El sueño de la razón…

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segunda guerra mundial

Alguien dijo que la Segunda Guerra Mundial fue un enfrentamiento entre hegelianos de derecha y hegelianos de izquierda. La frase rebosa de significado. En el prefacio de la Filosofía del Derecho Hegel afirma que “Lo que es racional es real; y lo que es real es racional”; más adelante agrega que “la realidad de la Idea ética” y “lo racional en sí y para sí” es el Estado. Su pensamiento fue interpretado de maneras distintas.

En el siglo XX la derecha hegeliana infirió que si el Estado fascista era intrínsecamente racional —por ser el último y más perfecto desarrollo de la Idea—, entonces “el Estado lo es todo, el individuo nada”. Mussolini aclaró este eslogan al escribir que “para el fascista todo reside en el Estado, y nada que sea humano o espiritual existe, ni tiene valor, fuera del Estado. En tal sentido, el fascismo es totalitario, y el Estado fascista interpreta, desarrolla e incrementa toda la vida del pueblo.” De otro lado, la izquierda hegeliana consideraba que el Estado racional existía únicamente en los libros, no en la vida real; en consecuencia, había que cambiar el Estado real en función de la Idea del Estado. De ahí que el hegeliano Marx asumiera que el Estado —en cualquiera de sus formas (incluso aquella donde el proletariado ha tomado el poder)— es un fenómeno transitorio en el dialéctico devenir de la historia, y que si alguien sostenía lo contrario sólo trataba de legitimar el injusto e irracional statu quo. Así pues, para Marx “la realidad de la Idea ética” estaba más allá del Estado, en la sociedad sin clases del paraíso comunista… ¡qué bonito suena eso!

Por lo demás, la frase que comento lapida un célebre tópico: los filósofos serían buenos gobernantes. A Russell le extrañaba que esa propuesta aún goce de prestigio. Es más, él sentía repugnancia por La República de Platón, ya que la sociedad ideal que allí se describía era similar a los totalitarismos nazi y soviético. Es curioso que Russell —un insigne representante del gremio filosófico— desestime la idoneidad de sus colegas para administrar el poder. ¿Y qué cosa puede ser más filosófica que la Dialéctica hegeliana (componente esencial de la ideología marxista)? Lo cierto es que la gestión pública de Lenin, Stalin y el resto de sus camaradas deja mucho que desear.

La frase sobre la guerra civil entre hegelianos señala también el papel determinante de la URSS en la derrota de Alemania. Recordemos por qué Stalin y Mussolini se mantuvieron neutrales durante la primera fase del conflicto: ambos pensaban que el nuevo choque entre Francia y Alemania recrearía la situación de estancamiento y desgaste de 1914 a 1918. Cuando Hitler logró un triunfo fulminante, Mussolini (calculando mal otra vez) se unió a él suponiendo que la derrota de Francia era el equivalente de ganar la guerra. Por su parte, Stalin contemplaba aterrado a un ejército alemán que salía de la batalla prácticamente intacto, con la moral muy elevada y que ahora contaba con el inmenso botín de guerra tomado en Francia.

Británicos y norteamericanos no cesan de ponderar la trascendencia de la batalla de El Alamein o de los desembarcos de 1944 en Normandía. Ante todo, el frente africano era un escenario secundario en los planes estratégicos de Hitler, y el Día D solamente sirvió (en el mejor de los casos) para restarle un año a la guerra y para evitar que los soviéticos penetraran en Francia. En realidad, para los alemanes la suerte ya estaba echada desde 1941, al fracasar su Guerra Relámpago contra la URSS. El método de combate que funcionó en Polonia, Escandinavia, Francia y los Balcanes falló contra la Unión Soviética. Y no es que el ejército alemán incumpliera su trabajo —la Wehrmacht capturó cientos de miles de soldados, conquistó importantes ciudades y ocupó un tercio de la Europa soviética—. Es que Stalin poseía recursos humanos e industriales casi ilimitados, y podía darse un lujo que ningún otro rival de Hitler pudo concederse: sacrificar extensos territorios a cambio de ganar tiempo. Además, Hitler hasta entonces sólo había atacado a países con gobiernos civilizados, que ante la perspectiva de someter a sus pueblos a sufrimientos indecibles prefirieron rendirse.

Los dirigentes soviéticos carecían de esa “sensibilidad social” —la cual, paradójicamente, suelen arrogarse los izquierdistas—. Para Stalin el bienestar o la vida de sus compatriotas era prescindible en aras de un fin superior: el utópico paraíso comunista —no sin razón se acusa a los marxistas de usar el futuro como coartada para sus crímenes—. Hasta llegó a decir que “Una muerte es una tragedia; un millón de muertes es una estadística”, y veintiséis millones de muertos atestiguan que no lo dijo en son de broma. Él prefería que ciudades sitiadas permanecieran desabastecidas y sometidas al bombardeo en lugar de entregarlas a los nazis —el pretexto para negar la evacuación de los habitantes de Stalingrado es inolvidable: el Ejército Rojo no debía tener la sensación de combatir por una ciudad vacía—. Sabiendo esto, ¿puede sorprender que un millón de ciudadanos soviéticos luchara del lado de los alemanes? No imagino a las autoridades francesas ordenando en 1940 que París fuera defendida a toda costa. En contraste, Stalin no tuvo ningún reparo en que Leningrado padeciera un sitio de 900 días, en el que un millón y medio de sus habitantes murió… El régimen nazi era bárbaro, y para vencerlo se necesitó de un régimen más bárbaro todavía. A la postre, en buena parte de Europa la victoria soviética no significó la libertad, sino un relevo de amo.

 

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