El legado de Chávez

Fiesta de la Significancia Avatar

Columna-Miguel-Zavalaga

Provocan estupor los reportajes que denuncian la apropiación ilícita del espacio público: gente que convierte las aceras en su estacionamiento, que construye una escalera en medio de ellas, o que simplemente las enreja. No obstante, eso es poco comparado con la venerable costumbre de bloquear carreteras por cualquier motivo. Y es que en este país sin Dios ni ley todo el mundo hace lo que quiere… empezando por el presidente, quien no tuvo ningún reparo en delegarle informalmente sus funciones a Nadine. Ya sé que para muchas personas éste es un tema menor, pero insisto: Humala debería ser el gran defensor de la Constitución y el principal garante de la institucionalidad, y si él es el primero en vulnerar la legalidad vigente, ¿con qué autoridad los funcionarios podrán exigir a los ciudadanos que la cumplan?

Para colmo, hace algunos días declaró que le enorgullece haber sido amigo de Hugo Chávez… Bueno, esto es como si alguien se felicitara por haber intimado con Hitler, Stalin o Abimael Guzmán. ¿Exagero? ¡Qué va! Si bien no llegó a ser genocida, Chávez fue el político más nefasto de la historia latinoamericana, no sólo por arruinar económicamente y polarizar ideológicamente a su país, sino por exportar su “socialismo del siglo XXI” al vecindario. Ese cóctel fatal, mezcla de mesianismo, demagogia, comunismo, patanería, populismo y petrodólares embriagó a muchos políticos e intelectuales de “la patria grande”. Con el pretexto de realizar la justicia social, lo que Chávez hizo fue crear un sistema clientelar de dimensiones nunca vistas por estos lares —aproximadamente un 60% de la población venezolana vive de la subvención estatal—. En otras palabras, compró el apoyo incondicional de los ciudadanos, y capitalizó su voto mediante un uso pervertido de las instituciones de la democracia directa.

Aunque quiera negarlo, el chavismo ha montado una dictadura, pues controla los tres poderes del Estado en complicidad con el Ejército —al que corrompió permitiendo millonarias y sobrevaluadas adquisiciones de material militar—. Con todo, eso no es lo más grave. Chávez destaca particularmente por su irresponsable manejo de la política económica: espantó la inversión privada a golpe de estatizaciones, engrosó la administración pública a un nivel demencial, politizó el reparto de las rentas petroleras subsidiando masiva e injustificadamente a sus compatriotas y a sus agentes en el extranjero, destruyó el aparato productivo con el control de precios, etc. Tanta ineptitud se traduce en corrupción, inseguridad, escases de productos de primera necesidad, interminables colas y una inflación que según el FMI alcanzará el 100% este año.

Si esto se ve mal, lo peor aún está por venir, porque desmantelar el Estado clientelar que Chávez creó para perpetuarse en el poder será una tarea titánica. A ese respecto, todavía resuenan en mis oídos las indignadas palabras de una mujer venezolana: “Yo me levanto todos los días a las 5 de la mañana para ir a trabajar, mientras que ellas por estar echadas en la cama mirando televisión ganan lo mismo que yo… Es injusto”. Su queja iba contra el “sueldo” que las amas de casa cobran por el sólo hecho de ser amas de casa. ¿Tiene algo de raro que estas personas respalden encarnizadamente a Maduro y que vean con pavor la posibilidad de un cambio de gobierno? Sin los subsidios, sin la red clientelar regresarían ipso facto a la pobreza y (¡qué horror!) se verían en la necesidad de volver a trabajar. Este es el verdadero legado de Chávez: millones de venezolanos acostumbrados a vivir a costa del Estado. Compadezco al gobierno que tenga la desagradable responsabilidad de explicarle a esa gente que las políticas asistencialistas son inviables, ya que dependen exclusivamente de los vaivenes del precio del petróleo —gracias al acuerdo nuclear con el Consejo de Seguridad de la ONU, Irán pronto inundará el mercado con 1 millón de barriles diarios, lo cual hará bajar más el precio.

Es pecar de optimismo suponer que Maduro esté a punto de caer. El indiscriminado reparto de petrodólares —ingreso cada vez más exiguo, pero siempre significativo— y el eficaz mecanismo de control social implementado por los asesores cubanos podrían prolongar durante muchos años la dictadura. De este lamentable presente (y del sombrío futuro) podemos sacar una lección: sólo los países del primer mundo pueden permitirse un Estado de bienestar viable. Sostener servicios públicos gratuitos o pensiones universales requiere de mucho dinero, y éste solamente se obtiene de los elevados impuestos que pagan la clase media y los ricos de los países desarrollados. No está de más recordar el objetivo del Estado de bienestar: ayudar a los pobres —o sea, a quienes no pueden trabajar, o que pese a trabajar no reciben un salario suficiente para vivir— con los aportes de una mayoría de ciudadanos prósperos. Otra es la meta del Estado clientelar: comprar voluntades con dinero público para conseguir su apoyo electoral.

Obviamente nadie quisiera trabajar ni pagar impuestos. Es lo normal. Sacando provecho de esta inclinación congénita, Marx nos prometió un paraíso en el que los hombres serían desocupados dedicados al ocio creativo. Desafortunadamente lo que vemos es lo que hay: cada intento de cambiar la realidad siguiendo las recetas de El Capital ha empeorado las cosas. Por supuesto que el Estado, en proporción a sus recursos —inevitablemente supeditados al monto de los impuestos recaudados—, tiene la obligación de ayudar a los ciudadanos pobres. De ahí que los beneficiarios de los programas sociales crean que tienen derecho a recibir pensiones, bienes o servicios por parte del Estado. Sin embargo, ellos olvidan que nada de eso es gratuito, que el financiamiento de las ayudas públicas no cae del cielo, sino que sale del bolsillo de sufridos contribuyentes. ¡Cuán deseable sería un Estado que provea a sus integrantes de alimentación, salud y educación!; es decir, de lo necesario para llevar una vida digna. Pero no todos tienen la suerte de pertenecer a un diminuto y poco poblado emirato petrolero, o a una disciplinada y productiva sociedad escandinava.

 

2 respuestas a “ El legado de Chávez”

  1. Avatar escipion dice:

    «…esto es como si alguien se felicitara por haber intimado con Hitler, Stalin o Abimael Guzmán. ¿Exagero? ¡Qué va! Si bien no llegó a ser genocida, Chávez fue el político más nefasto de la historia latinoamericana, no sólo por arruinar económicamente y polarizar ideológicamente a su país, sino por exportar su “socialismo del siglo XXI” al vecindario. »

    No, no exageras, sólo se nota que sabes bastante de historia, especialmente de aquella que se aprende de oídas y de esas cosas que se llaman propaganda. En todo caso, aprendes rápido, captas muy bien y ya no necesitas champú.

  2. Avatar Renato Amaro dice:

    Desde hace mucho tiempo no leo un articulo tan desfasado con la realidad.
    Zavalaga, con toda la informacion disponible hoy en dia, su ignorancia y uniformismo ‘derechista’ de los hechos no solo es patetico pero queda a riesgo propio.
    Ud. sin duda alguna debe ser de los que piensan que un pais ‘pobre’ como el Peru DEBE exportar RIQUEZA REAL a paises ya ricos y llenar nuestro BCR de papel BASURA llamado ‘dolar’. Muy triste que personas como Ud. se les otorgue un espacio para ventilar su esclavismo colonial mental.
    Por lo demas su diatriba no merece mucho mas que decir.

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