Yo soy Charlie … Sheen

Memorias del escribidor Avatar

charlie sheen

La muerte anunciada de Two and a half Men para este mes me ha dejado triste. Aunque ya la mitad de esa pena se había consumido con el último capítulo de Charlie Harper. Y lo que sucede es que el fin de la serie se me presenta, digamos, como la despedida de un tío afectuoso y comprensivo que, alguna vez, vino desde lejos a pasar una breve temporada en casa e inesperadamente terminó quedándose bastantes años mientras padecíamos o disfrutábamos juntos mis momentos de orfandad, fracturas emocionales e insospechadas resurrecciones anímicas; todos con sus cuotas de abatimiento, ironía y desparpajo.

La serie debutó en la televisión en 2003, pero el zapping me la presentó varios años después, una noche en la que luego de una semana particularmente agitada de trabajo, con las únicas fuerzas para tomar un baño y envolver mi sueño y cansancio bajo las sábanas, el control remoto interrumpió mi abulia cuando hizo aparecer en escena a Alan Harper, cabizbajo e inconsolable en casa de su hermano Charlie, aguardando el albergue que la separación conyugal le había arrebatado. Mi realidad, en ese entonces, no era muy distinta a la de Alan. Las semanas previas a mi divorcio hicieron mis días de oficina doblemente azarosos. Ya me había mudado con cierta anticipación. Y aunque no tuve hermano que recibiera los despojos de mi ánimo quebrado (él apenas comenzaba la secundaria), sí sobrellevé varias mudanzas invadido con la resignación de un fracaso tan anunciado como el vía crucis de Alan post Judith, como se llama en la serie la que sería su futura ex esposa, abrumado por el miedo, la culpa, la rabia y el desconcierto.

La poca suerte de Alan para las conquistas, luego de su separación, se compensaba muy bien con su talento para ponerle buena cara al infortunio con las ocurrencias de alguien que se propone rehacer su vida aunque disimulando bien, no siempre con éxito, las heridas del abandono. Él no rehuía a su duelo, se entretenía con éste; le hacía bromas de doble sentido; algunas veces, en efecto, brotaba el dolor, pero él salía airoso motivado con cada aventura propuesta o accidental de Charlie: el desenfado hecho carne y hueso.

Yo fui Alan Harper. Mis flaquezas se camuflaban en algún coctel de trabajo, extraviadas entre las sonrisas de protocolo y las conversaciones de rutina. La torpeza para entablar algún diálogo o planear extrañas “coincidencias” en algún bar con una mujer en apariencia interesante, me perseguía en la cola del supermercado y en cualquier fiesta de cumpleaños. Los desgarros íntimos se olvidaban temporalmente con visitas al mall y algunos viajes cortos. No es que deseara el júbilo, tan sólo evadirme de mí mismo. Alan y yo hablábamos el mismo lenguaje, el del sarcasmo y la fruición por no mirar atrás, el lenguaje que lo lleva a uno a intentar sacarle la vuelta a la tragedia personal. Ambos con hijos: él con Jake, pequeño regordete, insolente de frases ingeniosas que creció frente a la teleaudiencia hasta su temprana juventud; y yo con Valentina, hoy una niña conversadora aficionada a los cuentos de los hermanos Grimm y al ritmo de Maroon 5 y Bruno Mars.

La melancolía se llega a domar con el tiempo. Pero nunca estará de más un Charlie Harper alcanzando una mano amiga, o hermana en su caso, al caído en batalla pasional. Su desembarazo e irreverencia jugaron de aliados en el desahogo de Alan para alcanzar el sosiego que le era esquivo, áspero. Su rebeldía cuarentona no admitía tibiezas: “No permitas que una mujer controle tu vida, sin importar lo estúpida o autodestructiva que esta sea. Somos hombres solteros, vamos a donde queremos, cuando queremos y con quien queremos”, dijo en algún episodio a modo de mantra. La frescura de sus decisiones lo empujaba a los linderos de un nihilismo emancipador que podía confundirse o interpretarse insuficientemente como el origen de un materialismo misógino.

Lo cierto es que su vida licenciosa, opuesta a la de Alan –tan lleno de reparos y titubeos, hasta un límite oportunamente trazado por Charlie–, lanzada como salvavidas a un naufragio sentimental, me granjeó la posibilidad de enterrar veinte metros bajo tierra y boca abajo mi fracaso en el matrimonio. Y lo que siguió fue inevitable: repartí invitaciones a cenas románticas (y postres de madrugada), participé de lujuriosas conversaciones telefónicas (tan duraderas como las erecciones de los monjes de monasterio), disparé incitantes miradas en restaurantes (y puse las carnes rojas sobre la mesa), bebí todos los mojitos, margaritas y gin&tonic que se acomodaban en todas las barras que visitaba (los orgasmos los preparaba y bebía en casa); y luego que el festín se hubiera consumado, en la mañana siguiente, aún sin terraza en la playa, ni piano en la sala, ni abultadas cuentas bancarias; una media sonrisa se componía en mi rostro, mientras con un ojo abierto revisaba el caos de las ropas desperdigadas en la alcoba. Y así también fui Charlie Harper, lo mismo que Charlie Sheen, sólo que sin millón de dólares por programa, ni luces de moderno estudio alumbrando. Por lo demás, Ashton Kutcher sucks.

Twitter: @jorgeluisod

 

 

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