Discurso electoral: sin pena ni gloria

Columnista invitado Alan Fairlie

Aunque no había demasiada expectativa, se desperdició la última oportunidad de dirigir un mensaje como estadista. Prefirió un discurso electoral de campaña.
Las ausencias
En efecto, no se hizo un balance del año o del período identificando la situación actual de desaceleración de la economía, creciente inseguridad ciudadana, proliferación de la corrupción, crisis institucional. Tampoco de los efectos climáticos y que harán frente al Niño que asoma con fuerza. Ni una palabra sobre las demandas sociales y regionales, los muertos y las víctimas de la represión indiscriminada por imponer este modelo a sangre y fuego. Ni adecuado diagnóstico, ni una pizca de autocrítica.
No se podía esperar entonces propuestas para enfrentar esos problemas centrales del país y de su población. Prácticamente nada de iniciativas del Ejecutivo a 60 días de haber recibido facultades legislativas. Ninguna convocatoria a las fuerzas políticas y sociales habiendo perdido el control del Congreso, con generalizada desaprobación ciudadana. Nada sobre la transición o las que deberían ser políticas de Estado. Casi ninguna mención a nuestro rol internacional, salvo una alusión tímida a la Alianza del Pacífico, atribuirse un supuesto éxito en la Haya (sin reconocer méritos a gobiernos anteriores), pero nada sobre lo que nos comprometen en el acuerdo Transpacífico (TPP) como camisa de fuerza al modelo en curso.
El mensaje electoral
Prefirió dirigir un mensaje electoral. Largos minutos a propagandizar las políticas sociales: beca 18, pensión 65, cuna más, becas Presidente, mayor gasto en educación, mayor cobertura en seguros de salud y hospitales, mayores gastos en infraestructura, mejores ingresos de docentes y trabajadores de la salud, etc. Una mezcla de méritos innegables de políticas creadas por el gobierno, con supuestos éxitos y récords históricos que no se condicen con las protestas y huelgas de los trabajadores del sector. No se aprecian los logros si se tiene una mirada centrada en Lima, afirmó. Seguramente se aplica para los beneficiarios rurales de alguno de los programas, pero no a las poblaciones de regiones que protestan y le reclaman no solo las promesas olvidadas sino las políticas contrarias a las ofrecidas en la campaña y con las que llegaron al gobierno.
Muy poco para el que sería el gobierno de la gran transformación, secuestrado por los grandes grupos económicos, sobre todo extranjeros (viva el nacionalismo) y los poderes fácticos, que a cambio de no tocar el modelo y sus privilegios ni con el pétalo de una rosa, le permitieron ese espacio de políticas sociales. Nada de la reforma tributaria, ni un pacto fiscal para un nuevo modelo de desarrollo. Nada asegura su continuidad en época de vacas flacas. Una declaración a las tribunas sobre la “diversificación productiva”, mientras se profundiza con estados de emergencia y decretos legislativos el modelo extractivista en curso, relajando estándares ambientales y derechos laborales (ni el salario mínimo le han dejado aumentar).
A dónde vamos?
Sin rumbo. Mejor dicho, seguir en el intento de profundización de la ideología del “perro del hortelano” y sus políticas, heroicamente resistida por el pueblo peruano, sobre todo en sus regiones. La misma ceguera que le hace creer (le hacen creer) que tendrá algún éxito relativo en la siguiente campaña electoral, con una bancada que lo trate de blindar de los juicios que se avecinan. No hay mensaje presidencial, porque sus mentores rezan para que se acabe ya el gobierno y pase rápido lo que falte para que asuma la administración otro de los suyos o que implementen sus políticas y sea funcional a sus intereses (ya están en costosas campañas los viejos y “nuevos candidatos”)
Y, que mientras haga el trabajo sucio que limpie el camino del repudio ciudadano, al que lo suceda. Triste final para quien despertara tanta ilusión en las mayorías desposeídas. Hay espacio para retomar esas banderas, y el desafío es vencer los vicios del pasado, los quintacolumnistas, y las indecisiones. Se vienen tiempos difíciles, pero ya hemos superado otros.

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