Ese accidente llamado tiempo

Profanaciones Martín Zuñiga

reloj

Siempre he pensado que no existe peor traidor que el tiempo. Cuando queremos que pase rápido, y que queremos que algo llegue a nosotros a través suyo lo más pronto posible, se ralentiza, se vuelve inmenso, como si hubieras lanzado una pequeña balsa en medio del mar, sin remos, sin muchas provisiones, con una vela que no puede contener el viento suficiente para hacerla avanzar, y nos atoramos en esa lentitud, viendo como todo es lejano, aunque un minuto siga midiendo 60 segundos siempre.

O cuando queremos que algo nunca llegue, un momento que tratamos de evitar, el final de una decisión que no soportamos, todo parece que va más rápido, como si nuestro cerebro fuese (y otra vez las metáforas vehiculares) una autopista de 8 carriles de alta velocidad. Y claro, con muchos accidentes en el camino, volcaduras, choques, nerviosismo, uñas mordidas, cabellos arrancados y stress porque queremos detener el tiempo, que no pase, que el segundero se quede quieto y no cumpla su exacto giro.

Es algo que siempre hemos imaginado controlar, lo hemos deseado y solo nos ha puesto a salvo de él el orden. Organizarnos. Llevar el mundo con citas exactas, con fechas, calendarios, agendas, reuniones concertadas, programar cuándo hacer qué y cuándo, no. Como si se pudiera decir al cuerpo y a alma (almita, pobre animal insano) cuando sentir y qué sentir. Organizar los deseos, las emociones, los sentimientos. Pero allí está persistente el tiempo, que nos dice ama rápido (“ama rápido me dijo el sol y así aprendí a cumplir”), vive rápido, hazlo todo ahora y no dejes nada para después. Porque no habrá después. Solo la venganza, fría y sorda, de lo previsible, de que sabemos que nunca tenemos tiempo y el tiempo que creemos poseer siempre es menos del que quisiéramos. Nunca nos conformamos. Y he ahí que está el quid de todo.

No, no es el tiempo el que nos traiciona, sino nuestros deseos. ¿Qué sería si nos conformáramos con todo lo que ya somos (“no se es más que aquello que se hace”) y tenemos, y como la balsa que les conté más arriba, simplemente nos dejáremos arrastrar? Sin pensar más en el tamaño del mar, en donde se tenga que llegar, a donde se tiene que arribar. De esa manera todo suena un poco ridículo, pero podría ser una opción.

Además nos hemos imaginado miles de cosas que podríamos hacer con el tiempo. Nos lo hemos imaginado como un gran patio sobre el cual puedes ir y venir a tu antojo. Viajar a través de él, ir para adelante o atrás, a voluntad, como quisieras. Incluso Vonnegut imaginó unos seres que pueden percibirse como seres en 4 dimensiones y se ven no solo como un algo en un punto determinado, sino que pueden ver ese algo completo como un ser que abarca todo lo que sucedió y sucederá (y aquí, el accidente gramatical del verbo referido al tiempo, no tendría ningún sentido) con ese algo.

Pero para nosotros, que solo podemos percibir el tiempo en su continuidad hacia adelante, no nos queda más que resignarnos a reconstruir lo que ya fue (y ya se sabe, no hay nada que traicione más y sea menos falible que la memoria) y avizorar lo que podría ser (y ya sabemos, hacer planes es la forma de contar chistes a dios –dios, esa forma que tenemos de llamar a la suerte, al hado, a lo incognoscible– que se burla de nosotros y de nuestro libre albedrío haciendo su voluntad), que nunca suele llegar a ser lo que queremos, o de la forma y el tiempo exacto en que lo queremos.

Hablando del traidor, no hay nada que traicione más que dejar que el tiempo se encargue de todo. Borges tenía la idea de que alguien que viva el suficiente tiempo habría hecho todo lo que se puede hacer (conocido todo, probado todo, viajado a todas partes, etc.) pero que al final se cansa de todo. El tiempo le inquietaba mucho a Borges, y el tiempo lo traicionó. Borges fijó una historia (Tema del traidor y el héroe) con un final determinado. Luego el tiempo hizo que se descubriera una copia del cuento, que dicen tiene un final distinto, de su puño y letra, que dejó olvidado (u oculto) en un rincón de la biblioteca de Buenos Aires, que, si no nos dejamos engañar, fue uno de los lugares donde Jorge Luis fue más feliz. Y así a aquella historia que él creía ya perfecta y sellada, el tiempo terminó dándole otra forma, traicionando la intención primera de Borges. ¿O tal vez Borges planeó este descubrimiento y de alguna manera, sigue escribiendo esa historia, aunque él ya no esté? Es una buena pregunta que solo el tiempo podrá responder.

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