El ciudadano Vargas Llosa

Sobre el volcán Juan Carlos Valdivia Cano

mario-vargas-llosa-en-arequipa

Al Movimiento Libertad, base Rosa Ara (Tacna) en la «jato» de Boris

 

 

Introducción

No se trata de la defensa de quien no la necesita. No se trata de un alegato a favor de quien ha vivido desde los 27 años escuchando alegatos a su favor y ahora tiene 78, amén de reconocimientos mil por todas partes y en todas las formas. ¿En qué lo puede afectar la opinión a favor, o en contra, de unos cuantos compatriotas a estas alturas? Tampoco se trata sólo de la denuncia de esos compatriotas que se niegan a conocerlo o reconocerlo. Se trata de lo que esta actitud revela respecto a la idiosincrasia, a la identidad profunda de ese pueblo que es el suyo. Esto es lo que interesa; esto es lo que importa.

Porque si se tratara sólo de lo primero (defensa o alegato) bastaría con recomendar algunas obras literarias, como por ejemplo dos cuentos favoritos de Julio Cortázar («La lección del maestro» de Henry James y «La muerte de Iván Ilich» de León Tolstoi), donde la literatura deja de ser únicamente «la inminencia de una revelación», como la definía Borges, para volverse la revelación misma. Porque lo que se expresa en el primer cuento, explícita y espléndidamente, es la condición básica o esencial que hace posible un gran escritor: un gran hombre. Y en el segundo, desgarradora y lucidamente, lo que no es precisamente un gran hombre, en todos sus detalles: el más mediocre de los hombres. Lo que Nietzsche llamaba «el último hombre». O El héroe discreto del mismo Vargas Llosa, en idéntico sentido al de esos dos cuentos, pero extendido al hombre común y corriente, de cualquier grupo social o condición, capaz de ponernos en bandeja el sentido de la existencia.

I

Más injusto e importante que el rechazo político o literario a Mario Vargas Llosa, especialmente de parte de sus paisanos, es el rechazo espasmódico, la diatriba freudianamente racionalizada, la frase hipocritona cuando, se trata de su persona, de sus rasgos o de su carácter personal (sí, escribe bien… pero).Esa mala voluntad nacional para (re)conocer no sólo sus esplendidas virtudes como ser humano sino la cantidad y el carácter de estas virtudes y su sentido, más acá o más allá de la literatura. Sin embargo, muchos de sus paisanos lo detestan abierta o veladamente aun en su propia ciudad. Por ejemplo, una autoridad educativa que lo miraba de pasada en la televisión comentaba: otra vez el sabiondo; un reconocido intelectual recibiendo gratuitamente la copia de un artículo de Vargas Llosa: de todo se ocupa este tío ¿no? Tratándose del más famoso de los escritores peruanos en este siglo y en el anterior, ¿no vale la pena preguntar el porqué de este rechazo?

Esa mala voluntad no puede explicarse solamente por la ignorancia respecto de su vida y, lo que es escandaloso, de su obra. ¿Cómo rechazar a alguien que no se conoce, salvo una o dos novelas mal leídas y peor asimiladas de las cuales no se saca ninguna conclusión? Es cierto que la mala y escasa lectura en el Perú es un hecho objetivo (sobre todo para quien, como el suscrito, está vinculado diariamente a jóvenes entre 16 y 24 años), así como las ingenuidades populares como la de creer que un escritor de talla mundial, con Nobel o sin él, es sólo alguien que escribe bien, independientemente de sus valores personales y de su peso ético especifico. Vargas Llosa está lejos de ser sólo un fulano que escribe bien y nada más. Debería ser obvio, pero no lo es. Si así fuera significaría que se podría llegar a ser un escritor de esa talla con unos buenos cursos de redacción o algo semejante. Pero eso no explica por qué escriben bien muchos que no han seguido ningún curso de redacción, ni explica sobre todo, de manera suficiente, la antipatía ad hominen, el rechazo al hombre que escribe magníficamente bien y que probablemente no ha seguido ningún curso de redacción en su vida.

Sospecho que también interviene en ese rechazo un resentimiento más o menos profundo contra lo que el escritor peruano representa como persona, como ser humano, rasgo por rasgo, seña por seña. Y que no habla de Vargas Llosa sino de la identidad de los peruanos. ¿Es necesario demostrar que en el Perú el resentimiento es una conducta muy extendida socialmente? ¿Que no es un simple sentimiento sino la compleja consecuencia de la impotencia auto punitiva, la pobreza mental, la menesterosa capacidad crítica y autocrítica, los prejuicios y supersticiones?,¿un boomerang envenenado que se lo dispara uno mismo? Una conducta tan extendida como ignorada y no sólo por la multitud sino también por muchos intelectuales que no lo han abordado como tema de sus pesquisas. ¿Y qué es más antitético al peruano medio que el tipo Vargas Llosa? ¿Qué es más lejano al hombre medio peruano que un hombre moderno, independiente, democrático, disciplinado, triunfador, bien vivido y encima guapo? Lo que provoca ese rechazo es precisamente lo que los futbolistas y otros famosos, ricos, triunfadores y guapos no tienen: la singularidad de la visión, la actitud y la alta conciencia crítica, el espíritu de rebelión, el valor de los seres que se atreven a ser y a decir las cosas como son sin pensar si eso los favorecerá o no, los hará más o menos populares o no. Actitud que es, en el fondo, mal vista en una comunidad que tiene todavía varios rezagos ideológicos premodernos…y más que rezagos.

