis espaldas.

Deambulaba desde la casa de mi abuela, cercana al óvalo, hasta la parte baja del puente de fierro llegando a la arboleda; hasta un parque al lado del río que marca el fin de la urbanidad y el comienzo de las chacras. Me echaba en el pasto a descansar, mientras veía el cielo y escuchaba el río cantar. Luego regresaba por el mismo camino; desandaba mis pasos y conversando con el viento mientras la poquísima gente que pasaba por el lugar me miraba como a un loco. En aquel entonces sentía que era el lugar el que me conversaba, como a un amigo, y tenía la certeza de que aquellas viejas calles eran quienes me hablaban en el viento. Me acogían, me cuidaban, muchas veces incluso me aconsejaban. Yo amaba el lugar, Vallecito me pertenecía y yo a él.

Ayer fui a visitar a mi abuela y en la vereda del frente habían derrumbado una casa más para poner en su lugar otro feo edificio. Cuando salí pude notar que sigue soplando el viento, pero, ahora, ya no dice nada.

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