Arístides Vargas: El teatro tendría que ser de nuevo, un lugar de encuentro

Cultural El Búho
Miguel Almeyda

Arístides Vargas y Charo Francés, con el autor de la nota.

 

El lugar de encuentro de una sociedad en debate, en crisis y en contradicciones.

Entrevista: Miguel Almeyda

Arístides Vargas es de origen argentino, icono de la dramaturgia latinoamericana, director, actor, creador constante y coherente de una serie de maravillosas obras de teatro llenas de realismo mágico. Arístides pasó por Arequipa y nos contó sus exilios junto a Charo Francés en “Nuestra señora de la nubes”. Aprovechando un descanso, me tomé una copa de pisco en una larga conversación que nos da elementos para entender, no solo su teatro, sino la memoria del teatro latinoamericano.

¿Quién es Arístides Vargas?

Es un poco difícil contestar esta pregunta, porque uno nunca sabe quién es. A mí me sorprende cuando escribe la gente que estudia mi obra, dice cosas y es sorprendente porque uno no se piensa con la objetividad que se requiere, puedo pecar de confuso, pero en muchos momentos de mi vida no he sabido quien era, tal vez por eso escribía teatro o hacia teatro, no para pretender conocerme, sino para esbozar aunque sea una hipótesis ficcional sobre lo que uno es. Uno nunca termina de conocerse, no creo que ningún ser humano esté en condiciones de responder a carta cabal una pregunta como ésta. Porque somos cambiantes, cambiamos con la edad, cambiamos con el pensamiento, la época, pero lo que permaneces es la ética en cuanto a lo que uno hace y a lo que quisiera hacer. Esa ética es la esencia y esa esencia no se traiciona.

 

Eres un actor que comenzó a escribir, ¿qué paso? ¿No te gustaban las obras que existían?

Fue muy gracioso lo de escribir. Yo comencé siendo actor, estudie actuación en la universidad, luego fui director en Malayerba y lo último que hice fue escribir. Cuando comenzamos con el grupo, sostenía que teníamos que escribir nuestros textos, indagar nuestras propias problemáticas y organizarla en palabras, insistí, insistí, hasta que un día Charo Francés me dijo: “Oye si tanto jodes con ese asunto de que tenemos que escribir, es porque tú quieres escribir, ponte a escribir y deja de joder al resto”.

Así que lo primero que escribo fue en el año 92, tomo el personaje de Francisco, un personaje que no tiene conciencia, con muchos miedos y temores, que a mí me recordó a los mestizos. Lo sitúo en la frontera de Ecuador con el Perú en la guerra del 42, la guerra del petróleo. Su gran crisis es que no sabe si es peruano o ecuatoriano y a partir de ese esquema escribo “Francisco de Cariamanga”, luego llega “Jardín de pulpos”, “La edad de la ciruela”, pero es allí que comienza ese viaje al mundo de la dramaturgia.

Hay una gran coherencia en tu condición de artista políticamente comprometido, te fuiste de Argentina huyendo de la dictadura, y volviste a reconstruirte en otros países…

Eso ha sido fundamental, mantener una conducta ética en cuanto a lo que pienso como artista, el pensamiento no es estático, es acción artística, trato siempre de estar a favor del ser humano, estar a favor de la gente, de la justicia, la igualdad, la libertad, son principios que recorren mi obra y recorren mi vida. Salí de Argentina en una circunstancia política terrible, y he vivido en una especie de errancia, intentando volver a una Argentina que evidentemente ya no existe, porque uno vuelve, pero nunca vuelves al lugar de donde te despidieron, siempre vuelves a otro lugar, creo que la vida me ha demostrado que esa errancia es parte fundamental de la existencia como individuo, como ser humano, y también del mundo contemporáneo. Hay mucha gente hoy errando; aunque en apariencia vivimos en un mundo civilizado, algunos de nosotros estamos en el estado en que Ulises se encontraba al retornar a Ítaca, entre lo que dejaste o lo que perdiste y lo que vas a recuperar, o lo que vas a encontrar, esas circunstancias que algunos llaman exilio, tiene su lado monstruoso y la vez tiene su lado de enseñanza, que en el fondo las patrias y los territorios son emocionales, uno no deja una bandera o un país con sus signos y su gloria. Deja personas y estas mismas personas pueden provocar que tu regreses.

¿Qué lugar ocupa la memoria en tu dramaturgia?