Aun reconociendo errores como el de sus alianzas y rechazos políticos algo conservadores, ¿cómo explicar el resentimiento o la antipatía a un ser pleno de las más diversas cualidades humanas? ¿Por qué tantos peruanos niegan de plano esas cualidades como si no existieran, como si no estuvieran en él? Personalmente es lo que más me sorprende respecto a la imagen peruana sobre el escritor peruano. La manía popular de no ver lo que no se quiere ver, esa multiplicidad de cualidades que explican su gran consistencia y su espléndida unidad de estilo: el pensamiento, la creación literaria, la apasionada preocupación política y la coherencia ética, contra viento y marea.Y casi sin defectos si lo comparamos con otros grandes escritores, salvo el de no saber hacer nada, como ha denunciado cariñosamente su esposa Patricia.

Esa plenitud se expresa, en síntesis, en su pasión ciudadana que se dilata con la gran inteligencia, la rica imaginación y una enorme fuerza que se traduce en su rigurosa disciplina profesional, en su gran capacidad de creación, acción y producción, en sus múltiples actividades por todo el planeta, en la enorme calidad de su obra, en su tenacidad y consecuencia, que no significa estancarse en los dogmas de la infancia y la adolescencia, como muchos compañeros y camaradas creen, sino en el aguerrido afán de cambio y libertad. Aquí llamamos potencias a esas virtudes para no confundirlas con cierta bobada moralista que llama virtud a la bonhomía, a la debilidad, a la falta de carácter o voluntad. Eso que en peruano se llama «buena gente», que no es más que un adjetivo a punto de hacer sinonimia con la estupidez. Mientras que «virtud» empieza con un prefijo latino «vir», que significa fuerte, de «material noble», no «buena gente».

Pero hay otra explicación adicional al rechazo anti vargasllosiano: su cosmovisión es muy opuesta a la de la mayoría de sus tradicionalistas paisanos, en todos los grupos sociales, porque es uno de los pocos peruanos y el más representativo de lo que supone un verdadero liberal, un demócrata y un republicano, en un contexto tradicionalista y conservador. Y eso implica su preocupación genuina por la «cosa pública», por la res pública. Vargas Llosa es un paradigma de ciudadano republicano, alguien totalmente identificado con el todo social en un país anti republicano por excelencia, que todavía está lleno de símbolos exclusivos de una sola Iglesia, incluso en las oficinas públicas, en una República que debería ser laica. Lo único que ha hecho Vargas Llosa es vivir a la altura de su tiempo y, lo que debería ser evidente para sus paisanos, por delante del tiempo peruano.

II

Se derivan de lo dicho anteriormente algunos malentendidos que explican también el rechazo en relación a la personalidad de nuestro escritor, que tienen que ver con un problema de perspectivas valorativas. Los valores vargasllosianos son incompatibles con los valores reales de la mayoría peruana católica, que nunca se ponen en cuestión, así como los principios o fundamentos de los cuales se derivan dichos valores. Eso debido a las características propias de nuestra compleja idiosincrasia peruana predominantemente premoderna y también a la cantidad y el peso de los poderes interesados en que ese examen crítico no se haga jamás.

Lo que está mostrando hoy Mario Vargas Llosa, con la prueba irrebatible de la edad, es un espíritu que se renueva y se ha renovado constantemente a fuerza de creatividad, de producción, de acción gozosa estimulante y estimuladora, en medio de todos los problemas que se ha comprado a lo largo del mundo (pudiendo muy bien darse la «gran vida» y pasarla como el «pacha»). Es un joven de 78 años en la plenitud de sus facultades y de su potencia. Y es el ejemplo vivo de dicha potencia para las generaciones presentes y futuras. No es ético negarlas u ocultarlas o rechazarlas, sobre todo cuando se dan juntas en un sólo ser y ese ser es peruano. Es decir, no es saludable socialmente porque desperdiciamos un personaje muy nuestro, con inmejorable potencial motivador, es decir, educador, un verdadero maestro.

