Polvoriento bienestar

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Domingo de pascua, helado y lluvioso, ideal para dormir, aún sin tener sueño, sólo por el placer ocioso de descansar. No obstante, despierto cansado y molesto por el ruido metálico de ollas y cubiertos que chocan entre sí haciéndome doler la cabeza.

Es domingo de pascua, domingo de resurrección, pero yo como siempre despierto con ganas de no haber despertado. Mi madre cocina, desde muy temprano, el caldo tradicional de Semana Santa. Escucho el agua hirviendo, burbujeando dentro las ollas y en mi cabeza puedo ver como la gallina que anoche ayude a desplumar se cocina víctima del calor.

Imágenes de un sueño dulce, pero viejo, se disparan inconexas por mi cabeza. No logro ordenarlas, no puedo darles ningún significado. Cierro los ojos y es como estar dentro de un agujero, dentro de una oscuridad que trata de parecerse a la tristeza. No sé bien cómo explicarlo, sólo sé que quiero volver a dormir y con algo de suerte poder soñar.

Soñar es una mierda cuando hay que despertarse, pero es mejor que este desasosiego.

En el cuarto del lado, el enamorado de mi mamá también trata de dormir pero, al igual que a mí, el ruido parece impedírselo. Él es un buen hombre, me agrada, pero en el momento que enciende el televisor en el canal deportivo no puedo hacer otra cosa que odiarlo. La voz del locutor se escucha hasta mi habitación, narra goles y proezas deportivas de las cuales no me quiero enterar. Las ollas y el fútbol se mezclan acrecentando la bulla que ahora, de manera insoportable, inunda toda la casa.

Hace semanas que no bebo y, sin embargo, puedo sentir claramente la resaca agriándome la boca. Mi vida es una resaca, siempre una resaca. Estoy tan cansado de todo. Si no duermo me volveré loco. Giro sobre el sitio y me acurruco entre las frazadas. Tengo frío. Me doy otra vuelta entre las sábanas, desordenando la cama. Desesperado por dormir intento concentrarme en el sonido de mi respiración hasta que, por fin, el silencio, acompañado por la oscuridad, lo envuelve todo a mí alrededor…

La luz cálida de la tarde. Un dorado y polvoriento bienestar. Ella que sonríe y yo que no puedo dejar de fumar. Calidez y ligereza. Caminamos de la mano, pero hay lástima en sus ojos, conmiseración. Le invito un cigarrillo, trato de besarla, pero no me deja. Inseguridad y ternura. Frustración. Las calles vacías y nuestros pies silenciosos, el mundo parece nuestro. Si alguien viera nuestros dedos, nuestros dedos enlazados, pensaría…. Yo también quisiera poder pensar, pero…

Un fuerte ruido proveniente de la cocina me regresa a mi cuarto, al frío, a la resaca inacabable. Las lágrimas se desprenden de mis ojos. No entiendo por qué. Caen por mis mejillas completamente ajenas a mi voluntad, como si este llanto no fuera otra cosa que una herida cuya hemorragia no soy capaz de contener. Otra vez no logro recordar que es lo que he soñado pero estoy triste, realmente triste.

Otro ruido, otro estruendo metálico hace vibrar el aire y termina de despertarme. Finalmente las lágrimas se detienen. Las seco y tomo un cigarrillo de mi mesa de noche, me limpio la cara y mirando el techo fumo mientras me esfuerzo por recordar que era lo que había estado soñando. No puedo recordar. No quiero.

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