Todos somos perros

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No me gustan los perros. Lo siento, sé que suena muy mal y pareciera que no tengo corazón al decirlo así, tan en público, tan abiertamente pero es la verdad. Los perros me desagradan y tenía que confesarlo. Y ya que estamos, aprovecharé para decir que, en general, no me gustan los animales puesto que me generan cierto nervio, cierta sensación de insalubridad, de agresividad y peligro latente (todo esto es completamente irracional, por supuesto).

Sin embargo, son los perros los que me resultan especialmente insoportables.

Todos mis amigos activistas y amantes de los animales, si están leyendo esto, a estas alturas, seguramente, ya estén buscando sus antorchas para ir a mi casa, al mejor estilo de multitud enardecida de Los Simpson, y matarme a mí y a mi familia. Así que mientras terminan de afilar sus trinches y machetes, déjenme explicarles un poco mejor de que va todo esto.

En mi defensa y en aras de la exactitud periodística, tendría que decir que más que odio o desagrado, lo que siento por los perros es temor. Miedo punzante y patológico, acompañado de la enemistad natural entre una presa y su cazador.

Está de más decirlo, en esta relación, yo soy la probable presa y los caninos, con sus enormes dientes y veloces patas, los cazadores.

No tolero a los perros y ellos no me toleran a mí. Me ladran cuando camino por las calles, rugen y me persiguen cuadras de cuadras hasta que caigo a la pista, me rasmillo las rodillas, se me rompen los lentes y un carro aparece de la nada solo para estar a punto de atropellarme. It´s a true story.

En aquella ocasión, la que narro en el párrafo de arriba, recuerdo, estaba caminando por San Lázaro bastante molesto, pues mi novia de la época acababa de darme un ultimátum cuyo único propósito era ultimar nuestra relación.

Aquel noviazgo, entre muchas cosas buenas y malas, tenía como principal y más visible característica el ser un constante pugilato, una lucha por territorios. Éramos como dos osos durmiendo en una cueva. Siempre de espaldas, dándonos zarpadas, intimidándonos, gruñendo, peleando por cada centímetro de espacio y, sin embargo, siempre juntos, pues era la única forma que conocíamos de sobrevivir.

Yo me encontraba en ese instante caminando por la calle, soltando metafóricos ladridos a través del teléfono hasta que un grupo de perros con sus ladridos literales me obligaron a salir, corriendo por mi vida.

Lo descrito más arriba ocurrió luego de eso y, aunque ni yo mismo lo crea, en medio de mi escape tropecé al cruzar la calle y mis lentes los rompió la llanta de un carro que bien pudo haberme aplastado la cabeza. Los perros no me tocaron pero casi me matan. Además, una vez en el suelo, la jauría que me perseguía me hubiera despedazado a mordidas si no fuera por un chico que los espantó a gritos y un pequeño perro blanco que, a punta de rugidos, los hizo retroceder.

Siempre les tuve temor a los perros, desde muy niño, pero fue luego de ese incidente que aprendí a tenérselo de un modo psicótico y paranoico.

Ahora, cruzó las calles cuando veo un perro en mi vereda y, si es más de uno, soy capaz de desviarme manzanas enteras en mi camino, solo para evitar tener que toparme con la jauría.

Mi miedo, se ha convertido con el tiempo, en un pavor absoluto.

No obstante ese pavor no me impide, solo por poner un par de ejemplos, colaborar siempre que el bolsillo me lo permite con los albergues caninos de la ciudad o hacer todo lo que pueda desde mi chamba en prensa para difundir algún evento de ayuda animal. Mi miedo, obviamente, tampoco me impide darme cuenta cuan idiotas son las personas que piden se sacrifique a todos los perros callejeros solo porque dan mal aspecto.

Cuando era pequeño, recuerdo, a pedido de mis padres, uno de mis tíos me obsequió una pequeña bóxer atigrada a quien nombré Lluvia. Era tan pequeña cuando me la dieron que aun a mis 8 años, con mis bracitos diminutos, podía cargarla sin ninguna dificultad.

El obsequio fue un intento de mis padres por hacerme perder aquel temor irracional por los animales. Fue un intento fallido, obviamente. Lo único que cambió en mi vida luego de conocer a la adorable Lluvia fue que había un perro, uno solo, al que no le tenía miedo. El resto me seguían (y me siguen) causando el mismo pánico.

Pero fue gracias a Lluvia y a esos ojos negros y tristes con los que me miraba el día que, de cachorra, me la presentaron. Esos ojos tan asustados como los míos, que aprendí a ver, en los perros, en los animales en general, ya no a las bestias babeantes, brutales y sedientas de sangre que hasta ese día creía, sino a animales tristes y asustadizos como nosotros.

Entendí, gracias a ella, que al fin y al cabo, todos somos perros gruñendo asustados, llorándole a la luna por un poco de amor. Siempre, en la búsqueda de aquel contacto, de aquel calor humano que nos salve de tanta soledad y desesperación.

 

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