El rechazo de sus paisanos sólo puede ser explicado por la envidia impotente que provoca el tipo humano fuerte y poderoso cuando, además, posee éxito novelesco, riqueza material que, además, vive haciendo lo que más le gusta. La envidia y el resentimiento se explican. Lo que es más difícil de entender es cómo se mantiene ese rechazo a pesar de los enormes elogios, premios y reconocimientos en todo el mundo. Mi hipótesis, lo dije, es el resentimiento ¿Todos se equivocan? ¿Hay un complot mundial a su favor? Vargas Llosa no podría ser profeta en una tierra típicamente antiliberal. Veamos un ejemplo de su personalidad, de sus rasgos éticos característicos y su actitud política en relación con la de su colega Gabriel García Márquez. A lo lejos, con la distancia que da el tiempo, se pueden ver con más claridad las actitudes políticas de los examigos más famosos de la literatura mundial. Gabo aceptó la comodidad y los mimos del poder, olvidando que un intelectual (latinoamericano especialmente) no puede dejar de lado su misión fundamental de crítico del poder, de todo poder, especialmente del poder dictatorial que Vargas Llosa tuvo el valor de denunciar contra la opinión de medio mundo desde los sesenta. Tenía razón y la historia se la ha dado contundentemente.

Sin embargo, por su consecuencia y coherencia se ha hecho cientos de enemigos y, en primer lugar, los fujimoristas, que tienen el cínico descaro de atribuir la actitud de Vargas Llosa frente a la dictadura más corrupta y más perjudicial en la historia peruana, nada menos que al resentimiento, confirmando el ígnaro atrevimiento, además de la estupidez. ¿Quién tiene menos razones en el mundo que Vargas Llosa para ser un resentido? ¿La derrota electoral? ¿No revela esta hipótesis la capacidad psicológica de un pirañita en quien la sostiene? ¿No guardó silencio durante dos años después de esa derrota hasta que el delincuente peruano japonés disolvió el Congreso? ¿Es esa la actitud de un resentido?¿Se ha pensado alguna vez, se ha leído algunas líneas respecto del carácter del re-sentimiento, de su entraña psicológica o antropológica, de sus rasgos intrínsecos esenciales? ¿No tiene mil veces más razones para estar resentido el perpetuamente enjaulado ladrón y asesino y su impresentable hija, aunque la jaula sea de oro, con jardines, jacuzzi y «enfermera»?

Mientras que, respecto a su colega y examigo caribeño, no hay lector que no lo quiera, que no adore a Gabo, que no disimule, soslaye o perdone su actitud ético política frente a Cuba, que apoyando un sistema obsoleto y cruel para el pueblo cubano, se zurró en la democracia como única posibilidad para salir del subdesarrollo en América Latina. Es muy fácil para un famoso ganarse el aprecio de las dictaduras y sus variadas ventajas y gollerías apoyándolas con todo, haciendo lo (que fue) políticamente correcto hasta hace poco: marquetear «dictaduras buenas». Gabo ha tenido décadas para rectificarse y no lo hizo. Vargas Llosa no dudó en incomodarse e ir contra la corriente y caer pesado y hacerse odiar por defender los principios democráticos y liberales. Ésa es la diferencia. Desde Grecia y Roma eso se llama buen ciudadano. Para lo cual no basta evidentemente con cumplir 18 años y poseer una tarjeta emplasticada de color piscina sucia, llamada DNI.

Eso también es lo que le reconoció la Universidad de Lima al concederle el doctorado Honoris Causa por primera vez en el Perú. Otras universidades en la región prefirieron a Alberto Fujimori y a Blanca Nélida Colán. Es que las buenas (y malas) universidades lo demuestran con sus hechos y con sus razones, que no son necesariamente las de la mayoría. Por eso al otorgar el más alto título académico a Mario Vargas Llosa, la Universidad de Lima no buscaba consenso político sino reconocerlo públicamente, cosa que (¿por casualidad?) a nadie se le había ocurrido hasta ese momento, antes del Nobel y cuando nadie lo esperaba. Lo cual no sólo es justo con la persona del escritor sino un deber y una necesidad pedagógica social que habla muy bien de esa institución.

III

La sociedad que no reconoce los méritos de individuos que lo merecen desprecia la necesidad de mitos vivientes, de paradigmas de carne y hueso, de ideales en la formación de niños y jóvenes y desestimula al resto, contribuyendo al caos de autoridad y dirección, sin referentes (saludables) salvo los futbolistas y los esperpénticos personajes de la farándula. Así surgen dirigentes políticos que parecen brotar de la época de las hordas y salen elegidos por mayorías manipuladas desde el nacimiento y toman las riendas para hacer de las suyas, como ya lo sabemos los peruanos.

