CRÓNICA: Tener 16 años

Cultural El Búho

 

Un adolescente del Centro Juvenil Alfonso Ugarte nos cuenta una historia de vida.

Por Orlando Mazeyra Guillén

ALCOHOL_DROGASEl 23 de abril, al celebrarse el día internacional del Libro y del Idioma, culminé un pequeño taller de escritura creativa que dicté a jóvenes del Centro Juvenil Alfonso Ugarte. Allí, en la avenida Alfonso Ugarte del Cercado de Arequipa, opera una institución que intenta reinsertar con éxito a adolescentes en conflicto con la ley penal.

Los temas más recurrentes en sus narraciones eran el alcohol, las drogas, las malas compañías: la violencia en la familia —en hogares muchas veces desintegrados— y, por supuesto, en la calle (robos, pandillaje). Me daría mucho gusto compartir cada una de las historias de estos muchachos que tratan de dejar atrás un pasado sombrío. Todos ellos desean ser hombres de bien.

A continuación, una experiencia de vida que habla de la juventud actual, escrita por el adolescente Santiago X. Este relato es un testimonio breve pero aleccionador; y puede que el hijo, la hija del lector o, al fin y al cabo, este último se sienta identificado. No hay mejor manera de enfrentar los problemas de la juventud que escuchando a los jóvenes: saber dónde empieza todo para cortar el problema de raíz.

 

TENER 16 AÑOS

Por: Santiago X

Empieza un día como cualquier otro y Santiago, el menor de los hijos de una pequeña familia de cinco integrantes, se levanta de la cama apenas siente el sonido del despertador de su teléfono celular. Bosteza y murmura cosas que no se pueden entender.

Se quita la ropa para darse un duchazo y, de repente, suena su celular: es Manuel, su mejor amigo.

—Aló, Manuel.

—Hola, Santiago, estoy algo apurado. Sólo te puedo decir que traigas hartas botellas de lo que tú ya sabes al parque y luego nos iremos a buscar flacas —le dijo Manuel con voz apurada—. No me decepciones —y colgó sin despedirse.

Santiago recogió su mochila del suelo y luego la llenó con varias botellas de licor que tenía escondidas en su habitación. E inventó un pretexto para poder salir al encuentro de su amigo:

—Vieja, ya me voy a jugar una pichanga con Manuel, tal vez me quede hasta mañana, no te preocupes… yo te llamo —le dijo Santiago.

—¿Otra vez? —le reprochó su madre mirándolo con enojo—. ¡Pero si ya fuiste la semana pasada y no llegaste a la hora que quedamos!

—Ahhh —murmuró él—, ya pues, mamita, te prometo que voy a regresar temprano, no te preocupes.

Y salió corriendo de su casa.

¡Qué voy a hacer con este chico!, pensó su madre.

Santiago llegó al parque y vio cómo Manuel lo esperaba, sentado en una banca, muy impaciente:

—¡A qué hora llegas! ¡Apúrate que se hace tarde, Santiago!

—Ya, levántate —le respondió —. ¡Vamos a la discoteca!

Manuel se levantó del asiento y verificó el contenido de la mochila de Santiago: se alegró muchísimo y luego de esto se hicieron el saludo cómplice de costumbre (un saludo que sólo los dos conocían, amigos de toda la vida).

Después de un rato de estar en la discoteca, dos sujetos se emborracharon hasta prácticamente perder el equilibrio, pero se abrazaron, el uno al otro, y no se cayeron. Luego buscaron problemas y provocaron a Manuel. Se armó la bronca y todos salieron a la calle.

Santiago, fuera del local, se percató de que Manuel sacó un cuchillo de su pantalón.

—¿Pero qué haces, Manuel? —le preguntó tratando de calmarlo—. Es sólo una discusión de borrachos.

Lo tomó de la cintura y lo alejó de la pelea. Le pidió que se controlara.

—¡Ya me hartaste, Santiago! —exclamó Manuel—. Siempre tratas de ser el mejor, de portarte bien, de arreglar los problemas, de ser el niño bueno… ¡Te crees perfecto! Siempre hablando de tu familia, de tu mamá, para ti todo es felicidad… en cambio yo sólo vivo para tomar cerveza y fumar cigarros… ¡Para chupar y fumar! Yo no tengo familia como tú.

Manuel le siguió reprochando cosas a Santiago y levantó cada vez más la voz. Finalmente, amenazó, descontrolado, con el cuchillo a su amigo.

—¡Auxilio! —gritó Santiago presa de la angustia.

Entonces una persona que pasaba por esa calle intentó ayudar pero, al ver el cuchillo que sostenía Manuel, se asustó y corrió en búsqueda de la policía.

Manuel forcejeó con Santiago y llegó a herirlo: le cortó la palma de su mano derecha y Santiago empezó a sangrar, asustado. Se quedó quieto de la impresión, como en estado de shock. Manuel aprovechó y le hizo otro corte mucho más grande, esta vez en el estómago. Santiago sólo atinó a tomarse el vientre con ambas manos. De pronto, Manuel sintió la sirena de un patrullero de policía y se echó a correr sin rumbo.

Ya en el hospital, Santiago abrió los ojos y vio a sus padres a su costado: su mamá tenía la cara empapada de lágrimas.

—¡Hijo! —le dijo su madre—. ¿Por qué nos haces esto?

—¿Qué ha pasado? —preguntó Santiago—. No llores, mamá.

—¡Por qué no me hiciste caso, ojalá no te hubieras ido así de la casa!

Ingresó el doctor y observó detenidamente las heridas de Santiago. Le dijo que evitara moverse y se retiró.

Santiago le preguntó a su madre:

—¿Y Manuel?

—No sabemos dónde está —respondió su padre—. ¿Por qué preguntas por él, acaso Manuel estuvo contigo? ¿Él dejó que te atacaran y no hizo nada?

—No, sólo quería saber —mintió pensando en su amigo. A pesar de todo, Santiago no le diría a nadie que fue Manuel quien lo atacó e intentó matarlo. No delataría jamás a su mejor amigo. Sólo quería saber en dónde estaba y si acaso se encontraba bien. Quería darle a su amigo un abrazo… y también un poco de ese amor de familia que el pobre Manuel nunca tuvo.

 

 

 

 

 

 

 

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