Es fundamental, porque es una paradoja. La memoria no es únicamente recordar, también es olvidar, es el mismo juego del teatro, la rapidez con la que se suscitan las imágenes o mueren las imágenes, es la analogía de la vida y la muerte, en la memoria sucede algo parecido: uno debe recordar aunque sea para olvidar, pero tiene que recordar, porque no se puede olvidar lo que uno no recuerda. Yo he necesitado reconstruir permanentemente en mi condición de hombre echado al mundo, expulsado, exiliado, lo perdido. Con la particularidad que la reconstrucción no siempre es fidedigna, o no siempre es real, sino lo que pensé haber vivido o lo que creí haber vivido y no exactamente lo que viví. En ese sentido la incertidumbre es un estado importantísimo en el cual he tenido que aprender a estar.

Una de las frases tuyas que más me impactó es aquella que dice, hablando del exilio: Un recién nacido de veintiún años es necesariamente un monstruo…

Claro, porque el exilio lo que hace es matarte, en eso los griegos tenían razón, cuando a Ulises lo echan de Ítaca, él se extravía, los dioses lo castigan con ese castigo brutal que significa no poder retornar a tu tierra o a tus afectos, para no ser tan telúrico. De alguna manera te mueres, de una realidad que tuviste que abandonar y en ese mismo instante resucitas en otro lado, por eso el exiliado tiene varias memorias, porque tiene varias patrias, eso que puede parecer una anomalía o una monstruosidad, es una condición fundamental del exilio, aprender a reconstruirse en otras memorias, en otra patrias que son un mapa de los afectos constituidos por voces y personas de diferentes lugares. Cada lugar y cada voz conforman tu memoria y cuando a ti te matan con el exilio, tienes una alternativa, que es revivir en otra persona y en otros afectos, en otro territorio, eso es extraordinario. El exilio es un castigo brutal y terrible pero a la vez es un estado que te posibilita un aprendizaje profundo de la vida y de los territorios afectivos que conforman la vida.

 

No queremos recordar los dramas experimentados, las dictaduras, las guerras internas, la violencia política. ¿Somos acaso pueblos sin memoria?

Somos pueblos a merced de instrumentalizaciones refinadas y nefastas, no creo que el olvido en América latina sea únicamente una situación que la achaquemos como responsabilidad al pueblo, sino a los estados que tienden a encimar realidades y no a vivir coherentemente las realidades. Muchos de los países nuestros todavía tienen la carpeta abierta o está sin archivar o es imposible archivar lo sucedido hace veinte, treinta años atrás. Los estados por más que nos metan hamburguesas en la cabeza, por más que nos metan tarjetas de crédito en la cabeza y por más que nos metan el sentimiento de bienestar entre comillas, son responsables de intentar hacernos olvidar. Eso convierte a los pueblos en ollas de presión que tarde o temprano van a explotar, lo que sucedió en Argentina, en Chile, Perú o Colombia no se puede intentar olvidar como si olvidar fuera un decreto, el olvido no es un decreto, no se puede olvidar por decreto, porque los pueblos que olvidan son pueblos enfermos. Si tú no recuerdas no te curas, tú como ente o como cuerpo social, es uno de los principios freudianos, es justamente recordar para aliviarte. Los estados deberían tener políticas de memoria para no olvidar la historia inmediata y no se diga la historia pasada.

Tú eres un creador. En este contexto neoliberal donde el individualismo ha ganado la batalla, ¿cuál es nuestro rol?

Vivimos tiempos difíciles donde se necesita claridad para estar entre ellos. No creo mucho en un teatro que se enrola en vanguardias o en nuevas tendencias, un teatro que tiende a dividir y olvidar lo esencial, que es el espacio teatral como consecuencia del espacio social y el ejercicio democrático. Pienso que no es importante hacer teatro en esta posmodernidad como lo estamos haciendo, debiéramos volver a la función esencial del teatro que era razonar la vida en el escenario, ensayarla de alguna manera para subsanar errores de la realidad, aunque sea ficcionalmente, tampoco creo que el teatro esté llamado a salvar a los hombres, aunque sería extraordinario que lo fuera. El teatro que nos merecemos es uno de mucha claridad y de mucha inteligencia, para saber discernir entre los conflictos contemporáneos. Vivimos en un mundo tan lleno de imágenes contradictorias, donde creo que el teatro sería un buen espacio para reflexionar la vida, y no dejarnos llevar por las corrientes de moda. Ahora más que nunca el teatro se ha vuelto un lugar donde se organizan efectos para divertir intelectual o emocionalmente a la gente. El teatro tendría que ser de nuevo, el lugar de encuentro de una sociedad en debate, en crisis y en contradicciones.