Sin embargo, de cada diez paisanos interrogados acerca de la personalidad de Vargas Llosa, siete responden con un estribillo muy semejante: «Sí… pero…». Si no lo cree, haga usted mismo su muestreo entre parientes y amigos. Y los peros pueden variar de matiz, pero siempre apuntan a restar méritos, a minusvalorar, ningunear o desconocer lo que en todo el mundo, menos en el Perú —exceptuada la Universidad de Lima— se reconoce: que todo gran escritor supone necesariamente un gran hombre. Pero un gran hombre no es un santo ni un tío buena gente, por supuesto.

Contra lo que creen algunos –entre ellos Mario Bunge– en la creación de una gran literatura no todo es arbitraria y descocada fantasía. Con la misma necesidad que en la ciencia pero con objetivos, métodos y técnicas diferentes, la literatura exige también un implacable rigor, es decir, una gran capacidad crítica y autocrítica, ya que no se trata sólo de divertir al lector sino de «recuperar el ser», como señala Kundera, mutilado por el cientificismo positivista y demás ideologías y supersticiones pseudomodernas.

Ocurre que la conducta de un gran escritor —un Edgar Poe, un Rimbaud, un Baudelaire, un Oscar Wilde, por ejemplo— no siempre está al alcance de la capacidad estimativa del vulgo, debido a la baja calidad educativa, los prejuicios, supersticiones, etc., especialmente de los que no se dan el placentero trabajo de leerlo y pensarlo en sus artículos y ensayos. Y ese rigor no se logra sólo con la internalización de técnicas y métodos literarios. Una gran novela, un gran libro de artículos y ensayos, como los que produce nuestro escritor, únicamente son posibles gracias a una gran lucidez intelectual, que no puede desligarse de una coherencia ética y política y una preparación larga, constante, apasionada y feliz. La solidez cultural, la finura psicológica (la bien rumiada experiencia de vida que supone), la capacidad de seducción, persuasión y belleza del discurso, el sobrio e impecable manejo del lenguaje que implica todo ello, la sencillez y transparencia, no son meros datos azarosos sino los componentes y la expresión del genio moral, como creía Allan Poe, aunque no todos vean la vinculación entre unas y otras.

Tal vez la imagen de Vargas Llosa representa en el inconsciente colectivo peruano todo lo que ese colectivo adora, envidia, sueña o apetece, muchas veces inconfesamente, como algo absolutamente inalcanzable. Por lo menos respecto a lo que aparece en la superficie del éxito mundano (económico, social y político) sin tener en cuenta la extraordinaria aventura espiritual y la realización personal. Todo esto es quizá demasiado en un país maltratado y frustrante. Vargas Llosa es la imagen viva del poderoso, del exitoso, aunque no por el voto popular sino por sus cualidades intrínsecas. Y eso jode a muchos. Una especie poco comprendida y menos querida y emulada en el Perú. Porque es la imagen del hombre auténticamente moderno en un país básicamente premoderno.

Epílogo anecdótico

Es flagrante y absurda mezquindad, en suma, no reconocer con gratitud la calidad no sólo intelectual y creativa sino ética de Mario Vargas Llosa. Opino como lector, por supuesto, como testigo beneficiario desde la primera vez que, furtivamente, en clandestina tensión, lleno de vergüenza y de deseo, leía La ciudad y los perros, que tomaba sin su permiso de la biblioteca del doctor Clohaldo Salazar Penailillo (en cuya oficina de Ugarte dizque practicaba en la época de cachimbo por fraternal sugerencia). Y unos años después, en 1971, cuando lo conocimos físicamente en el auditorio del Aquelarre en la calle La Merced, con motivo de la presentación de su Historia de un deicidio, su hermosa tesis de doctor sobre la obra de su entonces amiguísimo Gabo.

Recuerdo que esa noche irrepetible, fugando de la universidad con la grata complicidad de Mercedes Vélez, llegamos un poco tarde, cuando el auditorio estaba repleto. Lo cual aprovechamos como pretexto para instalarnos de pie pero, tan adelante, que terminamos a un costado del conferencista, a unos pocos metros. Esa noche comprendí maravillado cómo se puede dar una conferencia (actividad que yo consideraba hasta entonces invariablemente pomposa, tediosa e interminable) para que sea una entretenida y simple conversación con un amigo de dicción perfecta.

Esa noche comprendí también, mucho mejor, la noción de literatura de nuestro admirado profesor Enrique Ballón, para quien la literatura era la declaración específica, de un amor específico a un ser específico, es decir, sin caer en el estereotipo, el lugar común o la desvergüenza de repetir como Pedro a María, o Jesús a Paula, o fulano a mengano: «María, te amo», «Paula, te amo», «Mechita, te amo». Y comprendí también, algo embobado, que la literatura era literalmente el homicidio de Dios en aras de la creación de un nuevo mundo.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

SUSCRÍBETE A NUESTRO NEWSLETTER

SUSCRIBIRSE