El cáncer y Oncoserv

La columna

Hay ocasiones en que la indiferencia puede ser peor que la maldad.
Como cuando se promete un Hospital del Cáncer y eso despierta la esperanza de cientos de enfermos y miles de familiares o amigos involucrados. Y todo acaba con un video que muestra a media docena de canallas que se reparten en una mesa la muerte de esos enfermos en forma de fajos de billetes, cándidamente entregados por funcionarios negligentes.

Y cuando, vista la oportunidad de figuretear en cámaras, recién se ponen todos a “investigar”, más preocupados de “ponchar” bien que de hacer indagaciones y preguntas productivas, en jornadas completas de inútil repetición: “yo no fui, fue Teté”.

Este caso resume bien la perfidia de la administración pública y el fracaso de los liderazgos regionales convertidos así en el primer obstáculo para la descentralización: el contrato de adjudicación se firmó en 2006 y casi una década después, el anhelado hospital IREN Sur es un edificio inútil para curar, sin ningúnequipo, con sólo 3 médicos especialistas y más de 200 empleados administrativos, muchos de ellos hermanos, sobrinos, esposas y amiguetes del círculo de poder que gobernó el GRA los últimos ocho años.

Ahora resulta que los dos ex presidentes regionales involucrados en la estafa que perpetró Oncoserv, eran los mandamases, pero “no sabían nada”. Toda la responsabilidad –dicen- recae en la Oficina de Promoción de la Inversión Privada (OPIP) donde parece anidar la corrupción institucionalizada, a juzgar por todas las denuncias que surgieron a su alrededor. No es infrecuente que los jefes de estas oficinas, al igual que los grandes privatizadores de los gobiernos de Fujimori y otros, aparezcan luego con algún puestito en la transnacional que compró la empresa pública o que fue favorecida con alguna concesión o exoneración.

Y como no podía ser de otra manera, en el presente caso, el Jefe de la Opip de la gestión de Vera Ballón y, al mismo tiempo su gerente general, Jaime Ponce, luego de suscribir el contrato con Oncoserv INC, apareció como apoderado de Oncoserv Arequipa y, con “toda su experiencia”, contribuyó, sin problemas éticos, a que se consumara la estafa. Su jefe, Vera Ballón, sigue sin saber nada.

Y el procurador público, encargado de la defensa del GRA, no siente ni un poquito de vergüenza de haber perdido por goleada en éste y en otros muchos casos, dado que el papel lo soporta todo. Y el entonces presidente, Juan Manuel Guillén, ni siquiera pudo sacarlo del cargo y dice que el contrato venía con muchos candados, que no fue posible rescindirlo, que ya era tramposo; sin embargo, nunca denunció ésta y otras “perlitas” que le dejó la gestión de DVB. ¿Por qué?

Para no mencionar la interminable espera que en su mandato requirió el funcionamiento del IREN Sur. Se tardaron años en implementar el local y el personal, en concursos en los que los gerentes colocaban a sus hermanos menores “soplándoles” las respuestas del examen con anterioridad. ¿Cuántos apellidos similares y conexiones encontraremos entre los trabajadores de esta institución y los jerarcas de la administración Guillén?

Entre tanto, la desesperanza cunde entre las personas que son afectadas por la creciente amenaza del cáncer. A la tragedia, de por sí inenarrable de la enfermedad, se suma ese otro castigo, no divino, llamado pobreza, que condena a miles de personas al sufrimiento y al horror de tener que afrontar, impotentes, una muerte lenta y dolorosa.

Aun así, las injusticias provocadas por ese otro tipo de cáncer llamado corrupción, nos deja indiferentes y le seguimos dando soporte con nuestro silencio. ¿No es eso, acaso, maldad pura?

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