Sigmund Fraude

Fiesta de la Significancia Avatar

Miguel Zavalaga

Borges afirmaba que “La filosofía y la teología son, lo sospecho, dos especies de la literatura fantástica”. Para él nociones como la Mónada, la Voluntad o el Materialismo Dialéctico eran equivalentes a las ficciones literarias, y no encontraba diferencia sustancial entre Fenomenología del Espíritu y Madame Bovary. Cabría decir del psicoanálisis algo parecido, porque de los literatos a quienes no se concedió el premio Nobel, la injusticia más flagrante no se cometió contra Joyce, Proust o Borges, sino contra Freud (el más grande fabulador de todos los tiempos).

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Sin duda el logro de Freud fue encubrir una terapia de eficacia discutible tras una sugestiva y provocadora visión del mundo. Él pretendía el estatus de ciencia para su doctrina, y lo consiguió de facto. Evoquemos un episodio aleccionador. En Francia los autistas sólo reciben el tratamiento psicoanalítico por parte del sistema público de salud. Cuando los padres de muchos pacientes comenzaron a cuestionar los beneficios de esta psicoterapia —que, entre otras cosas, consiste en desnudar al niño y envolverlo en una sábana helada para que “reviva el trauma del nacimiento”—, se encargó a una comisión investigadora evaluar su eficacia. La comisión concluyó que el tratamiento psicoanalítico no servía de mucho (incluso podía ser contraproducente) y recomendaba que en su lugar se adoptara la terapia cognitivo-conductual. El problema con el enfoque psicoanalítico era que negaba las evidencias científicas: para los freudianos el autismo no es un trastorno somático, sino psíquico —lo cual implica que los pacientes inconscientemente han elegido ser autistas—. El 2004, cuando las conclusiones del informe se hicieron públicas, el gremio psicoanalítico generó un escándalo. Su enorme poder institucional obligó a que el propio ministro de salud se disculpara. Esta influencia (excepcional entre los países primermundistas) se explica por la peculiar mentalidad del intelectual francés. Él, en general, no busca la verdad ni expresar ideas con exactitud y claridad, sino que se siente inclinado a deslumbrar al lector y a diferenciarse por todos los medios de los pensadores que le precedieron. Además, estos mismos intelectuales —cuya percepción paranoide les hace sospechar de todo y encontrar conspiraciones donde no las hay— prefieren la práctica psicoanalítica por su carácter “subversivo”, y repudian otros métodos terapéuticos (en particular el tratamiento cognitivo-conductual) por considerarlos herramientas de control social; es decir, basan su rechazo en motivos ideológicos, no en razones técnicas. El prestigio del freudismo en Latinoamérica tiene una causa más banal. Mientras que muchos se enorgullecen de que Argentina sea una “potencia mundial” en psicoanálisis, Mario Bunge objeta que ese hecho es más bien consecuencia del subdesarrollo de su país.

Recuerdo a un catedrático que solía decirnos que “Jung superó a Freud”. Es posible que la obra de Jung sea más interesante que la de Freud, pero esa “superación” no la hace más científica —pues nada tiene que ver con el modo en que la Teoría de la relatividad superó a la Teoría de la gravitación universal—. No está de más señalar algo: en tanto que toda ley científica expresa de forma precisa regularidades confirmadas por la observación sistemática, el núcleo duro del psicoanálisis lo conforman experiencias personales que Freud caprichosamente elevó al nivel de leyes psicológicas de validez absoluta. Aunque su casuística era insuficiente para sacar conclusiones generalizables, él siempre anheló el reconocimiento de la comunidad científica. Jung no, y ese fue el motivo de su distanciamiento. A Freud le parecía que las “investigaciones” de su discípulo ampliaban demasiado el campo del psicoanálisis, restándole más credibilidad todavía entre los científicos. Sin embargo, Jung no estaba dispuesto a inhibirse sólo para contentar a su maestro.

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Pese a que empleamos profusamente en el lenguaje cotidiano expresiones como complejo de Edipo, recuerdos reprimidos, inconsciente colectivo o trauma del nacimiento, cualquier enunciado del que formen parte carece de sentido, porque se trata de expresiones sin contenido empírico —no representan nada aprehensible directa o indirectamente a través de los sentidos—. Sí, son especulaciones metafísicas que no pueden relacionarse con datos obtenidos de la observación o la experimentación, pero esa condición no las invalida necesariamente, ya que toda ciencia empírica (a diferencia de lo que pensaban los neopositivistas de primera generación) presupone hipótesis metafísicas, como son: el mundo existe independiente del sujeto cognoscente, el mundo es cognoscible, las ciencias empíricas son fiables reconstrucciones formales del mundo, el mundo se rige según las leyes de la Física, etcétera. No obstante, los presupuestos metafísicos sólo se admiten cuando armonizan con la estructura lógica y con los resultados prácticos de la Ciencia. El asunto es que la metafísica psicoanalítica no cuadra con ninguna teoría científica stricto sensu.

Si bien todos los herederos de Freud conservan sus ridículas ambiciones científicas, quien se lanzó con más desenfreno en ese rumbo fue Lacan. Este mistagogo introdujo en el aparato psicoanalítico todo tipo de nociones importadas injustificadamente de otros ámbitos (la topología, por ejemplo). El culto por los tecnicismos tenía una finalidad clara: complicar las cosas. Hasta la llegada de Lacan no se necesitaba ningún tipo de preparación para convertirse en un experto psicoanalista; bastaba con el heroico e iluminador autoanálisis —que en realidad no pasa de ser un sencillo examen introspectivo—. La esotérica jerga fue concebida especialmente para embotar el sentido crítico, desorientar a los no iniciados y dar la impresión de rigor conceptual. Armados con estos inútiles neologismos y falsos tecnicismos los lacanianos confieren a su discurso y a sus prácticas un aura de significancia que disimula trivialidades y absurdos… Ojalá ese oscuro y arrogante palabreo fuera un juego, pero como señalaba Karl Kraus, semejantes idioteces están destinadas a destrozar vidas.

 

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