Antonio Ortuño y la tortuga desahuciada

Cultural El Búho

Agua-corriente_Antonio-Ortuño 

Seleccionado por la revista Granta como uno de los 22 mejores jóvenes narradores en lengua castellana, Antonio Ortuño —nacido en Guadalajara, en 1976— es autor de varias novelas (Recursos humanos fue finalista del Premio Herralde 2007) y colecciones de cuentos. Ha sido traducido al italiano, francés y rumano. Todos estos datos, entre otros, los puede revisar el lector en Wikipedia.

Este martes Antonio Ortuño presenta en Arequipa, en el Centro Cultural Peruano Norteamericano, Agua corriente (La Travesía Editora, 2015). Una colección de trece relatos.

Al leer el primero de ellos, “La señora Rojo”, sumé una definición más a las ya tantas sobre el oficio de escribir: que es como darle de beber a una tortuga desahuciada. «Si viviera, mi padre diría: Trabajas todo el día para que tu agua la aproveche una tortuga desahuciada. Eres un pobre imbécil.» La señora Rojo es una tortuga enorme que agoniza en el jardín, una de tantas tortugas que invadieron hace meses la ciudad. Se la alimenta para que enseguida arroje lo ingerido, se le da de beber sabiendo que es inútil, la tortuga seguirá muriendo. Antonio Ortuño escribe como si cada palabra corriera el riesgo de luego ser regurgitada por un estómago extremadamente sensible. Sabiendo del sino al que están condenadas las palabras impresas en papel, las elige con sumo cuidado, en una suerte de dieta diabólica para que la atención —y la tensión propia de todo relato bien escrito— no se diluya entre la apatía y el desgano del lector. Se está ya cansado de las nuevas figuritas que, cada vez más seguido, aparecen en el interminable álbum de las nuevas promesas de la literatura peruana, mexicana, latinoamericana, etc. La mayoría de veces no son más que un ensarte comercial. No es el caso de Antonio Ortuño, o para no hablar más de la cuenta, no es el caso de Agua corriente.

Se puede ser escueto y preciso en la descripción de un personaje, en el planteo de una situación o de una determinada atmósfera, se puede contagiar al lector el gusto por la frase bien construida pero todo ello nunca ha alcanzado para hacer un buen relato. Para empezar, la intención de Antonio no es la creación de personajes redondos. Esto no me parece un error. Ni falta de oficio. Hace tiempo que el personaje dejó de ser redondo para convertirse en amorfo, de una línea a otra distinto, contradictorio siempre, en una búsqueda fortuita de la propia identidad que no puede dejar de alterarse a medida que avanza el relato, a paso de hormiga, sobre la página. Bauman lo bautizaría como “el personaje líquido”. Define a estos personajes sus cambiantes estados de humor en respuesta a lo que el mundo o la historia mínima propone. Estos relatos podrían haber sido contados de muy distinta manera si el narrador se hubiese levantado de la cama picado por otra pulga. Nada más mudable que el humor para otorgarles —a estos relatos— una rara consistencia y solidez.

Existe también en Agua corriente una lectura de la realidad política y social mexicana, tan parecida a la peruana o a la latinoamericana en pleno. Sin embargo, enemigo de la literatura comprometida con la denuncia social (me refiero a mí como lector), es un alivio que esta vertiente esté profundamente perturbada, distorsionada o dislocada, por elementos fantásticos o absurdos. Además de esa mirada cínica, desencantada y al mismo tiempo risueña (alegre sarcasmo a partir del patetismo de ciertas situaciones) que acompaña este breve volumen de relatos. (Mientras leía a Ortuño recordaba a Donald Barthelme. Existen pocas traducciones —que no han sido nunca reeditadas— de los relatos de Barthelme. Escritor excepcional que hasta antes de leer a Ortuño, me parecía único en su especie).

Son trece los relatos. Algunos de ellos los releeré alguna que otra vez: “El grimorio de los vencidos”, “Agua corriente”, “Pseudoefedrina”, “Historia del cadi, el sirviente y su perro” (cuento que habría que añadir a Las mil y una noches) y “Escriba” (siempre es otro el que escribe).

Este martes 14 es la presentación del libro, los comentarios correrán a cargo del narrador arequipeño Juan Pablo Torres Muñiz, en el Centro Cultural Peruano Norteamericano. A las 7 p.m.

 

 

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