Crónica del fracaso

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Uno: Camila

Cuando era pequeño, lo mejor de viajar a Lima era que ella estaba ahí, esperándome. Los veranos nunca eran lo suficientemente largos para disfrutar de su compañía. Éramos dos niños descubriendo el mundo con toda la complejidad que nuestros 11 años traían consigo.

Las noches en la playa son lo que más recuerdo del tiempo que pasé con ella. Quedarnos hasta tarde mirando el cielo, hablando de cosas prohibidas mientras la arena helada se escabullía bajo nuestra piel.

Recuerdo también las tardes en la piscina, aquellos juegos bajo el agua en los que, inocente y desprevenido, empezaba a descubrir las maravillas de un cuerpo femenino; los laberintos del placer y la culpa. Era mi prima, éramos tan pequeños y yo no entendía nada, ni siquiera lo que sentía por ella.

Crecer nos distanció; hace años que dejamos de hablarnos. El otro día me entere que terminó la universidad y está embarazada. Vi una foto suya en internet, panzona y sonriente, disfrutando del verano. No pude reconocerla, no quise hacerlo.

 

Dos: Beatriz

Es la mejor persona que conozco para tomar café y conversar o para fumarnos un porro y reír sin motivo. La conocí en tiempos más livianos, más felices. Ahora ella vive lejos y nos comunicamos poco.

Creo que aún me guarda cariño. Espero que así sea porque yo sigo queriéndola igual que siempre.

Me enseñó a besar con lentitud y disfrutar de su boca, de sus labios. Fue paciente conmigo, amable ante mis torpezas, me demostró afecto y complicidad pero sobretodo fue siempre mi amiga. Jamás se lo agradecí, jamás podré terminar de agradecérselo.

 

Tres: Helena

Lo más probable es que me odie o me haya olvidado, no lo sé. Juiciosamente ha elegido mantenerme alejado de su vida. Supongo que eso es lo mejor para ella. Por lo general soy un peligro para la gente que más me quiere; tarde o temprano, siempre, termino lastimándola.

Fue dulce, fue cariñosa y me amó desinteresadamente… fue conmigo mucho más de lo que yo me merecía. En cambio yo, para ella, nunca pude ser más que tristeza y promesas que se rompen.

Me encantaba la forma que tenía de sonreír mientras la besaba, me hacía sentir querido, me hacía pensar que todo saldría bien.

Amarnos era besarnos, era caminar de la mano en tardes de lluvia, era estar juntos y conversar, conversar por horas sin cansarnos, sin dejar de maravillarnos por lo que el otro tenía que decir.

Fui un patán con ella, fui un cobarde y solo después de haberla lastimado demasiado me di cuenta de cuánto la amaba. Los puñales que le clavé terminaron en mi espalda, siguen ahí, son heridas que se rehúsan a sanar.

 

Cuatro: Fiorella

Me regaló más felicidad de la que puedo describir pero al mismo tiempo me llevó a extremos de locura donde no quiero regresar. Con ella todo fue siempre furtivo y delirante. Amarnos a quemarropa era nuestra única forma de recordar que seguíamos vivos, que aún no habíamos terminado de matarnos.

Al final (previsiblemente) tanta intensidad terminó por destruirnos. Sabíamos que todo acabaría mal aun antes de haber comenzado. Fuimos una causa perdida dejándose arrastrar por el desastre, intentando descubrir que tan hondo podíamos llegar.

Le encantaba dormir conmigo, pensar que envejeceríamos juntos, ya saben, cosa de manos enlazadas y cuerpos que se confunden entre sueños. No la olvidaré, no dejaré de amarla, de amar lo que fuimos. Las tardes de calidez y naufragio, de besos desesperados y sexo a vida o muerte fueron, siempre, lo mejor.

 

Cinco: Lucia

Tenía el pelo ensortijado, la tez blanca y los ojos de papel. Estaba de paso por la ciudad y yo tuve la suerte de aparecerme en su camino. La quise sin expectativas, profundamente agradecido por el obsequio que significó, para mí, toparme con ella.

Quería besarla desde que inició la noche, desde mucho antes, pero no me atrevía. Sabía que ella tenía, en casa, alguien a quién serle fiel. Sin embargo, en una calle nocturna y vacía, su boca se lanzó contra la mía. Me hizo feliz.

Eres demasiado lindo, me dijo más tarde, no merezco que me quieras. No debió decirme ninguna de esas cosas porque en ese mismo instante no pude hacer nada más que adorarla.

Hace poco volví a verla. Debí besarla pero fui un cobarde, tan tonto, tan asustadizo como siempre. Debí besarla pero no me atreví y por eso estoy aquí, escribiendo sobre ella, extrañándola, buscándola, persiguiéndola nuevamente entre las sombras de mi memoria. No es suficiente para ser feliz. No es suficiente.

Seis: Arlet

La recuerdo en tecnicolor; bailando sin música, moviendo las caderas al ritmo de alguna melodía perdida dentro de su cabeza, es feliz y lo ilumina todo con su risa, con su ternura.

Fui su amigo y aquellas migajas de amor que me regalaba, la mayor parte del tiempo, eran suficientes para ser feliz. Otras veces aquello no era más que una tortura; el recordatorio constante de que ella no era para mí.

Jamás he escrito tanto de alguien como de ella. La conocí en el colegio y nunca pude decirle cuanto la amaba, ni cuanto la sigo amando. Era la chica más guapa de la clase y yo el gordo tonto de quien nadie podía enamorarse. No tenía esperanza, ni oportunidad. Solamente anhelaba que me dejase quererla.

Extraño verla todos los días, visitarla los domingos, sentir el olor a durazno que se escapaba de su cuerpo, escuchar sus secretos y abrazarla, saberme parte de su vida… Quisiera que todo eso regresara, que vuelva a ser como antes.

Para ella, siempre habrá lugar en ese espacio, triste y cálido, en donde se esconden los recuerdos más preciados.

 

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