En una película de Woody Allen, hay una escena donde un escritor se encuentra a todos los personajes que ha creado, que lo reciben para hacerle un homenaje. ¿Cómo sería esa escena en tu caso?

Por lo general me llevo muy bien con mis personajes, para todos guardo mucho cariño, cada uno en su tiempo fue importante. Sería como un mural, porque además hay escenografías, hay vestuarios, hay tantas cosas relacionadas con el personaje, es una escena muy visual, muy cinematográfica, todos tus personajes visitándote, yo me los veo allí a todos, creo que son parte de una misma historia. El que más me ha costado fue el de la anciana de “Instrucciones para abrazar el aire”, uno de los últimos trabajos, está basado en las conversaciones con una mujer que se llama Chicha María, y que es una de la abuelas de la plaza de mayo. Escribí una obra que está basada de alguna manera en su vida, pero es una metáfora ficcional, me costó concebirla porque me costó salirme de los antecedentes del personaje, quería salirme del universo real y testimonial para entrar en la ficción, siempre me ha preocupado el reto que es el ejercicio ficcional del teatro. Mientras que otros creadores van a un plano de presentación y performático, yo tiendo a ir mucho más a la ficción, pero no a cualquier ficción, una al estilo kafkiano. Crear un mecanismo ficcional que funciona paralelamente al mecanismo de lo real, no es referencial, solo lo puedes asociar y en ese sentido Kafka es un gran maestro porque crea realidad y creo que el teatro no es únicamente la representación o la síntesis de una realidad, sino el ordenador de nuevas posible realidades.

Un poeta dijo una vez que la alegría y la tristeza son frutos de un mismo árbol, me hace pensar en tus obras.

Por supuesto, hay una complicidad que tiene la misma raíz, te ríes porque estas profundamente triste o lo contrario, te entristeces porque hay demasiada alegría falsa en lo cotidiano, hay gente que se ríe pero en realidad son personas profundamente tristes. Son emociones que están en los mismos niveles. Se ha reconocido en mis obras ese juego abismal de pasar de la risa al llanto, la vida se trata de eso y el arte es el lugar donde se viven todas estas emociones.

Tu perteneces a la generación que construyo el teatro de grupo. ¿Crees como muchos ahora, que el teatro de grupo ha muerto?

Son frases comunes recurrentes, es como cuando dicen que el teatro está en crisis y el teatro siempre está en crisis, lo cierto es que los grupos gozan de buena salud y no solo eso, sino que se reinventan todo el tiempo, la gente siempre tiene tendencia a volver a esta forma de trabajar, lo que posibilita la vida en los grupos es justamente la disposición a morirte en cualquier momento, de todas formas es mejor que un grupo muera a que lo maten, es más lógico, coherente y natural, no porque la época sea un signo de antigrupalidad, al contrario, creo que es una buena época para asociarse, crear comunidad y crear memoria comunitaria, es un buen momento para que surjan grupos con nuevas maneras de relacionarse. La sociedad en que vivo trata de desactivarte, de individualizarte, el sistema trata a la gente de arte como niños que provocan rabietas, pero que no pasan a mayores, porque si lo haces, te apartan, puedes contaminar a la sociedad felizmente instalada, porque siempre habrá alguien que comparta el mismo delirio que tú tienes, siempre habrá alguien que se emocione con lo que haces, que se ría y que se mofe del establishment.

Hoy día también hay un teatro que se quiere integrar, que busca ser reconocido, dinero, apoyo, y a veces me pregunto si el camino no es a la inversa, es decir, si el camino no es integrarte sino desintegrarte, no participar, situarte en un lugar donde entiendas que el espíritu del arte no es el espíritu del dinero y de la economía que reina en estos días, vender, comprar, marketing. Pienso que lo mejor que le puede pasar al teatro es mantenerse al margen de eso, como una actividad humana de humanos y para los humanos, donde no hay ningún tipo de pretensión, no es casual que muchos teatros actuales estén en un mall, en supermercados o en galerías comerciales donde tu compras y de pronto entras al teatro a ver una obra como parte del circuito de compras, y no pasa nada, no te sucede nada, el teatro verdadero debe salir de esa dinámica.

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